
Sus más elevadas deidades de múltiples brazos, lenguas y cabezas, deben creernos: nosotras no sabíamos que ese era a quien llaman el Buda. Aquel que se llamaba Siddhartha y luego renació con un nuevo nombre bajo el árbol Bodhi. ¿Cómo alguien como nosotras, una familia de setas pequeñas e insignificantes que ha crecido bajo una arboleda de mangos, va a reconocer a un iluminado como él? Eso es pedir demasiado. Les ruego, por favor, que escuchen nuestra versión de los hechos transcurridos, aunque sea para que puedan justificar su sabia decisión en este juicio nirvánico.
Verán, nosotras hemos nacido aquí, en las afueras de la ciudad de Pāva, contenidas en esta pequeña parcela de árboles de mango. Nunca hemos tenido la intención de molestar a nadie con nuestra presencia, y por eso decidimos crecer aquí, bajo el rocío de los árboles y el naranja de sus frutos, aquellos que nos han permitido erguir nuestros tallos y expandir estos sombreros. No son los mejores sombreros, lo tenemos que reconocer. Están encogidos, sus branquias huelen a gusano dormido, son blandengues al menor viento y, además, coloreados con el tono de la carne golpeada. Pero estos son los cuerpos con los que hemos crecido, y estamos orgullosas de lo que somos: una familia unida bajo el sol y la tempestad.
Y supongo que algo especial tuvo que ver en nosotros el herrero, aquel al que llaman Cunda Kammāraputta, el que plantó esta misma arboleda de mangos y que vemos ahí, sentado, esperando también su juicio. Y es que aquella tarde de primavera se acercó a nosotras con la misma decisión con la que golpea su hierro ardiente por las brasas. Cargaba un cesto de mimbre y un pequeño cuchillo afilado, y cuando se agachó, le escuchamos hablar. Pero no porque se estuviera dirigiendo a nosotros, sino a sí mismo y a sus herméticos pensamientos.
—¡Menuda suerte la mía! —dijo con el rostro humedecido por el sudor y la felicidad—. Quién me iba a decir que un santo iba a pisar alguna vez mi humilde morada. Algo bueno he tenido que hacer si he recibido tal gracia solo por ser un herrero. Los dioses me deben haber escuchado. Pero tengo que prepararle algo de comer a este extraordinario visitante y a su séquito. Y, si no fuese por su estricta dieta, les habría servido la más suculenta de las carnes. Pero estas setas harán el mismo buen trabajo que el cerdo que planeaba cocinar.
Fue algo ofensivo saber que, para él, solo éramos una comida sustitutoria. Una vulgar segunda opción en vez del cerdo, el cual pagaría por comer nuestra suculenta carne. Queríamos rebelarnos contra el herrero, discutir con él por su mal juicio y decepcionante actitud. Pero, antes de que pudiéramos decir nada, nos cortó por la base del tallo, separándonos de la red de micelios que nos dio nacimiento.
Sus más elevadas divinidades que residís en el Goloka Vrindavan del cielo, ¿alguna vez han sentido cómo les arrancan de aquello que les mantenía unidos a la tierra? ¿Alguna vez han sentido cómo son separados de esa red que les hace sentirse parte de un todo? Me imagino que no. ¿Cómo van a saber los dioses lo que experimentamos aquí, en la vida terrenal? Es una sensación terrible, desoladora. Nos quedamos rotas. Nunca nos habíamos sentido tan separadas de nuestra red de millones de conexiones con nuestra amada tierra. Pero, al menos, nos teníamos la una a la otra en nuestra nueva amputada existencia. Éramos una compacta familia de setas que no se separaba ni en sus últimos momentos.
Cunda Kammāraputta, el herrero, nos cargó dentro de su cesta hasta su hogar de barro y paja. Allí, a través de nuestras rejas de mimbre, fue donde pudimos ver al Buda por primera vez. Y es cierto que su rostro irradiaba una paz inexplicable. Una de serena templanza que nunca habíamos visto en ningún otro humano que visitara nuestra arboleda. Incluso sin saber del todo quién era, nos regocijamos en la cesta, contentas de haber conocido a alguien de tan digna presencia.
—Reverenciado Buda —comenzó a decir el herrero mientras vaciaba la cesta de nuestras apretadas presencias—, este plato que voy a cocinar se llama “sūkara-maddava.” Es mi plato favorito y el que estas manos callosas saben hacer mejor. El ingrediente principal es la carne de cerdo, pero como conozco su profundo respeto por la vida, lo haré esta vez con estas setas que han crecido bajo la sombra de mis mangos. Espero que sea de su agrado.
¿Acaso la lengua de este herrero no conocía sus límites? Hablaba del respeto a la vida, y sin embargo nos había arrancado de la tierra que nos vio nacer sin una sola palabra de agradecimiento. Sin una sola señal del más mínimo respeto. Estábamos furiosas, sus divinidades señorías. Le deseábamos mal al herrero, lo admitimos. ¿Pero qué más podíamos hacer, aparte de quedarnos quietas sobre la tabla de cortar y soltar nuestras esporas como lágrimas flotantes? Y lo que le ocurrió al Buda, y tienen que creernos, no tiene nada que ver con nuestra furia y decepción hacia Kammāraputta.
El herrero cortó nuestro cuerpo en pequeños trozos con el mismo metal que él había forjado. Nos metió en una olla ardiendo y nos salteó entre especias y sales hasta dejarnos cálidas y sabrosas. Luego nos bañó con agua hirviendo y nos dejó cocer durante una hora para que nuestros cuerpos se volvieran tiernos y jugosos a las distinguidas bocas que íbamos a alimentar.
Separadas en trozos pero no en espíritu, fuimos servidas en un cuenco de madera al Buda, quien nos masticó con la misma tranquilidad que irradiaba su presencia. ¿Acaso desconocía lo que estaba a punto de ocurrirle? ¿O quizás ya lo sabía, y por eso estaba tan tranquilo?
Quizás no nos crean con esto que vamos a decir, pero debe ser dicho: cuando el Buda nos aplastó entre sus dientes gastados por la edad y pulidos por la sabiduría, nos sentimos de nuevo parte de un todo. No podemos explicarlo, pero es como si hubiéramos retornado a nuestro hogar de micelios subterráneos, reconectadas con esa red que antes les hemos comentado. ¿Cómo era posible sentirse parte del mundo desde la boca de este señor anciano de rostro sereno y orejas caídas?
Sus más grandiosas deidades, el resto de la historia ya la conocen. Tras ingerir nuestra carne, los intestinos del iluminado sangraron al retorcerse sobre sí mismos como gusanos en sal. La disentería le infligió el más agonizante dolor antes de acabar con su vida, rodeado de sus discípulos y del mismo suelo de donde fuimos arrancadas. Y aquí estamos, en este juicio para decidir nuestro karma. Para decidir si fuimos culpables o inocentes en la muerte de este hombre santo al que vemos también sentado entre el público.
No somos venenosas, sus más elevadas deidades. Y aunque lo fuéramos, ¿cómo lo íbamos a saber? Nosotras estábamos tranquilas bajo la arboleda de mangos cuando nos tomaron en contra de nuestra voluntad, ofreciéndonos a unos extraños y siendo masticadas bajo sus muelas. No somos venenosas para el resto de los animales que se han comido a nuestra familia. Es más, y si nos perdonan esta afrenta de la que ahora nos damos cuenta, ¿por qué entonces solo el llamado Gautama Buda falleció? Todos sus discípulos e incluso el mismo herrero comieron de la misma olla, de esta misma carne que nos da nombre. Si fuésemos veneno encarnado, todos estarían ya muertos. Y sin embargo ahí están, todavía en la tierra lamentando hacia el cielo la muerte de su maestro.
Qué fácil es caer en el juego de la culpa. Extender el dedo, garra o apéndice y buscar la causa invisible de quién ha producido su sufrimiento. Pues nosotras también sabemos jugar a ese juego. Nosotras también sabemos culpar de nuestro propio sufrimiento al que nos están sometiendo.
¿Y si la culpa fuese de Cunda, el herrero? Fue él quien decidió utilizarnos para su plato predilecto, cuando bien podría haber utilizado una verdura mucho más digerible para evitar problemas intestinales a su santo invitado. O quizás la culpa es de esta arboleda de mangos, cuya protección ha sido la idónea para dejarnos crecer en el lugar equivocado. O podemos ir más lejos, y decir que la culpa es de los padres del Iluminado, que le dieron un cuerpo frágil al nacer y ha sido causa de su dolor terrenal. O esperen, ¡quizás puede haber sido la culpa del propio Buda! Por lo que hemos escuchado antes en este juicio, no es alguien que haya cuidado bien su cuerpo. Se ha expuesto a viajes demasiado largos, a torturas de reyes demasiado envidiosos, a dietas demasiado estrictas. ¿No debería saber ya, con ochenta años, de su frágil salud y lo que debería evitar ingerir? Y es más, la culpa también podría ser vuestra, de los mismísimos dioses. Del elevado Brahma, que le diste la misión para caminar por la India y extender sus lecciones, a costa de su salud, su juventud, y su vida. ¿No sois todos vosotros acaso tan culpables como nosotras? ¿Qué nos diferencia de vuestra culpa, aparte de que hemos sido las más cercanas en tiempo y espacio a la muerte de este hombre iluminado?
Sus más sabias divinidades, el Buda había tenido ochenta largos años de vida cuando falleció por nuestra carne. Y podríamos estar otros ochenta años más discutiendo sobre quién ha tenido la culpa de su muerte. Pero ese esfuerzo es inútil, no va a servir de nada. Este juicio, que ustedes han convocado ante la gran rueda del nirvana que gira y gira, es una pérdida de tiempo y esfuerzo. Y quizás no deberíamos decirlo delante de los dioses, pero es lo que sentimos y pensamos. Llamadnos ilusas e irrespetuosas, pero es la verdad. Hay tres cosas que no se pueden ocultar: el sol, la luna y la verdad. Y nuestra verdad es que, en vez de dedicarle un juicio a estas pobres e insignificantes setas, deberían hacerle un juicio a ese hombre al que llaman Gautama Buda y decidir si realmente merece romper por él la rueda de la reencarnación.
Miradlo, ¿no veis acaso cómo nos está sonriendo? Él sabe que tenemos razón. Él sabe que este juicio es estúpido y que de nada sirve buscar la causa del sufrimiento. Que lo único que de verdad importa es tratar el sufrimiento en sí mismo. Oh, Buda misericordioso, tú que has comido nuestro cuerpo antes de morir y nos has hecho sentirnos momentáneamente unas con el todo bajo tus dientes y lengua, ¿no puedes decirles a estos dioses que nos dejen marchar? ¿No puedes pedirles por favor que nos devuelvan a la rueda del karma, para que así podamos reencarnarnos y seguir nuestro viaje familiar? Tú que estás a punto de romper el ciclo del sufrimiento, permítenos volver una vez más a la vida. Porque añoramos nuestra tierra y queremos volver a ella como la familia que somos. Nos da igual que no sea en esta misma forma de sombrero, branquias y tallo que conocemos. Nos da igual que volvamos como insectos de cien patas, como peces de ojos siempre abiertos, o como aves que nunca pisan el suelo. El aspecto no importa, pero te rogamos por favor que volvamos todas juntas. Porque nacimos juntas, fuimos arrancadas juntas, consumidas juntas, juzgadas juntas y esperamos también reencarnarnos juntas.
Quizás te estemos pidiendo justo lo que tú no deseas para nadie, pero por favor, dadnos este castigo que deseamos. Aún nos queda mucho por vivir. Aún nos queda mucho tiempo que pasar juntas como esta pequeña y humilde familia. Aún nos queda mucha tierra, dolor y felicidad que sentir en nuestros cuerpos de espacio compartido.
Y eso es todo lo que queríamos contar, sus más distinguidas, misericordiosas y divinas señorías. Que su juicio sea sabio frente a esta humilde familia de setas que no quiere separarse.
Ni en esta vida, ni en las siguientes.
Relato nominable al IV Premio Yunque Literario

Daniel Badosa Moriyama (1989) es licenciado en psicología, editor y escritor de relatos y novelas. Trabaja como editor de libros en un centro cultural de Madrid y además imparte clases de escritura creativa online a través de su web https://sigue-escribiendo.com/. Ha publicado relatos en revistas literarias como Weird Review, Mordedor, Grafografxs, Pulporama y en la antología «Historias Phantasticas» (El Transbordador, 2023). En 2024, también de la mano de El Transbordador, publicó su novela de fantasía inspirada en el paleolítico “Así fue la muerte del cazador.” Ha ganado el primer premio de los certámenes de relatos “Allende Sierra VII”, “Historias de Japón” del 2023, y la 3ª edición de «El yunque literario» en la categoría de fantasía. Vive actualmente en la sierra de Madrid junto a sus mujer y sus dos hijos mellizos
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