
Juan transita las calles de una gran ciudad en la que, quizá, se encuentre su casa; lo cierto es que no lo recuerda. Se siente perdido en ese laberinto de ladrillo y asfalto. Vaga desde hace tanto tiempo que ha olvidado hacia dónde se dirige. Comienza a sospechar que es hacia ninguna parte.
Levanta la mirada al cielo y se topa con un gran tapiz azul. Los ojos se le despegan de las cuencas y caen rebotando hasta encontrar el suelo, como si fuesen dos canicas de cristal. Se palpa los hoyuelos que han dejado sus ojos con las palmas de ambas manos. El tacto es agradable, sedoso. Descubre que ha perdido la vista, aunque, en realidad, eso no le importa demasiado. Solo es otra de tantas cosas que ha extraviado a lo largo de la vida. De pronto, sin venir a cuento, piensa en Lina.
Ella es solo un nombre, un nombre envuelto en una nube vaporosa en la que reside un rostro joven. Él desea que sea de ese modo, joven, aunque, como de tantas otras cosas, no tiene ninguna certeza. No importa, una sonrisa bobalicona acude a sus labios sin motivo concreto. El mero recuerdo basta para regalarle un destello de pueril felicidad. Hace tanto tiempo que no consigue recordar absolutamente nada…
Ni la ceguera ni el olvido le impiden continuar su torpe avance por las calles soleadas y ruidosas. Ahora lo hace sin rumbo ni brújula, con el desaliento de quien se sabe perdido sin remedio. Conoce el peligro, o al menos lo intuye. Sabe de las calzadas atestadas de vehículos que rugen, se mueven y frenan como si siguieran una partitura guiada por algún director de orquesta. El mundo resulta aterrador hasta que deja de importarte. También Juan ha dejado de importarse. Solo el rostro vaporoso de esa mujer importa. Ha vuelto a olvidar su nombre.
De algún modo, llega al linde de un parque. El canto de los pájaros delata el lugar; los coches de pronto son solo un rumor a sus espaldas. Si consigue adentrarse lo suficiente en el jardín, también se olvidará de ellos, de que alguna vez existieron.
A su nariz llega el aroma embriagador de las flores. Las abejas zumban por todas partes; siente sus aleteos potentes y nerviosos cuando pasan cercanas a sus oídos. «Lina, Lina». Su voz le suena ajena, como si se la hubiera prestado un hombre de hojalata. Y sus pies lo arrastran hacia adelante, olvidando la llamada.
Camina a tientas hasta tropezar con un murete. Alguien le informa de que se encuentra frente a un estanque. Juan sonríe, se sienta en la orilla, se descalza con parsimonia, como en un ritual, y mete los pies en el agua. Nota un chapoteo alrededor de él y, acto seguido, un cosquilleo en los pies. Unos pececillos le están mordisqueando la carne muerta. Resulta agradable; desprenderse de algo muerto siempre lo es. Perder de vista ese hedor a podredumbre resulta liberador. Juan lo ha perdido todo y no se siente nada bien. Lo que queda de él es solo carne muerta. Lo comprende por un instante. Luego lo olvida. La idea se ha esfumado en un vacío negro e infinito.
El tiempo pasa descontrolado a su alrededor. Ahora, el croar de alguna rana llega hasta Juan. Los pececillos siguen comiendo; el agua se ha teñido de rojo, pero él no lo sabe. Nadie se lo ha advertido. No escucha voces, solo el canto de las aves. Se deja caer para quedar tumbado boca arriba, con los pies en el agua y la nariz apuntando al cielo.
Por la mañana descubren el cadáver tirado sobre la hierba. Las piernas han desaparecido hasta la altura de las rodillas; el agua del estanque sigue turbia.
A Juan, todo eso no le importa. Había perdido todo, había olvidado la vida.
Relato nominable al IV Premio Yunque Literario

César G. Damiá
Escribo de forma intermitente desde hace unos 11 años. Algunos de mis relatos se han ficcionado en programas de radio y podcast como La rosa de los vientos, de Onda Cero, Historias para ser leídas, Órbita arrakis o Cuentos del bosque oscuro. He participado en algunas antologías. Formo parte de Territorio Extrañer y Dentro del monolito. He autopublicado tres novelas.


Ole relato guapo. Lástima que Juan no pueda leerlo.
Mejor que no lo lea. Ya está bastante alicaído…
Pobre Juan, con lo que él era.