
A Gabriel no solo lo separaban cuarenta kilómetros de su padre, sino toda una vida.
Treinta años atrás, su madre lo había alejado de él porque aseguraba que era un hombre perverso, capaz de cualquier cosa con tal de salirse con la suya. Y aunque siempre creyó que exageraba, sabía que quedarse con ella había sido la mejor opción. Ahora, a sus treinta y seis, Gabriel tenía una vida satisfactoria y gozaba de éxito como dueño de una casa de empeños en la ciudad de Porter.
De su padre apenas recordaba sus rasgos, su fuerte olor a colonia y su pasión por las antigüedades. Esto último, quizá, fuera lo único que Gabriel había heredado de su carácter. Como fuese, ya era tarde para averiguarlo: su padre acababa de morir.
La noche anterior, lo había telefoneado una tal Mónica para comunicarle la terrible noticia; aunque para Gabriel no tenía nada de terrible.
La atendió con cortesía, sin más interés que colgar y marcharse a la cama, pero Mónica lo retuvo mediante súplicas:
—¡Espera, por favor! Tu padre me pidió que te transmitiera un mensaje.
—Si sabía cómo contactar conmigo, ¿por qué no lo hizo personalmente?
Mónica le dijo que era vecina de su padre y charlaban a menudo. Sabía de la nula relación entre él y Gabriel:
—Le juré que te comunicaría su última voluntad. Solo será un momento.
A regañadientes, él la escuchó.
El mensaje fue tan del agrado de Gabriel que al día siguiente viajó al pueblo de Ferri en la furgoneta de la empresa. No era la forma más elegante de acudir a un velatorio, pero las apariencias no le importaban lo más mínimo. Mónica le había dicho por teléfono que su padre conservaba algunos objetos de valor, antigüedades, que pasarían a ser suyos si él los aceptaba. Gabriel llamaba a eso “hacer negocios”, y a los negocios siempre acudía en furgoneta.
Antes de que el sol se ocultara, llegó al aparcamiento del tanatorio. En la entrada vio a una chica de unos veintitantos años, con el pelo castaño recogido en la nuca y los ojos ocultos tras unas grandes gafas de sol. Llevaba un vestido negro que a Gabriel se le antojó demasiado ceñido para un funeral.
La chica agitó la mano para que acudiese, y él se acercó.
—Soy Mónica —se presentó quitándose las gafas; sus ojos eran de un azul cielo. Le plantó dos besos, uno en cada mejilla—. Siento mucho lo sucedido.
—No hay nada que lamentar, ya me consideraba huérfano. —A pesar del humor negro, Gabriel trataba de sonar amable—. En cuanto terminen las exequias, me guiarás a casa de mi padre. ¿De acuerdo?
Mónica se quedó mirándolo, y asintió. Después lo condujo hasta la capilla del tanatorio, yendo siempre por delante. Gabriel la repasó de arriba abajo, preguntándose si aquellas curvas no resucitarían a alguno de los allí presentes.
La capilla era pequeña, más que su casa de empeños. Estaba dividida en dos filas de bancos con reclinatorios acolchados. Al frente había un altar, y una vidriera coloreaba un fragmento del suelo. Habría casi una quincena de asistentes, la mayoría hombres vestidos de traje, pulcramente ataviados con corbatas. El único que no vestía apropiadamente era Gabriel, que llevaba su uniforme de prestamista: una camiseta negra con el logo de la casa de empeños y unos viejos vaqueros.
Un operario abrió una puerta junto al altar.
—Si desean despedirse del difunto… —dijo, invitándolos a la sala trasera.
Mónica se adelantó a todos y anunció:
—Dejemos que Gabriel sea el primero.
Los asistentes se volvieron para mirarle, con movimientos casi sincronizados.
—No necesariamente —respondió Gabriel.
—Insisto.
Gabriel se encogió de hombros y cruzó entre los asistentes. Todos parecían sacados de un catálogo de Testigos de Jehová.
Mientras se adentraba en la sala, titubeó. ¿Qué se suponía que debía esperar? La última vez que estuvo frente a su padre tenía seis años recién cumplidos. Demasiado tiempo.
La tapa del ataúd estaba abierta. Se asomó con curiosidad.
A pesar del paso de los años, sí que hubo reconocimiento. Era exactamente lo que recordaba, pero castigado por la vejez.
Así que este será mi aspecto cuando tenga setenta años, pensó arqueando las cejas.
Se mantuvo en silencio, observando el cuerpo pálido de su padre. El rictus acentuaba la extrañeza de la situación.
—Acepto tu herencia —dijo—. Si eso era lo que te quitaba el sueño.
Se dio media vuelta y dejó paso a los demás. Sí, el encuentro había sido más sencillo de lo que esperaba.
Unos cinco minutos más tarde, todos volvieron a la capilla: Gabriel y Mónica se sentaron juntos en el primer banco, el más cercano a la vidriera. Al cabo de un momento, dispusieron el ataúd (ya con la tapa cerrada) frente el altar y dieron inicio a la ceremonia.
A Gabriel le extrañó que no hubiera ningún motivo religioso por ninguna parte. Además, el hombre que había tomado la palabra en el altar era uno de los asistentes, y no un sacerdote.
—¿Mi padre no era cristiano? —susurró.
—Tenía sus creencias —respondió Mónica—. Pero no en el sentido religioso.
—¿Entonces?
Mónica se mordió el labio inferior, como meditando la respuesta:
—Tu padre pensaba que nuestro cuerpo era tan sólo un vehículo, y no el conductor.
—Entiendo —asintió Gabriel—, aunque eso no es del todo exacto.
Ella lo miró como si no lo entendiera.
—Cuando un coche se avería —continuó—, el conductor puede comprar otro.
Mirando por encima de su hombro, Gabriel examinó a los asistentes. En apariencia, ninguno de ellos estaba triste, ni compungido. Aunque, a decir verdad, tampoco le parecía que mostraran ningún signo de emoción. Tal vez no fuera el único que sintiera indiferencia por la muerte de su padre.
—¿Quién es toda esta gente?
—Digamos que tu padre era el maestro de ceremonias —Mónica sonrió, mostrando sus dientes perfectos—… de un club de lectura.
—Eso explica por qué estoy rodeado de frikis —dijo Gabriel—. ¿Compartían esa creencia del vehículo y el conductor?
Mónica le dijo que sí.
—Pues vaya.
La ceremonia fue breve, colmada de buenas palabras sobre el difunto, pero eso no le hizo dudar de aquellas que le había transmitido su madre. Ella tendría sus razones para odiarlo.
Cuando retiraron el ataúd, los asistentes salieron de la capilla y se dirigieron a la sala de cremación.
—Creí que sería enterrado —dijo Gabriel.
—Él lo pidió así —explicó Mónica.
—No pienso quedarme sus cenizas.
—Tranquilo, me haré cargo.
—Bien. Te esperaré en la furgoneta.
Poco después de que la chimenea empezara a humear, Mónica se despidió de los asistentes y pidió a Gabriel que siguiera su Audi. No muy lejos del tanatorio, se ubicaba la casa de su padre: un dúplex discreto rodeado por un jardincito con césped.
Mónica aparcó en su propia casa, un número más allá.
—Fuiste muy literal cuando dijiste que eras su vecina —bromeó él en el jardín.
Mónica le entregó las llaves de su padre.
—Estábamos muy unidos.
A Gabriel no se le ablandó el corazón y entró sin rodeos. Así eran los negocios: si perdías tiempo, perdías pasta.
Al abrir la puerta, Gabriel descubrió que Mónica no había mentido con aquello de “objetos de valor”. Lámparas de araña, figuras de porcelana, vajillas, huevos de Fabergé, cuadros expresionistas, mosquetes del siglo XVIII ocupaban todo el salón. Se sintió como en una simpática casa de empeños.
—Tócate los cojones —dijo Gabriel, asombrado—. Podríamos haber sido grandes socios.
—Tu padre hablaba mucho de ti. Sobre estrechar lazos —dijo Mónica—. Pero no encontraba el momento.
—En la vida deben aprovecharse las oportunidades —dijo, mientras examinaba uno de los cuadros—. Qué cabrón…
—¿Qué?
—Este óleo lo vendimos en mi tienda hace pocas semanas.
Al dar un paso atrás, Gabriel tropezó con una mesilla y un portafotos cayó sobre la moqueta. Mónica lo recogió, y ambos observaron la imagen: aparecía su padre en el porche, acompañado de una mujer de su edad.
—¿Su esposa? —preguntó Gabriel.
—Técnicamente, tu madrastra.
Gabriel soltó un bufido.
—Falleció recientemente —dijo Mónica, pasándose la mano por el estómago—. Cáncer. —Suspiró—. Echaré de menos estas caras.
—Lo cierto es que hacían buena pareja.
Mónica dejó el portafotos en la mesilla.
—Como tú y yo —dijo ella, sonriendo—. ¿No crees?
Se sostuvieron la mirada durante unos segundos.
—Eres bastante guapo —añadió—. Te pareces a tu padre.
—¿Te ponía mi padre? —rio—. ¿No era muy mayor para ti?
—Admitamos que era un hombre atractivo. —Le puso la mano en el hombro—. Y tú también lo eres.
Gabriel no dejaba de mirarle los labios. Eran tan carnosos.
—¿Qué tal un trago? —dijo Mónica—. Sé dónde está su bodega.
—Lo que sea por una copa —le respondió Gabriel, que empezaba a sentirse como un hierro candente.
Mónica se arrodilló y buscó en el mueble bar. Mientras tanto, Gabriel intentó controlar su excitación curioseando las antigüedades. En un borde de la mesa, casi olvidado, vio un libro protegido por una cubierta de piel cuarteada. Lo abrió y leyó los extraños caracteres manuscritos.
—¡Ten cuidado! —gritó Mónica, alertando a Gabriel, que cerró el libro de golpe—. Perdón, eso vale una fortuna.
—Ya veo —dijo devolviendo el libro a la mesa.
Mónica escogió una botella sin etiqueta. Cerró el mueble bar y, al ponerse en pie, el vestido se le ajustó a los muslos. Su piel era tersa y ligeramente bronceada.
—Es un libro único —dijo, y se sentó en el sofá—. Tu padre lo encontró en Oriente Medio hace muchos años. ¿Te importaría acercar las copas?
Gabriel las recogió de una vitrina y se sentó a su lado.
—¿Te dijo de qué trataba?
—Más tarde abordaremos ese asunto, ¿vale? —Sonrió con picardía—. Déjame que te sirva.
Dispuso las copas mientras ella vertía el líquido azulado.
—¿Qué es esto? —preguntó Gabriel, analizando la copa a contraluz.
Mónica dejó la botella a un lado y agarró su copa.
—No lo sé, en realidad —dijo, colocándole una mano sobre su pierna—. Sólo lo probé una vez. Y te aseguro que revitaliza.
—¿Ah, sí?
Ella se le acercó más. Sus pechos ya le rozaban el brazo.
—Por tu padre —dijo Mónica, haciendo un brindis.
—Y por mi madrastra.
Sonrieron. La risa de ella era pura melodía.
Hicieron tintinear las copas y bebieron. Gabriel lo hizo de un trago. El sabor de la bebida era dulzón en el paladar, pero abrasivo en la laringe.
—Joder —tosió—. ¿No es un poco fuerte?
Al decirlo, se percató de que la copa de Mónica aún tenía la misma cantidad que al principio; la muy furcia había fingido que bebía.
—Tramposa —dijo Gabriel, aunque apenas se le entendió. Los labios se le habían entumecido. El hormigueo se le iba extendiendo rápidamente por la cara. Y de la cara a los brazos. Al estómago. Todo el cuerpo se le estaba durmiendo.
—Relájate —dijo Mónica vertiendo el contenido de su copa dentro de la botella—. Ponlo fácil.
Muchas ideas pasaron por la mente de Gabriel. ¿Acaso esa copa estaba envenenada? Asustado, intentó ponerse en pie, pero sus piernas fallaron y se dio de morros contra la moqueta. Desde el suelo, antes de perder el sentido, oyó a Mónica reír. Aquella melodía ahora le sonaba espantosa.
***
Cuando despertó, amanecía. Estaba tumbado en una cama, aún en la casa de su padre, a juzgar por la decoración del dormitorio.
Al menos no estoy muerto, pensó Gabriel sin poder moverse; aunque no sabía si seguir vivo era una buena noticia.
A los flancos del colchón lo observaba un grupo de encapuchados. Cada uno sostenía una vela encendida. No hacían otra cosa que escuchar a la silueta difusa que se encontraba a los pies de la cama. La silueta sostenía un libro abierto: aquel de piel cuarteada que Gabriel había husmeado en el salón. Y leía sus pasajes. Era la voz de Mónica, que hablaba en una lengua desconocida.
Entonces, a Gabriel le vino a la cabeza aquella frase:
Tu padre pensaba que nuestro cuerpo era tan sólo un vehículo, y no el conductor.
Por más que se esforzaba, Gabriel no podía emitir sonido alguno. Solo le obedecían los ojos, que se agitaban desesperados.
Cuando un coche se avería, el conductor puede comprar otro.
Mónica cerró el libro. Se le acercó y lo miró ansiosa, con sus ojos azules. Sonreía.
Una ráfaga de aire frío meció las cortinas, y la atmósfera se volvió más densa, como si hubiera alguien más allí. Un invitado que desprendía un olor familiar.
Gabriel sintió de pronto que su cuerpo era más pesado, el doble de pesado, al contrario que su mente, que se volvía más y más ligera. A punto de sumirse en un sueño profundo, eterno, una voz le habló desde dentro de sí mismo. Y no era la voz propia, la que uno escucha cuando piensa, no. Aunque sí era una voz familiar, igual que el olor. Una voz que hacía mucho tiempo que no oía.
Tienes razón: no se puede comprar otro cuerpo. Pero sé que tú, hijo mío, me prestarás el tuyo.
Relato nominable al IV Premio Yunque Literario

Jorge Tubino: Escritor en ciernes, cineasta de espíritu y guionista de cajón. Al menos, así me defino. Comencé a escribir relatos hace más de veinte años, aunque pronto sustituí esta práctica por mi otra pasión: la realización audiovisual. Dos décadas después, dejé la cámara a un lado y recuperé mi deseo de escribir narrativa de forma profesional. A día de hoy, algunos de mis relatos —terror y suspense, en su mayoría— han sido publicados en distintas webs y revistas digitales.
Espero que disfrutes de mis pesadillas tanto como yo las sufro.
Puedes seguirme en Instagram: @jorge.tubino

