
El día de su trigésimo cumpleaños, Sandra conduce hacia el pasado con una pistola envuelta en una bolsa de papel marrón sobre el asiento del coche.
La urbanización surge como un espejismo al final de la cinta negra de asfalto. Casas prefabricadas, impresas cuando sus futuros dueños aún no habían nacido. Edificios de catálogo, montados en el silencio de la máquina. Equipados al toque humano: armarios, cocinas, camas sin historia.
Todo vacío. Parte del decorado.
Aparca junto a una furgoneta hundida en la hojarasca. Su parabrisas está cubierto de polvo. Sobre una boca de incendios hay un balón desinflado. El aire huele a plástico caliente y a vacío sin respuesta.
Cada detalle dispara una memoria distinta. Gritos enterrados, juegos falsos, una infancia enjaulada con voz amable. Todo le grita que dé media vuelta. Que huya.
Pero no lo hace. Porque ese es el lugar perfecto para esconder a un espía retirado.
Y el lugar perfecto para matar a papá, aunque todavía no entienda del todo por qué.
[Ataque preventivo]
—¿Por qué no sales a jugar con los niños de tu edad?
Mamá empujándola suavemente hacia la puerta. Sandra se fija en las cicatrices bajo la bisutería rutilante, pulseras que tintinean como excusas. ¿Se ha cortado ella misma? Y de ser así, ¿cómo?
Fuera, el ajetreo es ensordecedor: gritos, estampidos de balones, tropiezos, risas infantiles que se clavan como aguijones.
—¿Cuándo llega papá? —pregunta Sandra, mordiéndose las uñas—. Quiero jugar con él.
Sandra se detiene frente al umbral de la puerta. Por un momento, cree volver a escuchar a los niños. Siente en la palma la textura exacta de la piel de su madre, fría y perfumada.
Se aferra a la argolla, gélida y áspera al tacto.
Papá la recibe como una memoria negándose a morir. Lleva la camisa abierta y las manos cubiertas de serrín. Huele a madera cortada, pero también a algo más: humo, sudor, una pizca de soledad.
—Justo cuando te necesitaba, Sandra —dice con una sonrisa, sin esperar respuesta—. Entra a ayudarme.
Ella camina detrás sin decir palabra. Sus dedos rozan el borde de la pistola escondida en su chaqueta. En el salón, una mecedora se balancea en mitad de un charco de serrín. Vacía. Junto a ella, la lijadora gris fuera de su caja. Se fija en los rieles: un patrón imitando a rosas talladas en espiral.
La rosa. La flor favorita de mamá. Bella pero espinosa.
—Cógela por las patas —dice papá. La mecedora cruje en sus manos grandes y entrenadas de asesino—. No te claves ninguna astilla.
Sandra asiente. El eco de la penúltima frase todavía resuena.
[Segundo contraataque]
—Cógelo por los pies —dice papá.
Vigésimo cumpleaños. Las fibras de la alfombra beben la sangre del cadáver. Sandra observa la brecha en su garganta un segundo más de la cuenta. Luego lo tapan por completo.
Papá la ayuda a enrollarlo ágilmente. Trabajan como un equipo.
—Mi primera trampa nostálgica también fue un fracaso —comenta mientras bajan las escaleras de la embajada, con el bulto a hombros—. Has tejido bien tu red. La Agencia lo valorará. No te desanimes.
Sandra gira el rostro. No quiere que él la vea llorar. Aguanta las náuseas.
Se arrepiente de estar allí, trabajando para la Agencia. ¿En qué momento le pareció buena idea unirse a una red de espías postnacional donde las trampas nostálgicas eran armas de guerra cultural fría y tortura blanda? Ser hija de una leyenda como su padre facilitó el ingreso.
Ella solo quería pasar más tiempo con él.
Sandra había estado cuatro meses de incógnito, diseñando una alfombra idéntica a la del despacho del embajador. Cada símbolo oculto en ella era una trampa freudiana destinada a explotar la neuroplasticidad y los sesgos emocionales para inducir decisiones erráticas.
Tanto esfuerzo… arruinado por un guardia trasnochado que los sorprendió durante el cambiazo.
Cuando lo vio entrar, el cuchillo de papá se movió como un resorte automático. Como si cortar fuera pura rutina.
Ahora, arrojan el cuerpo a la furgoneta. La cabeza sale y se balancea, mirándola con sus cuencas vacías.
—¿Por qué le quitaste los ojos? —pregunta Sandra.
—Eran implantes oculares de alta resolución —dice papá, golpeando con los nudillos el bolsillo de su camisa. Suenan como canicas—. No me gusta que me tomen fotos. Son cabos sueltos.
Sandra se encorva y vomita sobre el hormigón del parking.
Las señales acústicas, en concreto palabras de papá, han sido el detonante esta vez.
Sandra está sudando. El aire del sótano es denso, cargado de polvo y telarañas. Una lona impermeable azul se estira sobre el suelo. Han debido de dejar la mecedora sobre ella, como si fuera un cadáver. Pero no lo recuerda.
—Pensaba que estabas retirado —dice Sandra, conteniendo el impulso de llevarse la mano a la pistola—. ¿A quién va dirigida esta trampa?
—Tan solo es una mecedora, pequeña —responde papá, acariciando el respaldo barnizado, marrón mate—. Me gusta tener las manos ocupadas.
Manos que saben empuñar un cuchillo como una extensión natural del brazo.
En una esquina hay varias cajas. Sandra ve una en particular, escrita a mano con rotulador permanente:
JUGUETES SANDRA.
El corazón le da un vuelco.
[Tercera jugada]
Undécimo cumpleaños. Monta una bici roja. Papá la persigue con una pistola de juguete que hace chasquidos secos como disparos falsos. Clic, clic, clic.
Él también sonríe. Le parece ver a mamá observando tras las cortinas, apenas una silueta pálida. El viento acaricia el rostro de Sandra, mezclándose con el canto abrasador de las chicharras.
—¡Te voy a coger, agente Sandra!
—¡Por encima de mi cadáver!
Pedalea más fuerte. Ríe. Su cabello se agita como una llamarada encendida en mitad de un verano que ella no desea que acabe.
Tal vez ni siquiera ha empezado.
—Cerraste los ojos unos segundos, Sandra. ¿Te pasa algo?
Papá la apunta con algo: una pistola oxidada… no, es un viejo pulverizador de barniz.
—Estoy bien —miente—. ¿Qué haces en esta urbanización?
—No pago alquiler. —Se encoge de hombros—. Formaba parte de un programa experimental abandonado de manipulación entre generaciones.
Sandra niega con la cabeza. El sótano se tambalea un poco.
—Hace mucho calor aquí abajo —dice él, señalando la mecedora—. Dame unos minutos. Nos vemos arriba.
Sube por la escalera. Se pregunta si los peldaños irregulares también fueron una decisión estética deliberada de papá, como todo lo demás en la casa. Detrás, el siseo químico del barniz flota en el aire como el aliento de una serpiente venenosa.
Cuando se deja caer en el sillón, el plástico tapizado se adhiere a sus antebrazos sudorosos. Cierra los ojos, un instante apenas. Agotada. Una lámpara zumba cuando piensa en su madre. Abre los ojos.
Una gruesa capa de polvo cubre la mesa. Pero el marco de fotos sobre ella llama su atención. Azul mate, tallado con pequeñas olas. Está impecable.
Lo levanta. El polvo debajo es igual de espeso que en el resto de la mesa. Como si lo hubiera colocado ahí antes de que viniera.
Mira la fotografía. Contiene la respiración. El recuerdo se aproxima, enorme como un tsunami.
[Cuarta incursión]
Décimo cumpleaños. Vacaciones en el sur. Hacen una parada junto a un campo de naranjos. El cauce de un río serpentea el valle como una vena abierta.
El guía pide que posen para una foto. Sandra se queda embelesada por la sensación de sus zapatos hundiéndose en el barro caliente y el aroma intenso de los cítricos.
—Dame la mano —dice mamá.
Pero no se dirige a Sandra. Se la dice a papá.
Mamá se había puesto enferma el invierno anterior. “De nostalgia”, le confesó él. Un dolor invisible, una herida sin cicatriz. Papá accedió a tomarse unas vacaciones para que ella se recuperara.
Fue más bien un exilio silencioso.
—Mira lo que tengo —dice papá, inclinándose hacia Sandra y mostrándole una pistola de juguete—. Para la niña más valiente del viaje.
El destello de la cámara la ciega. El instante queda sellado para siempre en forma de fotografía.
Mamá, mirándolo solo a él. Como si Sandra no estuviera, como si los naranjos, el barro, el guía, fueran meras sombras. Papá, clavando la mirada en la cámara. O en el guía.
Como si le tomara las medidas.
Como si ya supiera que, tiempo después, iba a morir por echar esa foto.
Y Sandra, concentrada en su nueva pistola de juguete. En su presente. En el objeto brillante y falso que cambiaría de forma cada vez que cumpliera años.
Y no en las trampas.
Hundida en el sillón, Sandra nota la pistola flaquear en el bolsillo. Como si las balas de la recámara también dudaran.
—¿Cómo está tu madre? —pregunta la voz de papá, detrás de ella.
Su mano le revuelve el cabello con ternura milimétrica. Sandra esconde su tensión.
—Olvidándose de todo —dice—. Las pastillas funcionan. O eso dicen los psiquiatras.
Papá se deja caer en el sofá. Sus dedos, barnizados de resequedad, juguetean con la espiral dorada que le cuelga sobre el pecho canoso y abierto.
—Hacía años que no te la ponías —dice Sandra, señalándola—. Mamá te la regaló.
—Lo sé perfectamente.
La mirada de papá se clava como un iceberg. Sandra intenta sostenerle el pulso visual, pero es incapaz. Se ahoga en la transparencia de sus ojos, como si la invitaran a un abismo que no sabría interpretar jamás.
—¿Qué llevas en el bolsillo, Sandra? —pregunta él.
Ella saca la mano y se lo muestra. Le apunta con la pistola.
—¿Por qué no viniste a verla al hospital cuando volvió a intentarlo?
Papá sube los pies a la mesa con lentitud.
—¿Aún no ves lo que te hicieron? —dice, llevándose un dedo a la sien—. Piensa, Sandra. ¿Qué es injertado y qué no? ¿Cómo crees que desactivan a los traidores?
Las doce balas en la recámara pesan como vidas enteras. Sandra baja un poco el arma.
—Tú… todo esto. —Señala con el cañón los abalorios desperdigados por el salón: tazas, piedras, souvenirs disecados de una infancia etérea—. Esto es deliberado. Inyecciones mnemónicas.
Traga saliva. Una palabra metálica se enrosca en su pensamiento: reprogramación.
—“La memoria es un terreno táctico” —dice papa, citando del manual—. “Y las trampas nostálgicas minas tanto de ataque como defensa”.
Sandra levanta la pistola.
—Responde a mi pregunta. ¿Por qué no viniste?
Papá entrelaza las manos. Tranquilo. Tan tranquilo que no parece existir.
—Denegaron mi protocolo de recursividad paterna. Estaba en un hotel de Taipéi.
—¿Haciendo qué? —pregunta Sandra.
—Trampas nostálgicas.
—Estás jubilado.
—La gente como nosotros no se jubila —dice, bajando los pies al suelo—. Nos retiran.
Sandra aprieta el gatillo.
El disparo sacude su brazo. El marco polvoriento estalla. La mesa se cubre de cristales y humo. Un olor metálico y agrio se mezcla con el barniz viejo.
—Déjate de paranoias e implantes —dice. Camina hacia la repisa, hacia las medallas sin grabado y los recortes amarillentos sobre suicidios de políticos, generales y celebridades. El legado de papá. Lo barre todo con el cañón de la pistola, lo arrastra al suelo como la basura inmunda que es—. ¿Y mamá? ¿Y yo? ¿Qué somos para ti?
En el rostro de papá, una expresión críptica se crispa.
—Cabos sueltos —responde.
Antes de disparar, Sandra ve de soslayo una figura borrosa, peluda al tacto, enredada entre fragmentos amarillentos de periódicos y polvo antiguo. Un reflejo difuso y atrapado en hilos trenzados y desteñidos.
—Lo siento —escucha decir a papá—. No me dejaste otra opción.
[Último recurso]
El atrapasueños cuelga sobre el marco de la cama como un ángel de múltiples extremidades. Papá se lo ha regalado por su quinto cumpleaños. Tejido a mano, por él mismo.
—Buenas noches —dice él, besándole la frente al terminar de taparla.
Cuando está en la puerta, con la mano en el interruptor, Sandra lo llama:
—No me dejes. Tengo miedo.
—¿De qué?
—De la oscuridad —responde. Lo piensa un instante mejor—. De dormir y no despertar.
Su padre le guiña un ojo. Señala el atrapasueños:
—Esto te protegerá.
A través de la mosquitera, se derrama el canto de los grillos a la luna. Sandra se muerde el labio.
—¿A ti no te da miedo nada?
El rostro de papá se ensombrece. Asiente.
—Dímelo —insiste ella, agitando las piernecitas bajo la colcha. No quiere quedarse sola. Ni en mitad de la oscuridad. Tampoco en el olvido—. ¿Qué te da miedo?
Deja encendida la luz.
Cuando se zafa de la trampa, ya es demasiado tarde. Por primera vez, Sandra se siente lúcida. Despierta.
Reprogramada.
Ha desaparecido. Solo queda su silueta hundida en el sofá, como un fósil sin calor. Las esquirlas del marco roto brillan sobre la mesa. Algunas están manchadas de rojo. Sangre.
Se cortó al llevarse la única fotografía suya en el mundo. O la única con ella y mamá.
¿Un cabo suelto, o un último apego nostálgico?
Sandra toma el atrapasueños y camina por toda la casa. Saborea la red de memorias que papá dejó tejida. No sabe si como protección… o como regalo.
Las agradece.
Aunque no sepa si alguna vez fueron verdad.
Relato nominable al IV Premio Yunque Literario

Antonio Garber (Murcia, 1994) escribe con la determinación de resistir incluso cuando todo parece inevitablemente perdido en un mundo gobernado por los algoritmos.
Está convencido de que, aunque la sociedad intente sofocar la rebeldía temprana, siempre es posible reprogramar el cerebro a través de la lectura.
En 2024 ganó el XVII Premio Tristana de Novela Fantástica con su obra «U.N.I.«. Poco después obtuvo el III Premio Anubis de Relato. Otras de sus historias han sido publicadas en Revista Pulporama, Droids and Druids y en la antología Visiones 2025.
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