
—Aunque no lo creas, me caes superbién —dijo la joven, dedicando una sincera sonrisa a su interlocutor.
—Clara, yo también te aprecio. Si me sueltas, te juro que no le contaré nada a nadie y desapareceré de tu vida por completo —respondió él con voz titubeante, mientras intentaba incorporarse.
—No adelantes acontecimientos, que de hacerte desaparecer ya me encargaré yo —contestó divertida—. Y también seré yo la que no revele a nadie la clase de despreciable ser que eres. Tranquilo, tus adorables hijos mantendrán impoluto el recuerdo de su desaparecido padre.
—No sé qué pecado piensas que he cometido, pero a ellos no les metas en esto —protestó angustiado, intentando vencer las invisibles ataduras que lo retenían en la camilla.
—Arturo, no hace falta que sigas fingiendo. O debería usar tu verdadero nombre —interpeló a aquel individuo que, aun en semejante situación, era capaz de mantener un aspecto impecable —. Arkam, ya puedes abandonar ese trampantojo que usas para pasearte entre nosotros. No seas tímido. Despójate de ese carísimo traje y deja que tus negras alas alcancen toda su majestuosidad. Sácate la máscara y muéstrame tus verdaderas facciones. Y no te olvides de ese kilo de gomina, tus salvajes rizos te lo agradecerán.
De repente, una intensa luz y un silencio infinito invadieron el trastero en el que víctima y verdugo pudieron mostrar su verdadera naturaleza. Si bien Clara seguía manteniendo su aspecto juvenil, sus facciones se habían endurecido y sus ojos brillaban con una frialdad casi inhumana. De Arturo, el exitoso hombre de negocios y abnegado padre de dos adorables criaturas que había criado en soledad después de su adopción, ya nada quedaba. Arkam había tomado su lugar. Si bien las invisibles ataduras seguían cumpliendo su cometido, las poderosas alas negras pugnaban por desplegar todo su poderío rozando las sucias paredes del cuartucho en el que se hallaban. El negro ébano de su piel reflejaba la escasa luz de la bombilla que apenas iluminaba el trastero, confiriendo un aspecto marmóreo a todo su cuerpo. Arkam abrió los ojos, clavando en su oponente sus hipnóticas pupilas rojas y comenzó a aplaudir, rompiendo el tenso silencio.
—¿Cómo es posible que una insignificante humana haya sido capaz de descubrir mi verdadera naturaleza y hacerse con la Cuerda de Karnás? —preguntó fascinado ante aquella realidad que consideraba a todas luces imposible.
—¿Recuerdas que en alguna ocasión te comenté que, aparte de ser una excelente niñera, tenía un montón de cualidades ocultas que algún día te mostraría…? —contestó con una pícara sonrisa—. Pues ese momento ha llegado.
—Eso no responde a mi pregunta. Al parecer, mis horas en esta dimensión, o dependiendo de tu poder, en todas, están contadas, y sería una falta de respeto por tu parte no saciar mi curiosidad —intervino Arkam con su potente voz.
—Está bien. No suelo tener tantas contemplaciones con los de tu especie, pero ya te he dicho que, como humano, me caías bien. Como demonio, dependerá de tus verdaderas intenciones.
—Creo que te equivocas conmigo. Es cierto que, desde la Creación, los ángeles hemos pululado entre vosotros, evitando que os extinguieseis por el abuso del libre albedrío —comenzó a explicar Arkam, harto de que metiesen a todos los ángeles terrenales en el mismo saco—. Vale, no me mires así: aunque la mayoría de los terrenales solo quieren sembrar cizaña y recolectar almas impías para Kaus, los seguidores de Kalim estamos convencidos de que, a pesar de vuestras imperfecciones, sois capaces de dejar una huella positiva en el Universo.
—¿Kaus? ¿Kalim? ¿De qué hablas? Tú solo eres un vil seguidor de Satán que pretende que mi especie sucumba ante el caos de su apocalipsis —interrumpió Clara ante semejante sarta de majaderías.
—¿Satán? Permíteme que me ría. Al parecer, ostento el honor de ser el primero de mi especie al que escuchas, y no me va a quedar más remedio que aprovechar tal privilegio para ilustrarte sobre la verdadera historia de la Creación. Pero antes, me gustaría saber quién eres —pidió el ángel con cara de resignación—. A ver si somos capaces de averiguar quién demonios está detrás de todo esto.
—Demonios, dice. Está bien, intentaré no aburrirte con mi triste historia. Pasé mi infancia en el orfanato de una capital de provincias, donde lo importante no era la felicidad de los niños, sino lo que podíamos aportar a la institución con nuestro trabajo. Sí, ya lo sé, todo un drama. Y si a eso le sumas mis rarezas, tienes el combo perfecto. Rarezas, ausencias, éxtasis, visiones o como quieras llamarlo… o como ellos, mis cuidadores y médicos lo llamaban. Tranquilo, no voy a aburrirte enumerando todos los informes, tratamientos experimentales y pesadillas que lograron amargar mi infancia. Vamos con el resumen corto.
»Cuando me encontraron en la puerta del hospicio, entre el escaso ajuar que contenía la canastilla, había un extraño reloj cuyas agujas solo marcaban correctamente los primeros treinta minutos de cada hora. Durante los restantes, las manecillas permanecían en reposo hasta que, una vez acabados, incomprensiblemente volvían a la posición de las doce. Siempre pensé que las monjitas se habían apiadado de mí, permitiendo que me quedase con aquella reliquia familiar, pero lo cierto era que, por alguna extraña razón, evitaban tocarlo —contó Clara mientras mostraba el pequeño reloj que llevaba ensartado en un colgante oculto bajo su blusa.
—¡La leyenda es cierta! —exclamó Arkam al verlo.
—¿De qué leyenda hablas? —preguntó con curiosidad al ver la reacción del ángel.
—Sigue contándome lo de tus episodios, que creo que ya sé quién eres en realidad —contestó Arkam.
—Como desees, así te doy tiempo a que inventes una bonita historia —dijo con sorna antes de continuar—. El caso es que cada hora, durante los treinta minutos que no marcaba mi reloj, yo caía en un estado de trance en el que mi realidad cambiaba por completo. Donde debería haber seres humanos, aparecían bestias infernales de otros mundos.
»No tardé mucho en comprender que la verdad está sobrevalorada y que, si ves demonios y no quieres enfrentarte a un exorcismo, lo mejor es fingir que las pastillas hacen su efecto. Y así crecí, observando a los de tu especie y rezando por no ser descubierta.
»Todo cambió el día en que uno de los tuyos, un tal Mekot, se interesó por Mario, mi único amigo. Las monjitas, que solo veían su apariencia humana, no dudaron en dárselo en adopción. Aterrada, me escapé del hospicio y seguí su fétido rastro. Cuando logré darles alcance, fui testigo de cómo Mario entraba en un bonito chalet unifamiliar. Por unos segundos, dudé de mi cordura y me alegré por él. Pero hay cierto tiempo que no se detiene, y al alcanzar el minuto treinta, la puerta del unifamiliar se transformó en la del mismísimo infierno y el elegante aspirante a padre del año mutó a un ser semejante a ti.
»Desesperada, al ver que ya poco podía hacer por Mario, embestí con todas mis fuerzas a aquel demoníaco ser justo en el momento en el que se cerraban las puertas del infierno. Allí debió de quedar porque no le he vuelto a ver. Así es como me convertí en el hada madrina de los niños adoptados.
»¿Eso? estaba en el petate de Mekot —dijo al ver que Arkam señalaba la cuerda invisible que le retenía por la cintura—. Junto con un montón de juguetes chulos que me ha costado la vida aprender a usar.
—¡Tú eres la cazadora que mandó al destierro al gran Mekot! —exclamó el alado mientras Clara hacía una reverencia—. Sin duda, mereces conocer toda la verdad sobre la Creación, que poco tiene que ver con lo que aprendéis en las iglesias de esta parte del planeta. Bueno, en el resto tampoco es que se acerquen demasiado.
»Desde el principio de los tiempos, Kaus y Kalim regían al unísono los designios del Universo que entre ambos habían creado. Juntos disfrutaban del acompasado baile que los astros ejecutaban en su deambular, pero con el paso del tiempo, ambos se aburrieron de tan regio espectáculo y de la soledad compartida en la que estaban inmersos. Fue entonces cuando se les ocurrió crear seres vivos que animasen aquellas bolas inertes.
»Emocionados, insuflaron su aliento vital sobre una corte de ángeles hechos a imagen y semejanza suya, que les ayudase a superar el tedio que suponía la eterna compañía del uno con el otro. Lo siento, ya sé que pensabais que ese honor era vuestro.
»Poco a poco, por la influencia de sus propias creaciones, los hermanos fueron distanciándose en gustos y métodos de creación. Cada uno siguió su camino hasta lograr llenar de vida todos los planetas. Todos menos uno, la bolita llena de color en la que ahora nos encontramos. Para no enrollarme demasiado, te diré que después de muchas confrontaciones, y no todas amistosas, decidieron colaborar para crear una última especie.
»Cuando fuisteis una realidad, solo quedaba lograr que os integraseis correctamente en el Universo. A fin de evitar nuevos conflictos, pactaron un acuerdo de no intervención. Ya sabes, lo del libre albedrío. Sin embargo, tanto Kaus como Kalim sembraron vuestro mundo de ángeles infiltrados para lograr que os desarrollaseis según sus distintos pareceres. Como ya habrás supuesto, Kaus es un padre estricto y no duda en mandar al olvido eterno a las almas sucias de corazón, mientras que Kalim es más benévolo y aún piensa que el ser humano puede redimirse por sí mismo con tan solo un empujoncito.
—De ser así, ¿por qué os cebáis con los más inocentes? —susurró Clara.
—Nosotros no. Son los seguidores de Kaus —replicó Arkam—. ¿No me creo que no seas capaz de diferenciar entre nuestras dos razas?
—Ahora que lo dices, nunca me había planteado a qué se debía la diferencia de color, la ausencia o no de alas y cuernos. O sea, que los rojos son de Kaus y los alados de Kalim —reflexionó meditabunda.
—Más o menos, también hay agentes dobles e infiltrados en las dos secciones. Eso sí, los que se dedican a ofrendar vidas de inocentes van por libre, intentando ascender en la corte de los hermanos sin importarles los engaños que deban urdir —intentó aclarar Arkam.
—Entendido. Y yo, ¿qué pinto en este fregado? ¿Qué hay de esa leyenda? —preguntó Clara.
—Cuenta la leyenda que Armet, descendiente directa de Kalim, harta de ver cómo los seguidores díscolos de Kaus masacraban a inocentes cachorros humanos, desobedeciendo las órdenes, forjó un reloj que concediese al humano que lo poseyese el don de la visión total. Antes de poder terminar de dotar a todos los minutos de clarividencia, los seguidores de Kaus la descubrieron y la masacraron. Pero Armet, con su último aliento, logró trasmutar su alma al cuerpo de un bebé humano.
»Tú debes de ser la centésimo primera reencarnación de Armet, siendo tu cometido velar por los más indefensos de tu especie. Sí, no pongas esa cara, a todas las descendientes de Armet les ha pasado lo mismo y da gracias que a ti solo te han tildado de rara; otras muchas perecieron en la hoguera —concluyó el ángel.
—Eso explica muchas cosas. Creo que tendré que contrastar esta información con los siguientes —murmuró la joven mientras rebuscaba en su macuto.
—Si me sueltas ya, aún podemos llegar a cenar con los niños —dijo pacientemente Arkam.
—Te agradezco infinitamente la información que me has proporcionado, pero tú lo has dicho, no puedo fiarme solo de vuestro aspecto. Ha sido un placer conocerte y no te preocupes por tus niños, yo me encargaré de que no les falte de nada —dijo a modo de despedida, al tiempo que sacaba del macuto una daga de doble filo y la hundía en el pecho del hermoso ángel que la miraba con una mezcla de sorpresa e incredulidad.
Antes de recoger los restos de Arkam, quiso probar la teoría que rondaba por su cabeza sobre una de las pertenencias de Mekot y que ahora cobraba sentido. Volvió a meter la mano en el macuto en busca de la pequeña llave. Con las manos temblorosas, la introdujo en la parte posterior del reloj y la giró. Poco a poco, las manecillas fueron recorriendo los treinta minutos que siempre se saltaban. Cuando llegó al sesenta, levantó la cabeza para comprobar que donde hacía apenas unos segundos descansaba el imponente cuerpo de Arkam, ahora estaba un inerte Arturo, que la daga que tenía clavada en su pecho se había transformado en un vulgar cuchillo de cocina y que la cuerda invisible que sujetaba su cuerpo a la camilla no era otra cosa que un montón de cinta americana.
Una lágrima rodó por la juvenil cara de Clara al verse libre de la maldición que la acompañaba desde la cuna, pero el recuerdo de Mario la devolvió a la realidad. Por fin, había descubierto quién era y cuál era su verdadero lugar en aquel mundo de locos. Con firmeza, comenzó a mover la llave en sentido inverso.
Días más tarde, cuando el cuerpo de Arkam y la pequeña llave ya eran historia, volvía a traspasar las puertas de su antiguo hospicio, pero ahora como la nueva asistente de adopciones.
Relato nominable al IV Premio Yunque Literario

Yolanda Fernández Benito: Nací en Valladolid hace más de medio siglo. Ciudad en la que sigo anclada, observando el anodino mundo que me rodea buscando caras, imágenes y sonidos que me sirvan de inspiración para crear mis realidades paralelas. Me gusta experimentar con distintos géneros, personajes y extensiones, pero reconozco que siempre, en mayor o menor medida, acaban teniendo un toque siniestro y oscuro. Varios de mis relatos han sido seleccionados para formar parte antologías, publicados en revistas o premiados en concursos. No tengo blog propio, podéis encontrar mis criaturas y más información en el blog Cylcon (ACLFCFT). (https://aclfcft.wordpress.com/2018/01/01/conociendo-a-nuestras-socias-yolanda-fernandez-benito/)
BS: @yolanda58209721.bsky.social
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