
Autor: Daniel Cervantes
Editorial: El Transbordador
Género: ciencia ficción – terror
Extensión: 239 páginas
¿Es el amor el único refugio ante lo aterrador, ante lo incomprensible y lo inexplicable? ¿Puede medrar en medio del pánico y la desesperación, o es solo una vía de escape, fruto de la tensión?
Daniel Cervantes nos plantea estas cuestiones sin ofrecernos una respuesta. Nos sumerge en una relación sentimental que intenta (y casi consigue) robarle el protagonismo a lo extraordinario. Nos obliga a descender, con la engañosa lentitud de las corrientes más profundas, por una grieta abisal donde se mezclan el amor y el miedo.
El autor gaditano genera la atmósfera (misteriosa, opresiva) en las primeras páginas y nos presenta a Diana y Alejandro: una pareja inevitable, preprogramada y confirmada por esa necesidad que tenemos de encontrar algo a lo que aferrarnos cuando todo tiembla. Ellos son los únicos tripulantes de una nave que parece tan vulnerable como la gestación de su relación. Van hacia la estación Kappa, en el fondo de un mar alterado por una Nueva Costa que no atiende a la ciencia ni a la razón.
El escenario recuerda a Solaris y a Aniquilación. Como Lem, plantea un misterio indescifrable. Como VanderMeer, extrae belleza de lo grotesco. El terror proviene de lo inexplicable y lo claustrofóbico. El romance se gesta a través de diálogos casi adolescentes que, para algunos, pueden restar peso a la obra, pero para los más aprensivos, pueden resultar un salvavidas frente a la oscuridad del abismo. Y el cierre deja más preguntas que respuestas, aunque nos ofrece una certeza: la de haber estado en un lugar del que no se sale indemne.
La nueva costa es una criatura rara y hermosa, mutante como el océano que retrata. Tal vez habría sido más redonda y equilibrada acortando un poco la primera parte, esa en la que los protagonistas intentan escapar de la atracción que ejercen sus cuerpos. O, mejor aún, alargando la segunda, regalándonos más sucesos asombrosos y sosteniendo la tensión un puñado de páginas más. En todo caso, se lee con fascinación y ganas; las mismas que se tienen por una amante al comienzo de una relación. Y, tras cerrar el libro, queda una incomodidad sutil, como la que deja la sal al secarse sobre la piel.
Una reseña de David M. Hefesto

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