
🩸 ADVERTENCIA 🩸
Este relato contiene escenas de violencia explícita. No es apto para estómagos delicados. Si continúas leyendo, será bajo tu propia responsabilidad.
Le encantaba el ruido estridente de las calderas, el roce metálico y disonante de los motores, la algarabía desarmonizada que impedía que nadie escuchara los gritos de sus víctimas.
El amasijo de carne aún se movía; la sangre rebosaba de sus múltiples heridas, como el vómito indolente de un borracho derrotado en mitad de un callejón. Restos de comida salpicaban la estancia y el cuerpo, algo fundamental cuando pretendes que la inanición no acabe con tu víctima antes que el dolor. En una esquina, una manguera con la boquilla herrumbrosa hacía las delicias del acólito de la Parca, cuando la sed asediaba a su presa, se deleitaba reventándole la garganta con el agua arrojada con la fuerza de un titán.
Florencio, el anciano que había ido a disfrutar de unos días de descanso, se retorcía sobre el suelo, o más bien lo intentaba, con apenas fuerzas para respirar. Aun así, mostrando el poder de un rinoceronte iracundo, fue capaz de desviar la vista, apuntar al ventanuco de la sala, mirar la frondosidad de los árboles e intuir la carretera que había más allá.
Una luz.
Azul.
El abuelo profirió un estertor agónico; Vicente, su captor, no lo diferenció del resto de sus espasmos. El verdugo retrocedió y se fue a su mesa de trabajo para elegir el siguiente utensilio. Obvió todos los puntiagudos y afilados. No podía permitir que perdiera más sangre. Se decantó por el mechero.
El fuego iluminó los ojos de ambos: tanto dolor por un lado como placer por el contrario, el eterno abuso de los poderosos llevado a su forma más extrema. Al cabo de unos minutos, unos golpes interrumpieron el goce del carnicero, que solo pudo sobreponerse al miedo por la furia que embargó sus sentidos. Miró a un lado y a otro, indeciso, y antes de poder hacer nada, la puerta se abrió de par en par. Los restos del cerrojo tintinearon por el suelo.
Una figura oscura se recortó contra la puerta; brillos dorados y plateados salpicaban su atuendo. Saltó al centro de la sala. Un policía. En menos de un segundo, desenfundó la pistola y apuntó a Vicente.
―¡Alto en nombre de la ley!
El mechero se le cayó de la mano, la boca se le abrió sin mesura, intentó dar un paso atrás, pero tropezó y rodó por el suelo. El agente avanzó hacia él y, cuando estuvo a menos de un metro, sacó las esposas y se las tiró al abuelo a la cara. Vicente se levantó y le dio un abrazo.
―¿Hacía falta cargarse el pestillo?
―Por supuesto, los ojos ilusionados de ese desgraciado han brillado más que mi placa. Además, en la sala de las máquinas de al lado sí que pasa la gente, pero en este cuartucho, desde que pusiste el cartel de peligro biológico, no entra ni el director.― Se frotó las manos y se acercó a los restos temblorosos del suelo―. ¿Empezamos?
―Claro que sí, te estaba esperando.
El policía sacó un bote de tomillo y se dispusieron a degustar la carne de Florencio ante su mirada desencajada.
ῼ
―Sabes, Angustias, eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Te he conocido hace tres días, pero lo eres todo para mí.
―Qué exagerado eres, Ramiro, pero me encanta.
Los dos ancianos se besaron y se cogieron las manos, olvidándose de lo que les rodeaba, como si en vez de estar en la sala de espera para el médico estuvieran en la plaza de su pueblo durante las fiestas. Cuando la mano de ella se soltó y empezó a rodearle la cintura, Ramiro se apartó con una promesa pícara asomándose a sus ojos.
―Ramiro Marchena― le llamaron desde la consulta número dos unos minutos después.
Se levantó y siguió al médico, al ritmo que tendría un equilibrista oscilando sobre copas de cava. El sanitario le esperó junto a la puerta, el bigote asediado por una sonrisa bien ensayada, ayudándose del picaporte para aliviar su padecimiento. Cerró. Los dos continuaron para situarse en sus lados respectivos de la mesa, uno culebreando como una hoja a la deriva, el otro arrastrándose como los despojos de una oruga pisoteada cayendo cuesta abajo.
―Buenos días, Ramiro, ¿cómo se encuentra?
―Ay, doctor, no estoy bien― comentó llevándose las manos a la espalda―. ¿Cuándo se me va a quitar el dolor?
―Eso es difícil de saber.
―¿Y qué hago aquí? He pasado por muchas horas de viaje para quedarme igual.
―Hay que…
El médico no terminó la frase, el bolígrafo se le cayó al suelo y se desencadenó una de sus pesadillas diarias. Solo de pensar en agacharse ya notó un pinchazo en la pierna, cogió la libreta que tenía en la cajonera, rezando porque con esa ayuda bastara para recogerlo, no fue suficiente. Echó la silla hacia atrás y se quedó mirando su objetivo. Esquivó la pata de la mesa con la pierna izquierda, la mala, resistiendo aún el momento de abandonar el asiento, y tomó aire.
Un latigazo le asaltó la rodilla, le raspó hacia arriba y abajo, hasta que fue capaz de mantenerse en equilibrio, mano derecha sobre la silla, el talón sufriendo la presión de todo su peso, la espalda lacerada por tamaña insensatez.
―Doctor, espere, yo lo recojo.
Vicente miró al anciano con rabia: un viejo lisiado ofreciéndose a ayudarle. El dolor de la articulación inútil fue aplastado por el de la humillación. Su mirada bastó para que Ramiro cerrara la boca.
Cuando superó su pequeña odisea, el médico retomó la entrevista.
―Dígame, ¿había venido al balneario con alguien?
―No, yo solo.
―De acuerdo, le pondré para que le acompañen en todo momento.― Sonrió y, en esta ocasión, la felicidad sí acompañó al gesto.
ῼ
Dormía con la ligereza que siempre aporta la enfermedad, alternando las pesadillas de los familiares perdidos en el pasado con los delirios del dolor del presente. Unos golpes ligeros en la puerta bastaron para despertarle. Renqueó hasta ella y abrió lleno de incertidumbre.
―¡Doctor!― exclamó cuando le vio frente a él―. ¿Qué hace aquí?
―Ya se lo dije ayer, Ramiro, vamos a ayudarle en todo lo posible y le acompañaremos para que no tenga que caminar solo.
―¿Y viene usted? ¿A estas horas? ¿Qué hora es? Es de noche.
―No lo sé, pero estoy de guardia y así aprovechamos el tiempo, vamos coja el bañador. Nos vamos a la piscina.
El anciano se encogió de hombros e hizo lo que le pedían, quiso saber si iría con el grupo de siempre, si le darían un masaje, si se lo daría la simpática o el fortachón y si le tocaba también por la tarde. El médico guardó silencio. Al final, se guardó las dudas para sí mismo y no dijo nada cuando se dio cuenta de que se había dejado el gorro para el agua, ni cuando dejaron atrás el olor a sales de la piscina y bajaron las escaleras, ni cuando entraron en la habitación con una señal de peligro.
El médico cerró la puerta, ya no importaba lo que dijese.
Vicente se encaró con el abuelo, lo agarró por el cuello y lo lanzó contra la pared. Sin apartar la vista de su presa, palpó junto a la puerta y desató la cuerda del gancho. Una red cayó sobre Ramiro, que quedó atrapado en menos de un segundo. El médico se acercó con cautela, sacó unas esposas y le encadenó manos y pies. Después, le quitó la red con paciencia.
―Ramirito― se burló, defenestrada ya su máscara de amabilidad―, te vas a subir a esa mesa que está al fondo. Son cuatro metros. Puedes arrastrarte tú solo o puedo ayudarte yo.
Se llevó una mano a la espalda y, sin mediar palabra, apuntó y le disparó. El susto fue peor que el impacto. Sal. Le había disparado un perdigón de sal.
El anciano se giró, apoyó los codos y se clavó el cemento del suelo. Gimió y la sangre empezó a encharcar sus codos, a pringar cada centímetro por el que reptaba. Para cuando llegó a la mesa, las lágrimas embadurnaban su rostro. Estaba acostumbrado al sufrimiento de la espalda, pero ahora lo peor era el miedo, la imaginación desatada anunciando miles de atrocidades y el temor de que lo que le hicieran siempre pudiera ser peor.
En cuanto se subió, Vicente ajustó una correa alrededor de su tripa, le puso una mordaza y le tapó la cabeza con sus propios calzoncillos. Los motores de al lado aún no habían empezado a funcionar, y él estaba sintiendo la llamada de los dedos.
Ocho uñas después, el ruido de los motores alivió la impaciencia de la espera.
Vicente dejó los alicates y empezó con lo que más le apetecía: su boca. Cogió un anzuelo y le atravesó la lengua. Tiró del hilo, lo pasó por encima de la barra situada a medio metro sobre la mesa (donde colgaba el serrucho) y la ató a la silla en la que se sentaba para hacer sus manualidades.
Se acomodó en su asiento y contempló, extasiado, el pavor en los ojos de Ramiro. Dejó pasar el tiempo. Cuando el rostro del anciano pareció relajarse, echó la silla hacia atrás, tirando de la lengua sanguinolenta. El abuelo usó las pocas fuerzas que le quedaban para elevar el cuerpo, apoyándose en un lado, sobre uno de los codos castigados un momento antes.
Escupió sangre, arrancada de la boca por el aullido que abandonó su pecho. Las lágrimas se perdieron en un mar rojo de suplicio y decrepitud. Mocos agonizantes marcharon a la deriva entre la boca y la barbilla. Todo el rostro se transformó en un averno de efluvios incontenibles.
Vicente repitió su truco en dos ocasiones más. A la tercera ocurrió lo inevitable. El anciano se quedó sin energía, no contrarrestó la fuerza, se mordió y se arrancó la lengua a sí mismo. El festival podía continuar.
El médico fue a por sus clavos especiales, sin cabeza, y los colocó sobre el paladar inferior. Después le rajó las dos comisuras de la boca, creando una sonrisa monstruosa: dos cascadas nuevas que aportaron sus aguas de color vino agrio a la orgía macabra que se desarrollaba en el rostro de Ramiro. Cogió su grapadora de quirófano y engrilletó las encías superiores con las inferiores. Eso sí que era placer.
Un cosquilleo le recorrió la espalda. Estaba en su momento favorito, cuando tenían que elegir entre un mal y otro. Si cerraba la boca, se empalaría con los clavos; si la abría, se desgarraría con las grapas. Vicente tampoco podía decidir qué prefería. ¿Los gritos de dolor? ¿Los espasmos? ¿La mirada interrogante? ¿La sangre salpicándolo?
Pum.
Se oyó un portazo. Vicente se maldijo por no haber puesto un cerrojo nuevo. Alzó la mirada y vio a sus pacientes. Una horda de ancianos avanzó en tropel, despacio, renqueantes, sin aliento. Inmisericordes.
El médico apuntó con la pistola y disparó un perdigón de sal, un acto irrisorio para frenar la avalancha senil que se le echaba encima. Sacó el móvil para llamar a su amigo policía, pero un ataque inverosímil nubló su juicio; un objeto voló hacia él y solo acertó a abrir la boca, presa de la mayor náusea que jamás había sentido. Una dentadura postiza le impactó en el ojo. Su orgullo quedó herido y el teléfono, extraviado en algún punto del suelo.
―¡Os lo dije! ¡Vi al médico cuando salí por la noche a que Ramiro me diera un poco de amor!― El grito bastó para que los abuelos se abalanzaran sobre él.
Angustias lideraba al grupo, y las caricias oscuras cambiaron de víctima. Los bastones golpearon el cuerpo del médico de arriba a abajo, un andador lo aprisionó cuando se cayó de la silla, una sonda de orina lo estranguló. Vicente perdió la vida.
Relato nominable al IV Premio Yunque Literario

Mano de Mithril comenzó publicando pequeñas historias en la revista de su instituto. Con el tiempo la universidad le apartó de la escritura, tiempo durante el cual tuvo que conformarse con escribir alguna poesía, para evitar que su creatividad le asfixiara. Cuando terminó los estudios retomó la prosa, ganando y siendo finalista en diversos concursos como el Inklings y las jornadas medievales de Sevilla, posteriormente publicó “Úremar” con la Universidad de Granada, y “Puro Cuento” con Ediciones la Baragaña, una recopilación de relatos donde se le unen diversos autores. Fue finalista del II Premio de Novela Leibros, con quien publicó “El filo de la Luz” el primer libro de la saga que fantasía épica que finalmente decidió publicar en solitario y que ahora está a punto de terminar.
mano de mithril (@manodemithril) • Fotos y videos de Instagram
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