
Una noche en que nos habíamos excedido celebrando el cumpleaños de un compañero de trabajo y regresaba a casa dando tumbos, lo vi. En el camino de vuelta tengo que pasar por el cementerio, algo que, al contrario que a otros amigos que viven por los alrededores, nunca me había dado miedo. Soy de los que piensan que los fiambres, una vez muertos, muertos se quedan. Todas esas historias de zombis y fantasmas son para los débiles de mente que se creen cualquier paparruchada. De todos los seres de esta tierra, el ser humano es el que más peligros entraña, y es de sus fechorías de las que debemos, en última instancia, guardarnos.
Caminaba, pues, torpe pero alegremente a través de la avenida llena de álamos. Justo en aquel momento pasaba cerca de la verja del cementerio, tan amplia en comparación con el edificio en sí que permitía ver gran parte de lo que sucedía en su interior. Al principio pensé que aquella sombra era del producto de mi ebria imaginación, pero, invadido por la curiosidad y con un valor más etílico que propio, me acerqué hasta la puerta metálica y aferré los barrotes mientras escudriñaba en la oscuridad. Después de un momento, alcancé a distinguir la figura alta de un hombre que vestía gabardina y llevaba un sombrero que le cubría la mayor parte del rostro. A pesar de eso, pude ver que había estado depositando flores sobre una fila de lápidas. En concreto, una flor en cada losa.
Fue el alcohol el que me impulsó a zarandear la verja, llamando así la atención del individuo. Si hubiera estado sobrio, jamás me habría atrevido a hacer tal cosa, a aquellas horas intempestivas de la noche. Quienquiera que fuese no quería ser descubierto, por lo que, evidentemente, alguien como yo no era bienvenido. Cuando lo vi acercarse, la escasa racionalidad que no había sido afectada por la bebida me alertó de que mi vida podría correr peligro si permanecía allí, pero, a medida que la figura avanzaba en mi dirección, crecía mi interés por desvelar quién era y qué hacía allí a esas horas. Mesmerizado, abandoné toda estrategia de supervivencia y me limité a saludarlo con la cabeza cuando llegó a mi altura.
Ahora que lo tenía cerca podía distinguir mejor su rostro. Se trataba de un hombre de mediana edad, con bigote, nariz aguileña y ojos saltones. Llevaba las manos enfundadas en unos guantes oscuros, y la larga gabardina de color caqui le llegaba hasta las rodillas. Sacó una diminuta llave oxidada del bolsillo y abrió la puerta como si conociese la cerradura de toda la vida. Deduje que no era la primera vez que pisaba aquel cementerio; era simplemente que yo, aquella noche, había tenido la suerte o la desgracia de cruzarme con él.
El extraño no parecía amenazador, sino más bien triste. Para mi sorpresa, en vez de salir, me invitó con un gesto de cabeza a entrar en el recinto. Con un escalofrío producido por la humedad del ambiente, me aventuré a través del largo corredor de gravilla flanqueado por los sombríos álamos que conducían al camposanto, sorteando como pude los charcos que la lluvia de la tarde había almacenado en los huecos de la calzada.
Nunca había estado dentro de aquel sitio, pues era el primer cementerio que se había construido en el pueblo, y la mayoría de las almas que moraban en él tenían más de cincuenta años. Me limité a seguir al silencioso desconocido, que se detuvo ante una fila de tres tumbas sobre las que reposaban sendas rosas azules. Para mi sorpresa, las lápidas no tenían nombres, pero sí fechas, y eran bastante recientes: hacía menos de dos años que aquellas personas habían sido enterradas. Moví la cabeza hacia ambos lados, sin entender. No tenía sentido.
—El hombre que las mató estaba tan obsesionado con ellas que habría ido al cementerio nuevo a robar sus cuerpos para depositarlos en el panteón familiar —dijo el desconocido con voz profunda, rompiendo el silencio—. Por eso, por seguridad, las enterraron aquí.
—¿A quiénes? —pregunté, sintiendo que el paisaje a mi alrededor daba vueltas.
—A mi mujer y a mis dos hijas —respondió desapasionadamente el hombre.
Me quedé impactado, sin saber qué decir. Estaba asistiendo a algo demasiado personal, demasiado íntimo, como para estar allí. De pronto reaccioné, y me di cuenta de que tenía que disculparme.
—No debería haberle molestado. No tenía ni idea de todo esto; lo siento…
—No tiene importancia —terció el de la gabardina—. A decir verdad, tú eres la primera persona con la que hablo en mucho tiempo. Al verte aparecer, supe que necesitaba contártelo. Yo las quería con toda mi alma, ¿sabes? Y aquel desalmado me las arrebató.
—¿Cómo murieron? —pregunté, sin poder contenerme.
—Entró en la casa una noche en que yo no estaba, y las asfixió con la almohada. Mató primero a las niñas, que dormían ajenas a todo. Con la madre fue más difícil; tuvo que golpearla hasta dejarla inconsciente, y luego la ahogó.
—Qué terrible… —musité. El desconocido asintió con la mirada perdida en sus recuerdos.
—Pasó una temporada en la cárcel —añadió después de un momento.
—¿Quién? —pregunté con torpeza.
—El canalla que las asesinó, Emilio Somosaguas. Y luego, por una carambola legal de su abogada, consiguió salir tras siete años. Desde entonces, lo busco día y noche. Si llego a dar con sus huesos, no correrá mejor suerte que las tres desdichadas que yacen a nuestros pies.
—Me parece que será mejor que me vaya —murmuré, impresionado. Las conversaciones acerca de juramentos de asesinato no son recomendables. No quería verme luego testificando ante un juez acusado de encubrir un delito, o algo por el estilo.
—Como quieras. Gracias por haberme escuchado. Espero volver a verte.
—Yo también —respondí, sintiendo justo lo contrario—. Buenas noches.
Algo más recuperado, me acerqué hasta la verja y conseguí abrirla con facilidad. Poco después llegué a casa, y a pesar de que había contado con que aquella atroz historia me mantendría en vela durante el resto de la noche, en cuanto puse la cabeza en la almohada, me quedé dormido. Al despertarme al día siguiente, lo primero que se me vino a la mente fue un nombre: Emilio Somosaguas.
Sin dirigirme siquiera al cuarto de baño para lavarme la cara, encendí el portátil y tecleé el nombre en el buscador. Aparecieron varias entradas relacionadas con un magnate de la construcción que nada tenía que ver con el caso. Sin embargo, en la página siguiente encontré un artículo que me heló la sangre en las venas. El titular era de hacía cinco meses, y rezaba: «Emilio Somosaguas ingresa en prisión por asesinato».
Emilio Somosaguas (38) ha ingresado esta mañana en la prisión local por el asesinato del hombre que acabó con la vida de su mujer y sus dos hijas, Felipe Estambre (41). Estambre había cometido el triple asesinato un año atrás, tras obsesionarse con la mujer de Somosaguas, Marisa Leopoldo. Estambre padecía trastornos de personalidad y esquizofrenia no diagnosticada que lo llevó a creer que Marisa Leopoldo y las dos niñas eran su familia. Al fallar en su intento de asesinar a Somosaguas, decidió acabar con la vida de la familia de Emilio. Diez meses después, Estambre fue asesinado a sangre fría en uno de los edificios del centro de la ciudad, a la salida de un conocido local de alterne. Según la abogada del acusado, el juez ha impuesto una pena de siete años de prisión y una multa de trescientos mil euros.
No podía creer lo que acababa de leer. Todavía impactado, tecleé el nombre de Felipe Estambre en el buscador. Para mi sorpresa, la primera entrada se titulaba: «¿Se aparece realmente el fantasma de Felipe Estambre?»
Según algunos testimonios, el fantasma de Felipe Estambre, tristemente conocido por el triple asesinato de la familia Somosaguas, se ha estado apareciendo en las inmediaciones del antiguo cementerio local. Dos testigos aseguraron verlo una noche en que habían bebido demasiado y decidieron que era «una buena idea» hacer una ouija en el viejo camposanto. El testimonio no fue tomado en serio hasta que una joven menor de edad comentó haber visto, hacía unas semanas, al espectro al regresar a su casa de una fiesta, a medianoche. Como macabra casualidad, Estambre murió a la salida de un bar, hallándose, según la autopsia, en estado ebrio en el momento de su muerte.
Cerré el portátil, presa de un ataque de nervios. Había estado hablando con un fantasma que se aparecía exclusivamente a los borrachos, y que estaba tan perturbado que le había dado la vuelta a la situación para no cargar con la culpa de haber matado a Marisa y a sus hijas. Se creía víctima de la historia y planeaba encontrar a Somosaguas para ejecutar su venganza…
Me levanté de la silla, sintiendo que la cabeza me daba vueltas. Pero esta vez no era por la resaca; es que aquella historia resultaba demasiado extravagante para una mañana de domingo.
Relato nominable al IV Premio Yunque Literario

Belén Conde Durán inició su viaje literario en 2015, aunque lleva escribiendo desde la adolescencia. Ha publicado artículos en periódicos y revistas, y muchos de sus microrrelatos e historias forman parte de diferentes antologías. Su novela «Luz y Tinieblas» ganó el premio Boolino de ficción juvenil en 2017, y fue editada por Bruño. Desde entonces ha publicado un total de siete obras, la última de ellas “No Soy Yo -2081-” (2025), editada por Letra R. Es filóloga inglesa, y en la actualidad cursa un grado en Guía, Información y Asistencias Turísticas.
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