
La primera vez que enterramos al Viejo apenas tardó un par de horas en volver a la casa y sentarse en la misma silla del rincón de la cocina que no había abandonado desde hacía casi dos décadas. Solo la tierra negra y húmeda que lo cubría, junto con las pequeñas lombrices y los milpiés que había arrastrado mientras escarbaba hacia arriba, daban fe del lugar donde esa misma tarde mi padre y mi tío lo habían sepultado.
El Viejo había aparecido un día, hacía ya muchos años, vagando por nuestros campos en tiempos de mi tatarabuela. Con sus más de dos metros de altura y sus andares de grulla, su pelo blanco y largo, perfectamente peinado y refulgente al sol y a la luna, y sus ropajes —como prestados por alguien con otro cuerpo y con otra vida—, parecía tan venido de otro mundo que mi bisabuelo tardó tres días en atreverse a acercársele para ver quién era y qué quería. Deambulaba día y noche alrededor de la casa con la vista siempre vuelta hacia arriba, hacia el cielo, mientras con los dedos iba tocando todo lo que encontraba: árboles, gallinas, herramientas de labranza, la letrina, el agua de la alberca, los rosales de la entrada, sus rosas y sus espinas… siempre con cara de asombro, como si fuera la primera vez que lo veía.
Como no traía equipaje ni hablaba, sino que se quedaba mirando a la gente con la boca abierta y los ojos claros hundidos en profundos y pálidos cercos, supusieron que debía de ser un superviviente del horror de aquella guerra que aún escupía a sus últimos muertos. Y es que la guerra te mata por dentro cuando no te mata por fuera, decía mi tatarabuela, y lo acogieron con el dolor que daba pensar que tal vez nuestros propios desaparecidos anduvieran igual de perdidos o de locos por otras tierras extrañas.
Al principio nadie dio mucha importancia al hecho de que jamás se le viera comer o beber nada; o de que, en los primeros tiempos, cuando todavía se tumbaba en su catre cada noche, pasara las horas con los ojos abiertos y sin pestañear; o a su manía de tocar durante unos segundos todo lo que se le ponía por delante. Cuando hurgaba en nosotros, sentíamos una pequeña descarga eléctrica, y si le mirabas a los ojos en ese momento, parecía que brillaran por un segundo, admirados y conmovidos.
Decían que eran cosas de chiflado, que seguro comía bichos o hierbas cuando no se le veía y que dormía a escondidas, pues de vez en cuando desaparecía durante horas o días y nadie sabía en qué rincón se metía ni a qué. Algo de brujería, tal vez, empezaron a murmurar años más tarde mis abuelos, que se volvieron más desconfiados porque, además de todas sus rarezas, el Viejo ya era viejo cuando llegó, pero nunca fue más viejo según pasaba el tiempo.
Después llegó una época en la que empezó a moverse cada vez menos y más despacio; se sentían pasar los minutos y las horas mientras movía un brazo o una pierna para tocar algo nuevo para él, con su permanente expresión de sorpresa en el rostro. Luego se quedaba así hasta que, quizá al día siguiente, decidía volver a moverse un poco más para alcanzar cualquier otro objeto o persona. Hasta que finalmente, cuando mi hermana y yo éramos pequeñas, un día se sentó en una esquina de la cocina, lejos de la puerta y cerca de la lumbre, y desde entonces, hasta que fue enterrado aquella primera vez, no volvió a moverse de allí.
La idea de sepultarlo la había comentado, casi como de pasada, mi padre una noche en que todos cenábamos en la calle, un caluroso atardecer de verano, bajo los sauces más lejanos, por si acaso estuvieran fuera del alcance del Viejo y de sus oídos. Aunque intentaba ocultarlo, a mi padre aquel inmóvil y descolorido gigante le daba grima y miedo: siempre sentado en el mismo sitio, apenas sin moverse, sin comer, sin ir al baño, sin hablar, y cada año más rígido y estático, hasta el punto de que parecía que le crecieran callosas rugosidades en las falanges de los dedos, en el cuello, en la cabeza, en la nariz; rugosidades que, con el paso de las estaciones, se iban endureciendo y convirtiéndose en ásperos nudos arrugados, como los de los grandes árboles centenarios.
Así pues, mi padre había decidido que aquel añoso coloso estaba muerto, aunque su cuerpo aún no se hubiera enterado. Entre él y su hermano —que también era muy bruto— y con la indiferencia del resto de la familia —porque lo cierto es que solo mi hermana y yo lloramos y rogamos para que no lo hicieran— cavaron un agujero en el monte y allí lo metieron y lo sepultaron. Dicen que en todo momento mantuvo los ojos impávidos y abiertos, y la boca descolgada, mientras las paletadas de tierra lo iban cubriendo y llenando de gusanos.
Tras el enterramiento, mi padre y mi tío se fueron al bar del pueblo a celebrarlo. Se bebieron una botella de anís cada uno y, cuando volvieron a casa, ya entrada la noche, encontraron a toda la familia revolucionada e histérica alrededor del Viejo, que lleno de tierra y alimañas, volvía a ocupar su lugar de siempre.
En la familia se tardó semanas en volver a hablar de aquello, y cada vez que necesitaban algo de la cocina nos mandaban a cualquiera de las pequeñas. A nosotras no nos asustaba; de hecho, pasamos varios días quitándole la tierra de la ropa, de debajo de las uñas, de dentro de las orejas, de la nariz y de las pestañas, usando nuestros propios cepillos de dientes y los alfileres de costura de la abuela.
La segunda vez que lo enterraron lo planificaron un poco mejor: le vendaron los ojos y lo metieron boca abajo en un agujero que les costó mucho tiempo y esfuerzo cavar, pues debía ser lo suficientemente profundo para la extraordinaria altura del viejo. Cubrieron luego el hoyo con una viscosa mezcla de brea y sebo, que era lo que más a mano había en la finca. Pero también esa vez, cuando volvieron a casa tras dos botellas de anís, el Viejo estaba de nuevo en su sitio de la cocina como si nada hubiera ocurrido, con la salvedad de la pegajosa sustancia que lo cubría y que, combinada con el barro y los bicharracos, le daba un aspecto de lo más monstruoso y brutal.
Ya nadie volvió a atreverse a molestar al anciano, y con el tiempo terminó convirtiéndose en un mueble más de la cocina, pues hasta la piel se le había cuarteado y oscurecido como la madera antigua. Un día falleció mi tío y, poco después, mi padre; luego, poco a poco, se fueron yendo o muriendo casi todos los demás. Solo yo me quedé en la casa, a solas con el Viejo y con mis fantasmas.
Ahora yo tampoco me muevo casi de la cocina, salvo para aliviarme o dormir un poco. A veces, en las largas horas que no pasan, me siento frente a él y me parece que sus ojos me ven; y no sé si será que la demencia empieza a adueñarse de mi cabeza, pero podría jurar que solemos tener largas conversaciones sobre todo aquello que nunca pudo contar. Vine de muy lejos, suele decirme. Soy un viajero de más allá de las estrellas que desde aquí se pueden ver, pero algo salió mal y nunca pude volver.
¿No vendrán por ti ya?, pregunto. Entonces calla y niega con un silencio triste, creo entender; y yo me siento aliviada, porque no sé cómo haría ahora sin él. Él sabe de mi egoísmo, pero no me lo reprocha. Es muy mala la soledad, le digo a veces, sin venir a cuento, y él sabe de lo que hablo.
Algún día —suele decir—, cuando tú ya no estés, tal vez logre morir en este cuerpo y desaparecer; y entonces quizá pueda regresar.
¿Y cómo podrás morir cuando nada consigue siquiera tocarte?, le pregunto yo.
El tiempo pasa distinto para cada uno —sentencia—, pero siempre pasa.
Ahora, por fin, entiendo muchas cosas. Pero ya es demasiado tarde para contárselas a nadie.
Relato nominable al IV Premio Yunque Literario

Miren Sorgina compagina su trabajo de ingeniera y profesora universitaria con la escritura. Si bien hasta ahora ha escrito más para sí misma y para poder dar rienda suelta a sus demonios internos, es desde hace poco que ha decidido darse a conocer al público y está preparando un libro de relatos que espera que pronto vea la luz.
Instagram: @sorgina.miren

