
Creo que fue mi tío Charlie el primero en hablarme de, como lo llamaba él, el segundo verso de McCartney. Afirmaba haber acuñado la denominación antes que ningún otro. Así se refería a lo que hacía Paul McCartney en las canciones de los Beatles que nacían de una idea de John Lennon. Más cáustico que el romántico y comercial Paul, John solía empezar con melodías afiladas y letras amargas e ingeniosas, y ahí estaba McCartney para poner el contrapunto en la segunda estrofa. Tomemos, por ejemplo, «We can work it out». Comienza de forma positiva, «míralo de este modo, podemos arreglarlo», para cambiar abruptamente en la segunda estrofa a un tono sombrío y pesimista, que reza «La vida es muy corta y no hay tiempo para pasarla peleando, amigo». Dos melodías contrapuestas. Conforme pasaba el tiempo, Paul y John trabajaban cada vez menos juntos y más separados, y el segundo verso tuvo menos apariciones. No cabe duda de que McCartney usó y perfeccionó la técnica durante toda su carrera, pero Charlie sostenía que era en esas canciones de la primera época donde se ocultaba el gran secreto. ¿De qué? Del mundo, por supuesto. Pero nunca supe cuál, ya que mi tío desapareció y en su casa ya no hubo segundo verso, solo silencio.
Su esposa, mi tía, también había desaparecido algún tiempo antes, y los vecinos hablaban. Mi teoría es que Charlie nunca pudo soportar quedarse solo y fue en su busca, pero nunca supe a dónde. Por entonces yo acababa de salir de la academia y estaba loco porque me asignasen mi primer caso. No fue ese, por supuesto, nunca puede ser un asunto consanguíneo. Pero hice mis pequeñas pesquisas aquí y allá, compaginándolas con mi trabajo real, aunque rara vez iba más allá de papeleo y rebuscar en los archivos. Y, por supuesto, tenía la llave de su piso, por el que me dejaba caer de vez en cuando. No tuvieron hijos ni nadie que reclamase la propiedad, por lo que podía curiosear a mis anchas. Sin embargo, no lo hacía con gusto. No es que fuese un piso frío, siniestro, como lo son todos aquellos en los que sus ocupantes han desaparecido en misteriosas circunstancias. El problema era el silencio. Ni siquiera el tocadiscos, pinchando el vinilo rojo «1962-66» de los Beatles, podía hacer sombra a aquel ensordecedor vacío de sonido. Sé que parece imposible, pero la música apenas se escuchaba por encima del silencio. Era como si absorbiese todo ruido por completo.
Un día me asignaron una compañera, la detective Beatriz Kintyre. Le pedí que me llamase Matt, ya que era más cercano y, si teníamos que caer en un tiroteo, prefería ser Matt para ella. No le hablé de mi tío Charlie, aunque sí le pregunté si alguna vez se había encontrado con un silencio tan ensordecedor que pudiese ahogar la música. Abrió mucho los ojos y preguntó de qué diablos le estaba hablando. Ya en ese momento intuí que sabía de lo que le estaba hablando. Aún así, no lo mencioné. Simplemente, le entregué una copia de la llave y la dirección del piso. No volví a verla en una semana.
Disfruté trabajando solo, la verdad. No me metí en líos. Repasé casos abiertos, hice que la pila de papeleo pendiente disminuyera y así, una mañana cualquiera, me encontré cara a cara con una foto en blanco y negro de mi tío Charlie, mirándome fijamente a través de las décadas con un aspecto muy similar al mío propio. El parecido era innegable. El nombre impreso en la tablilla que sostenía a cámara era Charles Harrelson. Era la primera vez que veía ese apellido relacionado con él. Que yo supiera, el apellido de mi tío Charlie era el mismo que el de mi padre, que yo había heredado. Cuando escuché el clic del seguro del arma a mis espaldas me di la vuelta lentamente, con las manos en alto, sin dejar de sostener el cartel. Kyntire me apuntaba con su Colt reglamentario. El cañón, frío y oscuro, parecía mucho más grande desde el otro extremo.
—Matt —susurró—. Matthew, muchacho.
Tenía un aspecto horrible. Solamente había pasado una semana, pero estaba tan demacrada que apenas podía reconocerla. Parecía haber perdido una cantidad importante de peso, y la ropa formaba huecos alrededor de su cuerpo. Sus esqueléticas manos eran ya garras en torno a la pistola y su voz, tan musical antes, apenas brotaba en roncos graznidos. Era como si pronunciar cualquier palabra le hiciera sufrir. Lo peor era mirarle a los ojos, inyectados en sangre y rodeados de bolsas oscuras. No parecía haber tenido mucho descanso.
—Charles Harrelson —dijo—. Sicario.
—No, Bea —respondí, protegiendo el honor de mi tío—. Este es Charles McConaughey, hermano de mi padre. Con ese apellido lo conocí, el mismo que llevo, y con ese apellido constamos en el registro.
El cañón se elevó para apuntarme más de cerca.
—Matthew McConaughey.
En aquella voz, mi nombre sonaba más extraño que nunca.
—Así me llamo. Agente McConaughey, si lo prefieres, y me gustaría seguir siéndolo. Así que deja de apuntarme, por favor, y cuéntame de una vez qué es lo que te ha sucedido.
Ella rio sordamente, lo que le confirió un aspecto amenazador.
—No eres agente de nada, Matthew. Eres un actor de Hollywood. Estás interpretando un papel.
Vaya, así que era eso. Kyntire había perdido la chaveta. Estaba delirando.
—Charles Harrelson es uno de los peores asesinos a sueldo de la historia —continuó—. Llevo toda mi vida tras su pista. Él mismo confesó estar detrás del asesinato de Kennedy, ¿lo sabías, Matt, muchacho?
Negué con la cabeza. Otra chifladura. ¿Mi tío Charlie, asesino? Menuda broma de mal gusto. Pero si le gustaban los Beatles, por el amor de Dios.
—Es el padre de Woody Harrelson. Sí, el actor—. Ensanchó aquella horrible sonrisa—. Woody es tu hermanastro. ¿Qué te parece, Matt? Tu familia de Hollywood crece y crece.
¿Woody Harrelson? Lo conocía, claro. Hacía el papel de camarero en Cheers. Su personaje sustituyó al de Ernie «Entrenador» Pantusso cuando éste falleció. Recuerdo ver la serie con Charlie. Nos reíamos mucho.
—Bea, creo que deberías calmarte —dije. Estaba calculando cuándo y cómo abalanzarme sobre ella y desarmarla sin que ninguno resultáramos heridos en el proceso.
—Tu madre conoció a Charles antes que tu padre. Ya había engendrado a Woody. Poco después naciste tú. Por supuesto que tomó el apellido McConaughey. Es mucho más extraño que Harrelson, y esa pista ya la seguía el FBI. Todos los sicarios tienen varias identidades falsas, Matthew. Los actores también. Deberías saberlo. Pero me diste esa llave…
Tosió sangre. Las gotas cayeron en sus manos, atenazadas alrededor del arma.
—¿Qué viste en ese piso, Bea? —pregunté con serenidad, mientras tensaba los músculos para saltar. Una oportunidad entre mil—. ¿Qué escuchaste?
Fuese lo que fuese, parecía fuera de toda salvación. No decía más que incoherencias. Pero seguía siendo Beatriz Kintyre, detective de primera línea, y su instinto todavía funcionaba allí donde su mente ya no podía llegar. Soltó una carcajada desprovista de toda cordura. Aún sonreía mientras apoyaba el cañón de la pistola sobre su propio mentón y la risa se escuchó por encima del estallido que voló su cabeza de arriba abajo. Tras aquello, lo único que se pudo escuchar fue el silencio.
Vale, sí. A las evidencias me remito. Qué remedio. Debe existir un tipo llamado Matthew McConaughey que es clavado a mí, porque la foto de mi carnet de identidad así lo atestigua. Está podrido de millones y es una estrella. Lo sé porque esos millones están en mi cuenta del banco, pero no sé cómo han llegado allí. ¿Actor? Bueno, supongo que jugué mi papel cuando llegó el resto de compañeros a ver qué demonios había pasado. No hizo falta ningún detective, y allí había unos cuantos, para dictaminar que Kintyre se había pegado un tiro. Necesitaron fórceps para arrancarle la pistola. Con el dinero del tal McConaughey, me regalé unas apacibles vacaciones en tratamiento psiquiátrico. Me cayó muy bien el doctor con el que hablaba de vez en cuando, tenía un venerable bigote blanco a juego con la bata. Le conté todo lo que sabía acerca de mi tío Charlie y el segundo verso de McCartney. Entorné mucho los ojos, metido en mi papel, cuando le aseguré que en ese misterioso verso estaba encerrado el secreto del mundo y le canté entera «We can work it out». Fue como si me cantase a mí mismo. «Podemos arreglarlo, Matt, amigo, la vida es muy corta…»
—El segundo verso es de John —dijo el doctor.
—¿Cómo? —exclamé.
—El primer verso lo hace McCartney —respondió, mirándome por encima de las gafas como si evaluase mi cordura—. El segundo verso de la canción es de Lennon. «La vida es muy corta…», ya sabe. Lo recuerdo muy bien porque esa canción sonó bastante tras su asesinato.
Y así fue como mi mundo entero se resquebrajó.
Había entrado cuerdo, y me fui de allí con serias dudas acerca de mi salud mental. Pero seguía interpretando el papel de actor que interpreta el papel de Matthew McConaughey, y seguían entrando las regalías por películas que no recordaba haber hecho. Compré el bloque de pisos entero y me fui a vivir a casa del tío Charlie. Por supuesto, no tenía la menor intención de vender el resto. No quería inquilinos, simplemente estar solo y en silencio hasta que se acabase el dinero o me acabase yo, o el segundo verso de Lennon fuese en realidad de McCartney, como siempre había creído, o el tejido del mundo real volviera a unirse para demostrarme que no estaba loco, que eran los demás los errados y todo había sido siempre como lo recordaba.
Sí, indagué sobre aquella extraña historia. Charles Harrelson fue sicario y en cierta ocasión se atribuyó volarle los sesos a Kennedy. Woody era su hijo y bueno, existe cierto parecido con el actor Matthew McConaughey. Creo que incluso interpretaron a una pareja de detectives en alguna película. Pero Kintyre acabó demente tras pasar unos días en el piso, y yo me había encerrado dentro sin la menor intención de salir. Cada semana hacía un pedido ingente de provisiones, me las dejaban en la puerta, y no tenía que ver a nadie. Pasó un tiempo indeterminado que solo podía medir contando las cajas de pizza amontonadas, y al fin empezó a escucharse algo por encima del silencio atronador.
Saben, robé el dossier secreto de Kintyre cuando volví a por mis cosas, ya que nadie más sabía de su existencia. Allí estaba toda la investigación sobre Charlie. La última anotación era algo similar a «Matthew me ha dado hoy la llave del piso de Harrelson. Padece un severo trastorno de disociación de la personalidad y todo el mundo le sigue el juego. Espero poder poner fin a tantos años de búsquedas infructuosas». Sin embargo, la parte que más absorbió mi atención fue otra. Según los datos reflejados, se habían detectado otros «pozos de silencio ensordecedor» en varios lugares del mundo. Aquel informe expresaba a la perfección lo que sentí cuando la música era ahogada por el vacío indescriptible. ¿De dónde había venido? Y, ¿por qué en el piso de Charlie?
La pregunta, como descubrí mientras devoraba el dossier con fijación febril, era más bien, ¿qué podía atraer ese silencio?, y fue entonces cuando empezó a escucharse algo por encima. Eran como pequeños ruidos aislados, sucediéndose por todo el piso. Empecé a sentir extraños escalofríos, sin poder dejar de leer. Cuando se juntaban estos focos de silencio, algunas personas se torcían. Así se refería a Charlie. En algún momento se torció. Esas circunstancias concretas atraían los pasos, porque no eran otra cosa. Pasos sordos, sutiles, de algo invisible que caminase sobre cuatro largas y delgadas patas. Llegué a acostumbrarme a ese sonido. La primera vez que cruzó el salón, a mis espaldas, pude sentir una corriente de aire frío en mi nuca. No se parecía a ningún aire conocido en el mundo, y también surgía del silencio. Había un boceto en el dossier que asemejaba un insecto gigante, quizá por ser lo más parecido que la mente humana podía acercarse. No me sorprendió leer que su autor también había pasado una temporada bajo tratamiento psiquiátrico.
No sabría decir cuánto tiempo viví en aquel piso escuchando los sonidos del silencio, pero sí que me habitué a seguir el compás de los pasos a lo largo del salón. Y un día al fin algo hizo clic. Me sentí como los espías cuando descifran un código secreto que contiene un mensaje de importancia vital. Más o menos como descubrir el secreto oculto del mundo. ¡Los pasos del caminar de aquella criatura invisible marcaban el segundo verso de McCartney!
Me puse en pie, alzando los brazos ante aquel ente, con una sonrisa y lágrimas de felicidad en el rostro.
—Bienvenido a casa, tío Charlie —susurré—. Ya no tienes que esconderte más. Estás de vuelta.
Y el silencio sonrió a su vez. «Podemos arreglarlo, amigo», parecía decir. «We can work it out».
Una primera versión de este relato se publicó en la antología Giros y más giros, en junio de 2024.
Relato nominable al IV Premio Yunque Literario

Carlos Ruiz Murcia (Eibar, 1987). Escritor de relatos y artículos, con preferencia hacia el terror y el misterio. Ha participado en revistas, antologías y podcasts como: Pulporama, Windumanoth, Círculo de Lovecraft, Dentro del Monolito, Cuentos del Bosque Oscuro, Exogénesis, El Yunque de Hefesto, Dáliva, Terror con voz de mujer, Cuentística, Al Azkena se va y punto, Entre mitos y pesadillas, La bastarda postmoderna, En el espacio de un tiempo, Territorio Extrañer, De locos y sombreros, Yo recuerdo, Retazos de Ficción, Plumabierta, Droids&Druids, Premios Rickman, Miedo en casa, y muchas más. Primer puesto de relato corto de terror en el «I Certamen Cuentos del bosque oscuro». Intenta centrarse en terminar manuscritos más extensos que presentar a editoriales. Cuando no está escribiendo podéis encontrarlo paseando por la montaña palentina, en un concierto de rock o planeando maldades primigenias en las tinieblas de su despacho.


Me está apetecido volver a ver True Detective.
Buen relato.
No es tanta inspiración como pueda parecer. Todo viene de la vida real: el padre de Woody Harrelson era sicario, tenía información confidencial sobre el caso JFK y es posible que fuese también padre de Matthew MacConaughey.