
La creación esconde un orden caótico que soy incapaz de discernir. Mientras la mente, en su afán de fusionarse con la nada abisal, atormenta la cotidiana realidad de los sentidos, el cuerpo batalla por impedir que me abandone la escasa cordura que poseo. Por ello me aferro a lo tangible, acariciando el regolito de la superficie, inspirando cada átomo de Helio y Argón, contemplando la inmensidad vacía del Universo, encontrando siempre ese extraño silencio que cubre mi planeta, y que habito desde tiempo inmemorial.
Y así, en la soledad, elucubro sobre la necesidad de la vida en un paraíso desértico. Alejada por miles de años luz de la estrella más cercana, siento que no hay nada fuera. La posibilidad de vida se desvanece entre gases y energía oscura, pues la materia no es más que un accidente pergeñado por un demiurgo ocioso, que en su afán de tedio me creó, para colocarme en medio de la nada.
Pero ¿qué malvado hacedor de existencia disfrutaría contemplándome atrapada en esta prisión inconmensurable? Quizá, sea yo la que ha inventado una deidad superior, y si dejara de existir, ella moriría conmigo. Incluso, puede que haya difuminado de tal manera la carne y la sustancia vigorizante de mi presencia, que termine fundiéndome con algún agujero negro inter dimensional, ¡cuán peligroso es buscar en uno mismo las verdades que han ocultado las diosas antiguas!
Otra posibilidad, sobre la que he cavilado, es que yo sea la verdadera creadora de mundos, una vermiforme divinidad, caída en el olvido, cuyo culto sucumbió con su último oficiante y deba de espiar mi culpa en completo aislamiento. Y en una especie de retruécano místico, mi conciencia olvidó la explosión silbante que surgió de lo desconocido, y convocó la presencia vaga y abisal que soy ahora. El castigo por esa culpa sería un martirio mutado a penitencia eterna, sin posibilidad alguna de remisión a los orígenes.
¡No! Esas divagaciones son nebulosas difusas que me impiden atisbar la realidad. Soy la única ser viviente en todo lo existente, y debo de aceptarlo. He contemplado la profundidad del abismo y en lo hondo he visto mi reflejo; luego testifico sobre el pensamiento horrendo que se transforma en vacuidad.
Pero, a veces, creo que es improbable que en la infinitud de la nada sea el único ser que posee hálito vital, pues hay una parte de mis recuerdos atávicos que aparecen para atormentarme, mostrándome imágenes de una antigua devastación. En ellos puedo vislumbrar los mandamientos que formaron el cosmos, ejecutados parsimoniosamente a lo largo de eones por deidades repugnantes.
Así, en el primer eón, la gran bestia multiforme y degradada, devoró la luz del sol de Hertzsprung sumiendo en tinieblas la añeja creación.
En el segundo eón, la gran bestia, drenó las aguas de los planetas Hydrus.
En el tercer eón, la bestia, acaparó el oxígeno de Almucantor, convirtiendo la existencia en inercia narcótica.
En el cuarto eón, la bestia, silenció el universo en Theobald. Anulando melodías y cadencias. Desde entonces, un profundo zumbido descompasado rige la soledad de lo infinito.
En el quinto eón, la bestia, congeló el sistema estelar Azimut, mediante un frío físico y mental.
En el sexto eón, la bestia, se apropió de la mente pensativa de todo ser pensante, desvaneciendo la individualidad, para formar parte de la criatura como apéndices execrables.
El séptimo eón la bestia no descansó. Regurgitó toda la perversidad que tan sabiamente había acumulado. La Creación dejó de ser aquel edén prometido por el demiurgo para convertirse en un páramo de seres desconocidos, nacidos del polvo primordial, amasados con restos de divinidades terribles devoradoras de carne y huesos, que añorantes de una libertad de conciencia olvidada, terminaron fusionándose en la nada perdurable y así surgió Carcosa.
No obstante, por ese motivo que soy incapaz de discernir, yo permanecí consciente, asimilando que no formo parte del todo, y aun así la totalidad está dentro de mi ser, pues algo hay de divino en mi aborrecible cuerpo. Por eso detesto mis ensoñaciones, pues nada hay más allá de lo que perciben mis sentidos: frío, silencio y desesperación.
Ahora noto cómo el satélite al que me hallo ligada se agita con una cadencia acompasada. Esta ebullición en el interior del núcleo permite aflorar a la superficie miles de pequeños gusanos blancuzcos, que van creciendo, arraigados al arenoso suelo, elevándose por encima de la gravedad lunar, hasta que alcanzan su apogeo y explotan esparciendo su vileza y suciedad al infinito. Y es entonces, y solo entonces, cuando la fe en una vida más allá de la propia soledad se apodera de la quietud, alimentando con dudas las divagaciones de mi mente.
Y tras la confusión regreso al confortable adormecimiento de los sentidos, olvidando temores, pues el más intenso miedo, no es a lo desconocido, sino a lo desvelado, que ilumina la realidad insoportable.
Esta serenidad expectante me produce una excitación tal, que eyaculo salvajemente fluidos seminales mezclados con sustancias de Skene, salpicando la arena grisácea, formando nuevos cráteres y orificios, fecundando con semillas difuntas la desolación del regolito primordial, engendrando pequeñas larvas reptantes, que acuden hacia mí, para introducirse por mis ventosidades, y una vez dentro de ellas metamorfosearse en imagos alados. Luego cada tentáculo de mi cuerpo, cada rugosidad porosa, cobra naturaleza propia, poseyendo una sabiduría arcana, afanosa en la nueva creación absurda de planetas y galaxias, separándose de la espina dorsal aglomerante y cayendo inertes al vacío, aumentando la capa de polvo sucio y muerto de mi hogar.
Este proceso es una katábarsis perpetua que me convierte en testigo de toda la destrucción imaginada y consumada antaño. Es posible que en algún momento encuentre internamente una vulgar nada que avanza infectando las viscosidades del cuerpo. Una especie de entidad parasitaria que está infundiendo sus recuerdos en mi memoria, alimentándose del horror informe que poseo. Y, así, en este lento proceso de comprensión, de aceptación de la soledad cósmica, he ido perdiendo el habla. La palabra se ha tornado en pensamiento que retuerce el caos, repleto de vacuidad, ocultando el aspecto aterrador de ente híbrido, plagado de brazos tentaculares, repugnantes ristras de fertilidad insana, que como gusanos se enroscan y afloran hacia el abismo que contemplo.
Acepto, por tanto, la escandalosa monstruosidad que poseo, siendo la última de las Grandes Antiguas, aquellas madres primigenias, masas amorfas, que fundaron constelaciones y galaxias, gobernado con vara de hierro, inmisericordes en su desmesura.
Pero ahora también me reconozco en esa divinidad que se descompone lentamente. Soy materia que muere, y en mi final, devoro el planeta que me acoge, hasta que perezca y reaparezca, renacida y enaltecida bajo la sabiduría dolorosa que produce saberse Creadora y Creatura.
Es una regeneración ancestral, y del frío inconmensurable nacerán nuevos océanos abisales, henchidos de larvas y artrópodos, que retornarán para recuperar el lugar que les corresponde. Surgirán de las profundidades sigilosamente, para contemplar la insignificancia e intrascendencia del resto de los vivientes.
Y yo, la más grande de los primigenios, permaneceré en el fondo, esperando acechante hasta que la curiosidad o la arrogancia de los minúsculos seres de la superficie, me despierte. Volveré como Isheth Zennanim, la devoradora de almas, ansiosa por engullir sus carnes y sus anhelos, deleitándome en la desolación de sus conciencias, pues no son nada más que carroña viva, incapaces de ni siquiera vislumbrar mi horrorosa naturaleza regeneradora de mundos, y jamás volverán a hollar con sus iniquidades a la Madre de todos los Universos, pues no lo volveré a permitir.
Relato nominable al IV Premio Yunque Literario

Juan Mamán: Filólogo e Historiador, ha publicado diversos artículos sobre historia antigua del Oriente Próximo. Autor del libro Lilith & Golem, Veterano de El Yunque de Hefesto. Cada día más inmerso en las pesadillas de Poe, los universos de King y sombrío hasta la grosería, como el melancólico Bécquer.
Escribe por simple divertimento. Su relato Ella fue publicado en el número dos de Pulporama.
En Martes de Terror, de Caosfera B, narraron sus cuentos A finales del Verano (Especial de Licantropía) y Fiesta Ochentera (Especial Slasher, 50º aniversario de La Matanza de Texas).
En Espejo Humeante, el microrrelato El Duelo.
Podéis encontrar a este sensacional autor en Twitter como: Juan Antonio Garcia (@JuanAnt91783536) / Twitter
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