
El amanecer.
Ahí estaba, el viejo Pip, sentado en su terraza frente al mar, observando aquella inmensa extensión de agua que, poco a poco, se iba iluminando bajo los primeros rayos de sol. En la mano, su habitual taza de café oscuro y humeante.
Nada más tomarse el último sorbo, se levantó, se colocó su sombrero de paja en la cabeza y, tras encender un trozo del puro de la noche anterior que guardaba en el bolsillo de su camisa, bajó, pasito a pasito, los irregulares escalones de piedra que conducían a la playa, alejándose entre la bruma de la orilla como una luciérnaga perdida en la niebla. Iba en busca de conchas.
En el pueblo, todo el mundo lo conocía; «Pippermatt»1 le llamaban, con esa ironía burlona y no carente de ingenio propia de la gente de la zona, insinuando que estaba un poco chiflado y que ciertas rarezas suyas —como la de despertarse al amanecer para ir en busca de conchas vacías— se debían al hecho de que no le gustaba perder el tiempo y solía aferrarse a la botella desde la mañana temprano. Sin embargo, Pip, en realidad, era abstemio; nunca había tocado una gota de alcohol en su vida y, desde luego, ni siquiera sabía lo que era el peppermint.

De todas formas, la mayoría de los que se burlaban de él lo hacían de manera juguetona, amistosa, sin maldad, porque Pip, en el fondo, era una buena persona; un poco tocado, quizás, pero amable y disponible con todos. Nadie le había oído jamás levantar la voz y, a cualquiera que le hubiese pedido un favor, siempre le había tendido la mano con gusto.
Era tan querido por ahí que, a menudo, la gente, cuando le veía por la calle o pasaba frente a su casa de camino a la playa, le dejaba una bolsita llena de conchas de todo tipo (grandes, pequeñas, lisas, redondas, en espiral…) con la esperanza, de este modo, de hacerle un grato regalo.
Sin embargo, Pip, después de examinarlas una por una, invariablemente sacudía la cabeza y, con una amplia sonrisa ya casi sin dientes, respondía: «Gracias, pero no es eso lo que busco», y se las devolvía al generoso donante de turno.
Una vez, un simpático señor, paisano suyo, que viajaba a menudo por trabajo, le había regalado unos magníficos ejemplares provenientes nada menos que del otro lado del mundo, ¡del Océano Índico!
Se trataba de auténticas rarezas: media docena de conchas gigantes cuyas dimensiones y cuya belleza habrían suscitado la envidia de cualquier coleccionista y que, sin duda, habrían sido una de las principales atracciones en el pequeño acuario del pueblo.
Sin embargo, incluso en esa ocasión, Pip no había hecho excepciones; le había estrechado la mano en señal de agradecimiento y, con su habitual sonrisa medio desdentada, había respondido: «Gracias, pero no es eso lo que busco». Luego, sin dar más explicaciones, se las había devuelto en bloque, como siempre.
En fin, nadie sabía exactamente lo que buscaba el viejo Pip. Se le veía recoger conchas en la playa cada mañana, pero luego, en su casa, no parecía haber ni una sola. Era de suponer, por tanto, que las dejaba todas allí, donde las había encontrado, en la orilla del mar o entre las rocas. Pero, entonces, ¿por qué tanto esfuerzo y tanta perseverancia? ¿Qué quimera estaba persiguiendo ese pobre diablo solitario? Era un misterio.
También aquella mañana encontró algunas hermosas conchas en la playa, grandes y relucientes como pepitas de oro bajo un sol ya bien panzudo en el horizonte. Sin embargo, esta vez, como en las anteriores, no se llevó ninguna. Regresó a casa con las manos vacías, como siempre; y, como siempre, en su rostro había una expresión de profunda tristeza, una especie de decepción por haber fracasado una vez más.
Al día siguiente, hacía un tiempo que incluso un marinero habría definido como «infame». Llovía a cántaros y el viento aullaba y se retorcía como un animal herido. Pero, ¿acaso creéis que eso impidió que Pip saliera de casa para cumplir con su «misión»? ¡En absoluto! El viejo terco salió de todos modos. Se puso su inseparable chubasquero amarillo y unas grandes botas de pescador y, en cuanto apareció el primer rayo de sol, bajó a la playa, como todas las mañanas, y comenzó su habitual y meticulosa labor de búsqueda.
Ese día era casi imposible encontrar conchas por ahí, también porque, además de la tormenta, había marea alta y las olas habían ido erosionado, poco a poco, casi toda la playa. Pip, sin embargo, no se desanimó; buscó y buscó y, por fin, logró encontrar una, y luego otra. A la tercera, ya estaba tan empapado que apenas podía mantenerse de pie bajo el peso de su propia ropa. Sin embargo, tan pronto como la recogió, sus piernas, de repente, cedieron y sus labios se torcieron en una mueca de dolor. Un recuerdo lejano le había apretado el corazón hasta hacerle daño: la imagen de una joven mujer, en uniforme, que le saludaba dándole un beso en la frente y prometiéndole que volvería pronto.
«Ahora soy oficial, decía, y tengo unas responsabilidades que asumir, ¡te guste o no!»
La concha se le resbaló de los dedos y sus ojos se llenaron de lágrimas. Ese era el último recuerdo que tenía de ella; desde entonces, no había vuelto a verla. Solo sabía que había partido hacia el círculo polar ártico y nunca había regresado, ni ella ni los treinta y cinco marineros bajo su mando.
De rodillas, frente al mar tormentoso, el viejo Pip apretó los puños con fuerza y se maldijo, no tanto por no haberle impedido marcharse (conociéndola, lo habría hecho de todos modos) sino más bien por no haberle dicho que lo entendía. ¡Maldita sea! Entendía perfectamente por qué había tomado esa decisión, y también entendía por qué había emprendido ese tipo de vida. Al fin y al cabo, no somos nosotros quienes elegimos el mar; es el mar quien nos elige. Y eso mismo había hecho también con él, aunque Pip nunca llegó a ser oficial de a bordo, permaneciendo como simple marinero toda la vida.
Esto habría sido lo correcto, la reacción más sensata, sin duda. En cambio, la rabia y el miedo le habían llevado a comportarse como un niño. Le había gritado con una agresividad totalmente inusual en él y después, cegado por la ira, había cogido y arrojado al mar una concha grande, la que guardaba en el alféizar de su casa y que habían encontrado juntos en esa misma playa muchos años antes, cuando ella aún solía sentarse en sus rodillas.
Las lágrimas, ahora, corrían a raudales por los pliegues de su rostro, mezclándose, amargas, con la lluvia y el salitre. Mientras tanto, sobre su cabeza, una espesa parvada de gaviotas revoloteaba y chillaba como una banda de locos. Al verlas, parecía casi como si estuviesen haciéndole los coros a su personal himno a la nostalgia.
Cuando, por fin, recuperó las fuerzas, se levantó y, con pasos lentos y cansados, emprendió el camino de regreso bajo un cielo ya un poco más calmado, aunque todavía plomizo y rencoroso.
Esa noche se fue a dormir abrazado a una fotografía, aunque ni el cansancio ni el agradable calor de las mantas lograron aliviar su dolor.
Pasaron así los meses y luego los años, y el viejo Pip no faltó ni un solo día a su tradicional cita con la playa. Y que hiciera buen tiempo o que el cielo se desplomara cual torrente impetuoso, poco importaba; él siempre estaba ahí, impertérrito, rastreando la zona como un perro sabueso.
El paso de los años no lo había cambiado mucho, en verdad; conservaba la misma sonrisa afable de siempre, solo un poco más triste, un poco más apagada. Quizás, a esas alturas, ni siquiera él mismo creía en lo que estaba haciendo; quizás la suya se había convertido en una simple costumbre, un pasatiempo más, como leer el periódico o ir de pesca. Por cómo se comportaba y por sus gestos, mecánicos y repetitivos, parecía incluso haber olvidado lo que andaba buscando. Pero, ya se sabe, a menudo encontramos las cosas justo cuando dejamos de buscarlas. Y, de hecho, una mañana, poco antes de regresar a casa, algo atrajo su atención.

Semioculta bajo la dorada arena de la orilla, había una concha grande y brillante, que las plácidas olas del océano balanceaban hacia adelante y hacia atrás, de un lado a otro, como una pequeña cuna de porcelana, y cuyo singular aspecto le resultó inmediatamente familiar.
Tras acercarse, se agachó y la recogió para observarla mejor. No podía creer lo que veían sus propios ojos. ¿Acaso se estaban burlando de él? ¿Le estaban mostrando simplemente lo que él deseaba ver?
La examinó con atención, haciéndola girar entre sus dedos una y otra vez, como si fuera un experto en objetos de arte o reliquias preciosas. ¡Caramba, no! No era fruto de su imaginación, era ella de verdad, ¡la concha que había estado buscando, dios sabe cuánto tiempo!
De repente, su rostro se iluminó. Con las manos temblorosas por la emoción, metió dos dedos en su interior y sacó un objeto pequeño y brillante. Era un broche de plata, de esos que se regalan a los niños el día del bautizo o en la primera comunión, en forma de antiguo barco de vapor, con sus chimeneas y una rueda gigante en la popa. Y, en la parte de atrás, en letras redondas y un tanto infantiles, llevaba grabado un nombre: Adele.
Mientras lo estrechaba entre sus dedos, sintió una especie de aliento cálido soplando en su pecho, como una brisa de verano o un buen trago de whisky que arde en las venas, expandiéndose desde el centro hasta las extremidades del cuerpo.
Con el pulgar, comenzó a acariciarlo suavemente, limpiándolo de toda la arena y los filamentos de algas que lo cubrían. La sal y las constantes marejadas lo habían vuelto aún más brillante de lo que recordaba.
Durante unos largos instantes, permaneció ahí, en silencio, observándolo. Luego lo guardó en su bolsillo y levantó la mirada hacia el mar (el cuello del chubasquero levantado para protegerse de las ráfagas de viento). Por primera vez en mucho tiempo, se sentía de nuevo ligero, feliz.
Esa noche se fue a dormir con una amplia sonrisa en los labios. Junto a él, apoyado en una mesita de noche, resplandecía el pequeño barco de vapor, mientras, un poco más lejos, en el alféizar de la ventana, descansaba la gran concha que lo había protegido y custodiado durante todos esos años. Había vuelto a su lugar, finalmente, después de tanto vagar. Y mientras las plácidas olas del océano conciliaban sus sueños y llenaban el silencio de la habitación, desde lo alto alguien los estaba observando. Era la foto de la mujer en uniforme, enmarcada en una pared en la penumbra.

Tenía la mismísima mirada de Pip, idéntica, y parecía que también ella sonreía al presenciar aquella escena.
1 Juego de palabras: El Peppermint es un licor de menta y otras hierbas aromáticas, mientras que matto en italiano significa loco, por lo que su apodo sonaría como Pip el loco (N. del A.).
¿Os gustaría escuchar este relato? Podéis hacerlo, gracias a Laura Albor, pinchando aquí:
Relato nominable al IV Premio Yunque Literario

Me llamo Nicola Zonno y, la verdad, no sabría qué decirte sobre mí. Como ilustrador, puedo presumir de cierta trayectoria, pero como escritor no me conocen ni en mi propia familia. Lo único que puedo contarte es que soy profesor y llevo unos quince años en Madrid, intentando compaginar mi trabajo con mi pasión por el dibujo y la escritura, aunque, con tres hijos, no siempre es fácil.
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