
Los sueños eran auroras boreales emborronadas. Un fulgor lo inundaba todo, lo teñía de áureo. La única manera de diferenciarlos de la realidad era esa: fijarse en los detalles.
Para él, que no era dado a lo exhaustivo, no había diferencia alguna. Notaba la suavidad de la alfombra bajo sus patas, los rayos del sol que se colaban por la ventana calentándole la espesa mata de pelo, el aire fresco de la mañana inundando el salón con un millar de olores. Retozaba con el corpachón contra la tela, estirándose tras una noche de deambular.
Sentía el sueño caer, pesado como una manta de plomo, y apagarse poco a poco. Las sombras de los muebles se diluían en la claridad matinal, y sus alargadas formas parecían cobijarlo, desde la mesa de madera del comedor hasta el alto sofá.
Abría entonces los ojos en un pesado parpadeo al escuchar los pasos. El hombre llegaba con andar tranquilo, se agachaba —aún medio dormido— y le rascaba la mandíbula. Él alzaba el rostro y cerraba los ojos, disfrutando de la caricia. De forma instintiva, una pata trasera zarpeaba el aire.
—Vaya mastín de pacotilla —rezongaba el hombre, aún con la voz pastosa del recién despierto—. Vaya perro guardián de chichinabo… si todo lo que quieres es un poco de cariño.
El hombre se detenía, y su amigo abría los ojos. Giraba la cabeza con confusión y le arreaba un manotazo con la pesada garra. El hombre reía antes de continuar un rato más. Las sombras áureas lo cubrían todo con una calidez que causaba una leve picazón. Retumbado en el suelo, tranquilo y algo aburrido, el perro era feliz.
***
—Yunque —lo interrumpió una vocecilla temblorosa—. Despierta, Yunque, por favor.
El perro guardián se resistió a aferrarse al sueño. El dorado y el cálido fueron sustituidos por un purpúreo obsidiana, helado y cortante. Yunque bostezó, y los grandes caninos quedaron al descubierto.
—¿Jefe? —continuó azuzándolo la voz aguda—. Ya estas despierto, ¿verdad? ¿verdad? ¿verdad que sí?
Yunque enfocó la vista. El pequeño cordero del rebaño le observaba con ojos acuosos.
—Te he dicho muchas veces que no me llames así.
—Si, perdón, Yunque, jefe, señor.
—Tranquilo, pequeño. —El mastín levantó la cabeza—. ¿Qué pasa?
—Tyson. Ha salido más allá de la valla, y creo que le ha pasado algo. Hay mucha sangre.
La morriña se le sacudió de un tortazo. Con su andar pesado y desgarbado, Yunque siguió al corderillo. La noche era fría, una atmósfera de viscosa humedad la cubría y el cielo quedaba encapotado por una cortina de nubes que ocultaba las estrellas y dejaba a la luna como un glaucoma cósmico. A lo lejos, el rebaño de ovejas lo observaba con ojos brillantes.
El cordero lo guio hasta un punto alejado, limítrofe con la verja que los separaba de las tierras salvajes, los altos y oscuros árboles de fondo como un regimiento de soldados silenciosos.
Yunque soltó aire por la nariz. Tyson era nuevo en la granja, un perro pequeño y corpulento como un ladrillo de carne, ruidoso en exceso. No le gustaba la idea de que le hubiese pasado algo, y le gustaba menos aún que hubiera sucedido tan rápido que no le hubiera dado tiempo a lanzar uno de esos estertóreos ladridos suyos.
—Ahí, señor jefe Yunque —dijo el cordero—. Mire bien.
El mastín se adelantó unos pasos, dejando al pequeño tras sus patas. Levantó la cabeza y olisqueó el aire. Gélido afilado, crujiente ácido, penetrante: el aroma del bosque filtrándose hasta la granja. Algo más sospechoso crecía en el ambiente, no obstante. Un hedor tumefacto, el puñetazo agrio de la muerte y la descomposición. Y detrás, algo más que no podía identificar.
Justo tras la valla estaba el cuerpo de Tyson. Parecería dormido si no fuese por el charco de sangre sobre el que descansaba y la horripilante herida que le marcaba del costado a la espalda. Una dentellada a todas luces, dientes largos en un cráneo estrecho.
—Lobos otra vez, ¿verdad?
—No —contestó Yunque, muy quieto, cada hebra de su ser en tensión—. Una mordedura de lobo no es así.
—¿Entonces?
Silencio.
El instinto le martilleaba con ritmo maníaco. Le instaba a huir.
De pronto, el hedor se hizo omnipresente. Una atmósfera emética aplastó cualquier otro aroma. Una sensación del color del ónice se entremezclaba con el aroma, como una serpiente entre los arbustos.
Huir.
Escuchó un eco de madera crujir entre el bosque, de ramajos apartándose. Algo se levantaba. Yunque no podía verlo ni olerlo, pero sabía que estaba ahí. Una presencia grande y antigua como espectador.
Huir ya.
Unos ojos brillantes se delimitaron frente a Yunque, al otro lado de la valla. El mastín arrugó el rostro y enseñó los colmillos, emitiendo un gruñido constante. La figura se adelantó un par de pasos.
Un ciervo.
La imagen deformada de uno, al menos.
El cráneo desprovisto de globos oculares del animal estaba medio despellejado y el hueso blanqueado se cubría de hongos multicolor. Su cuello se torcía en un ángulo antinatural, mostrando vértebras astilladas. El estómago estaba abierto y apenas un par de tripas colgaban, empapando la hierba de sangre coagulada. De sus imponentes astas colgaba un zorro. Largos tendones bajaban medio metro antes de llegar al cadáver, repleto de moscas, con los ojos blancos y un balanceo terrible como si se tratase de una marioneta maldita.
Huir, a cualquier coste.
El gruñido creció en volumen. Justo iba a romper en rugido cuando una voz interrumpió a Yunque.
—No hay necesidad, amigo —espetó el zorro con la voz reseca y llena de bilis propia de los cadáveres.
—Vete de aquí —respondió.
—Amigo mío. Somos tus hermanos. Papá ha despertado después de largo tiempo y ahora venimos con buenas nuevas.
—Tú no eres mi amigo. Lo era el perro que has matado.
—Amigo, amigo, amigo. —Carcajadas ahogadas en mucosidad verduzca—. Está bendito. Papá nos hace inmortales, quiere que nos venguemos. Por fin, hermano.
Yunque apartó la vista por un momento. El bosque lo atrajo. Una forma titánica e indescriptible, un ventrílocuo sobrenatural. Papá, fuera quien fuese.
—¿Esa es tu inmortalidad? —espetó Yunque.
—La carne es un monolito, no un abrigo.
—Me da igual. Vete ahora mismo o pagarás las consecuencias.
—Oh, pobre, pobre amiguito. —El zorro se balanceaba en un hipnótico colgar, cual reo—. Papá nos permite vengarnos de la raza que tanta atrocidad nos ha hecho y tú te pones de su lado. Pobre, pobre herramienta.
La mente de Yunque se retrotrajo al salón, al brillo áureo y las caricias que ahora descansaban, inconscientes del peligro, en la casa a su espalda.
—Un trabajo no me convierte en herramienta.
—Lo hace. Tan solo eres una que disfruta con su trabajo. Esclavizar hermanos, matar a otros.
El hedor le perforó el interior de la nariz con mayor intensidad. Una peste mucilaginosa que abrumaba todos los sentidos del mastín. La presencia que contemplaba todo aquello creció en tamaño y fuerza, extendiendo sus tentáculos como si él mismo fuera la cúpula celeste y sus ojos las estrellas.
De entre la hojarasca putrefacta comenzaron a abrirse camino ratas, topos e insectos; un ejército de alimañas partidas, desmembradas y decapitadas que borbotaban icores mancillados.
Una cadena de ojos brillantes rodeó al heraldo profano y astado. Lobos esta vez, sus cuerpos agujereados y el apelmazado pelaje impregnado del olor de la tierra removida.
Todos tenían un hambre impostada, una imponencia prestada. Imitaciones retorcidas de lo que se suponía que eran en vida, reflejos en un charco enturbiado.
—¿Crees que podrás abrirte paso a dentelladas a través de la voluntad de Papá?
—Creo que algunos moriréis —gruñó el mastín.
—Pero no todos. Y todos somos uno, hermanito —corearon las voces de los muertos con el sonido de kilos de limo en la garganta.
Yunque agitó la cabeza, contrariado. Los lobos siempre son reticentes a sacrificar a alguno de los suyos. Tienen alma, no como aquello.
Una sensación asfixiante e inherente a su propia naturaleza le instó a escapar. Jamás se había visto asaltado por la certeza de que se encontraba ante algo mayor, en todas sus acepciones.
Quería salir corriendo y dejar que el ejército de espectros de carne partiera la valla, hiciera carnicería con el rebaño de ovejas y asaltara a su amigo mientras dormía en la casa.
Un tropel de imágenes se le agolpó en el interior de su cabeza, justo detrás de los ojos. Saltar sobre su amigo, carcomido por la ansiedad que le provocaba su ausencia. La primera vez que le había traído un pastel con velas. Cómo aquel hombre, que al despertar y antes de dormir, encontraba siempre alguna forma de recordarle que aún lo quería.
Yunque no tenía claro que fuese demasiado listo, pero algo sabía seguro: reconocer a un amigo.
—Haz lo que tengas que hacer.
En esa ocasión, fue el tétrico ciervo el que se rio. La carcajada desencajó los reblandecidos colgajos de pellejo que mantenían unida su mandíbula al resto del cráneo. El pedazo de cadáver cayó al suelo.
—Piénsatelo para la próxima vez, Hermano Herramienta —sentenció un pájaro azulado con un agujero atravesándole el esternón.
El ciervo fue el primero en retirarse. Después, poco a poco, el resto de muertos vivientes fueron desapareciendo en la penumbra. Las alimañas regresaron a la tierra húmeda, los lobos se deslizaron entre los arbustos y los pájaros volaron hacia al cielo encapotado. El ente que llamaban Papá se ocultó de nuevo entre pinos y cipreses.
El último en levantarse fue el pesado corpachón de Tyson. Su antiguo amigo contempló al mastín con ojos opacos antes de marchar junto con el resto del tropel no muerto. Yunque observó a aquella procesión terrible con el lomo pardoatigrado erizado.
—¿Por qué no ladras, Jefe? —El cordero giro su cabecita, confuso—. ¿No habría que avisar al hombre de la casa? ¿No?
El mastín no respondió. Ni siquiera le devolvió la mirada. Se limitó a saborear el regusto malsano que dejaba aquello que del bosque había despertado. La sensación de algo oscuro, primigenio y viscoso retorciéndosele en las entrañas no desapareció, demasiado antediluviano para procesarlo.
Yunque se quedó mirando el muro de tinieblas frente a él. La oscuridad le sostuvo la mirada.
Nominable al IV Premio Yunque Literario

Mi nombre es Carlos y soy escritor, cineasta y dibujante de comics de fantasía, terror y ciencia ficción, aparte de haber estudiado realización de audiovisuales y espectáculos en el IES Nestor Almendros.
He publicado y participado en obras, tanto de manera independiente como con editoriales, en el ámbito nacional e internacional. Tengo tres novelas (Salvación Condenada, Peregrinos de Kataik y Ceniza en las venas). He participado en numerosas antologías (Crann Bethadh, We can always tell, Transfórmate o muere,…) y en revistas (La Cabina de Nemo, Ab Terra Flash Fiction,…) y diversas páginas web (Fabulantes, HorrorAddicts,…). También fui redactor en la página web Dentro del Monolito.
Su instagram: Carlos Ruiz Santiago (@darko06) • Fotos y videos de Instagram
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Yunque no solo es podcaster, también es protagonista de un relato publicado en la web de su mismo nombre.
Un relato cojonudo, hermano.