Un artículo de Alberto de Prado

Le he puesto a este artículo el título de El espejo roto, pero bien podría haber escogido otro más elocuente y formal, algo como La pérdida de identidad y su evolución en el género fantástico, porque ese es justo el tema que me propongo tratar. La disolución del yo o la pérdida de la propia personalidad forman parte de los miedos que casi todos traemos implantados de fábrica. Desde el mismo instante en que nos pusimos (literalmente) en pie como especie y comenzamos a vagar por este mundo, surgieron cuestiones que llevamos cientos de miles de años sin ser capaces de responder satisfactoriamente: ¿quiénes somos? ¿de dónde venimos? ¿a dónde vamos? Esto, que ya cantaba el grupo gallego Siniestro Total allá por los ochenta, puede trasladarse al reducido espacio de lo íntimo: ¿quién soy yo? Parece que la respuesta es obvia: yo soy yo… y mis circunstancias, que añadiría Ortega y Gasset. Pero ¿y si no siempre está tan claro? ¿Y si esas circunstancias nos hicieran dudar de nuestra misma esencia? Cualquier cambio interior o ambiental puede desestabilizar la percepción de la propia identidad y hacernos dudar de algo tan aparentemente obvio y tangible como la realidad de nuestra existencia. Semejante pesadilla se convierte en tropo y eje central sobre el que pivotan algunas de las historias más inquietantes y memorables de lo fantástico.
Antes de la aparición de la psicología, la identidad se asociaba de manera indisoluble con el alma, y los relatos sobre su pérdida tenían que ver con lo divino y lo demoníaco. El miedo no residía en la pérdida del yo, en parte porque no había el mismo concepto de la individualidad que tenemos hoy, sino que se era en la medida en que se participaba de lo colectivo. Lo que producía verdadero pánico era la corrupción o el robo del alma.
En las leyendas faústicas, el alma o la identidad son elementos que pueden venderse. La pérdida surge de un acto de voluntad, un pacto corrupto con el mal a cambio de poder que conlleva la aniquilación eterna de la esencia.
Cuentos como Los elixires del diablo, de E.T.A. Hoffmann, o el William Wilson, de Edgar Allan Poe, en los que aparece la figura del doble o gemelo malvado, alumbran el terror a la existencia de una versión negativa de uno mismo, eliminando la singularidad del individuo que termina suplantado o destruido.
Por otra parte, criaturas como el vampiro o el hombre lobo guardan relación con la pérdida del autocontrol y del sentido moral. Ya sea de forma temporal o permanente, ambos seres se transforman contra su voluntad en monstruos cuya humanidad es devorada por una parte bestial sedienta de sangre. En ellos, la identidad no desaparece del todo, sino que es poseída y pervertida hasta quedar anulada.
En todas estas historias encontramos un temor a la condenación eterna y a las fuerzas sobrenaturales (lo desconocido) que tratan de quebrar la esencia divina del ser humano.
A finales del s. XVIII y principios del s. XX, la Revolución Industrial, el auge de la ciencia, que desplazaba a la religión como explicación del mundo, y las teorías de Darwin, que situaban al humano como un animal más en la cadena evolutiva; muestran la insignificancia del individuo ante un vasto universo, indiferente y posiblemente hostil.
Frente a ideas deterministas y al esquema divino de la existencia, la identidad se asienta ahora en la razón y el libre albedrío, amenazados por la irrupción de fuerzas de fuerzas ignotas e incomprensibles. Las entidades cósmicas tendrían la capacidad de poseer, transformar o absorber a los seres humanos sin disolver el yo, que sería corrompido y remplazado por una conciencia ajena.
Situarse ante lo cósmico pone en evidencia la fragilidad de la construcción de nuestra realidad, que palidece ante la aterradora enormidad de su escala. La racionalidad, pilar de la identidad moderna, se quiebra. Esto mismo ocurre en La Llamada de Cthulhu de H.P. Lovecraft, cuyo protagonista pierde la cordura al comprender la verdad del universo.
En La Sombra sobre Innsmouth, el narrador descubre que su herencia genética lo convierte en un híbrido monstruoso, perdiendo su identidad humana para fundirse con una raza profunda. En este caso es el cuerpo, contenedor físico del «yo», el que se transforma de manera grotesca, dando muestra de la inestabilidad de la identidad humana.
Todo esto refleja una época en la que existía un verdadero pánico a que la ciencia y el cosmos revelaran que el ser humano no es el centro de la creación, sino un grano irrelevante en una montaña de arena inabarcable. La identidad sería, por tanto, apenas una ilusión que se desvanece entre los pliegues de lo infinito.
Las dos guerras mundiales, los totalitarismos, la propaganda de masas y el auge del psicoanálisis (Freud, Jung) desembocaron posteriormente en una era de angustia vital, tanto individual como colectiva. Se produce un efecto (buscado) de despersonalización que conlleva duplicidad y un miedo consecuente a la perdida del auténtico yo, a ser considerados piezas reemplazables de la maquinaria social o estatal.
Los regímenes totalitarios buscaban controlar el territorio, pero también conquistar las mentes y las almas. Su objetivo era borrar la identidad individual para fusionarla en una identidad colectiva única: la de la nación, la raza o el partido. El uso de uniformes (camisas pardas o negras, trajes a rayas en los campos), los cortes de pelo idénticos y los números tatuados en los prisioneros eran métodos destinados a eliminar la singularidad de la persona. La identidad ya no emanaba de uno mismo, sino de la lealtad absoluta a figuras autoritarias. La voluntad personal solo podía ser una extensión de la voluntad del Führer de turno.
Para conseguir anular la capacidad crítica y la percepción de la personalidad, se desarrollaron nuevos y eficaces métodos de propaganda: se reescribía la historia, se manipulaba el lenguaje y se bombardeaba a la población con consignas. Esto creaba una realidad alternativa que no deja espacio para una perspectiva personal. La policía secreta incentivaba que los ciudadanos se delataran entre sí, destruyendo la confianza mutua, eje fundamental de las relaciones y la identidad social. Uno ya no podía ser «uno mismo» ni en su propia casa, algo que Orwell describió a la perfección en 1984.
Otro proceso de despersonalización, que sigue en marcha hoy en día, es la clasificación y la etiquetación: las identidades pierden su complejidad y sus matices se desvanecen frente a etiquetas demoledoras que agrupan e identifican a las personas en función de rasgos o características predominantes: raza, orientación sexual, ideología política, etc. Esta categorización produce como una peligrosa deshumanización al negar el valor intrínseco del otro (quien no comparte grupo o categoría). Solo hay que recordar el Holocausto nazi, la hambruna de Bengala o el genocidio actual en Gaza.
¿Cómo ser uno mismo en un mundo donde lo impensable se ha vuelto realidad? Cuando conceptos como la verdad, la justicia o los derechos humanos colapsan, para los supervivientes de un trauma la autopercepción queda dividida entre el antes y el después de los acontecimientos. De la misma forma, la personalidad de los verdugos también se divide, produciéndose una crisis de identidad colectiva nacida del sentimiento de culpa y vergüenza (¿cómo pudimos hacerlo?).
Esta pérdida masiva de identidad, forjada en la conmoción y la despersonalización, dio origen a varias corrientes artísticas y filosóficas del siglo XX. En el Existencialismo, la libertad del individuo (superadas las ideas de nación, religión, etc.) se convierte en una especie de condena que obliga a forjar la propia personalidad y los propios valores a través de los actos. Aparece también la Literatura del Trauma, donde los protagonistas tratan de mantener su idiosincrasia frente a las presiones externas que amenazan con destruirla. Movimientos como el Teatro del absurdo muestran la pérdida de significado, la incomunicación y la disolución de la identidad en un mundo que parece haber perdido su rumbo.
Esto es terreno fructífero para los doppelgängers, clones o seres capaces de suplantarnos. Como en The Invaders, aquella famosa serie de los años sesenta en la que unos extraterrestres querían conquistar la Tierra haciéndose pasar, casi a la perfección, por seres humanos. Me hacía mucha gracia que una de las pocas formas de poder reconocer a los extraterrestres consistía en que llevaban siempre tieso el dedo meñique, que no podían doblar por un defecto congénito de su especie. Historias como esta y otras similares (La cosa del otro mundo, El pueblo de los malditos, etc.) surgen de los conflictos raciales y de la paranoia ante la amenaza del espionaje comunista que socavaba la confianza, base de la identidad social. En el fondo, no es más que un espejo roto que refleja la percepción distorsionada del otro y el miedo a que la identidad pueda ser robada, suplantada o destruida por la locura, la presión social o un «otro» apenas distinguible de nosotros mismos.
Desde finales del siglo XX hasta la actualidad, vivimos inmersos en una Revolución Digital (o tercera Revolución Industrial), una transformación social impulsada por las nuevas herramientas digitales, internet, las redes sociales, la inteligencia artificial, la globalización y una economía de la atención en auge. Esto ha generado nuevos conflictos de identidad. Estamos hiperconectados y lo virtual llega a parecernos más real que el mundo físico. ¿Estamos viviendo en una Matrix? ¿Sigue existiendo la privacidad? ¿Y si solo somos un conjunto de datos subidos a una computadora y alguien pudiera manipular a su antojo nuestra conciencia y los recuerdos de un pasado verdaderamente humano?
Podríamos hablar aquí de transhumanismo y de la fusión-humano máquina. No es conceptualmente algo novedoso, pero es ahora cuando comienzan a aparecer nuevas identidades que no son ya puramente biológicas, auténticos ciborgs que ponen en cuestión dónde acaba la persona y empieza la tecnología. Algo así sucede en Ghost in the Shell, donde el alma (ghost) es lo único que diferencia a un humano cyborg de una IA, aunque esa frontera a veces resulta muy difusa.
Imagina que la conciencia pudiera ser digitalizada, que tu «yo» se encontrara en un archivo que puede ser robado, modificado o borrado, como sucede en Neuromante de William Gibson. La pérdida de identidad dependería entonces de quién tuviera acceso a tus ficheros.
La serie animada Phanteon propone algo parecido, pero lo lleva todavía un paso más allá, o quizá debería decir varios pasos más allá. Si aún no la conocíais os diré, como carta de presentación, que está basada en algunos cuentos de Ken Liu contenidos en la antología La chica oculta y otros relatos. En ella los recuerdos y la personalidad de algunas personas son subidos a la nube, lo que viene acompañado de la muerte física durante el proceso. Esta transición de lo biológico a lo digital plantea varios conflictos sobre el significado de humanidad. ¿Puede una mente subida a la nube seguir teniendo identidad, emociones y derechos? ¿Es moral crear seres conscientes en entornos virtuales? ¿Qué responsabilidades tienen los humanos hacia las IAs que antes fueron personas? ¿Qué peligro tendría el uso militar y corporativo de estas inteligencias? ¿Qué ocurre cuando la tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad para entender sus implicaciones éticas y, por tanto, regularla adecuadamente? ¿Cómo afectan las nuevas herramientas digitales a la privacidad, la seguridad y el libre albedrío?
Son muchas preguntas, y no es mi intención asustar a nadie con ellas. Al contrario: esta serie ha sido para mí casi una revelación, y este rollo es solo para recomendaros que la veáis. Si en la Revolución Industrial eran libros como Frankenstein o El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde los que abordaban el conflicto de identidad, hoy series como Black Mirror, BoJack Horseman, o Phanteon cumplen el mismo papel en la era digital.
Un artículo de Alberto de Prado

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