
Hay algo en las distopías que nos atrapa y ya no nos suelta: de todos los subgéneros posibles de la ciencia ficción es justo la distopía la que más de cerca nos interpela acerca de nuestra propia realidad. No es más que un truco, un trampantojo, más o menos burdo, que se perfila a menudo en una imagen de tecnología futurista deshumanizadora, dentro de un sórdido mundo regido por el capricho de gobernantes crueles.
No es que, de entrada, parezca un panorama muy alegre. Alguien osado podría calificarlo de deprimente, pero sabemos lo que hemos venido a buscar. Y lo hacemos con ahínco, porque las distopías nos ofrecen una versión distorsionada y amplificada de nuestro mundo y de las posibles amenazas que laten en su corazón. Sin embargo, esto se convierte en un bálsamo para calmar nuestras ansiedades ante el futuro. Proyectar los problemas venideros permite al mismo tiempo ensayar las posibles soluciones y prepararnos para hacer del mañana un lugar mejor.
La distopía es la pastilla roja que nos abre los ojos a la realidad y nos muestra el lado oscuro del mundo en que vivimos. No habla del futuro, sino del presente y, una vez que la tomas, no hay vuelta atrás. Ya sabéis, el conocimiento nos hará libres, que diría Sócrates.
Conocimiento y libertad, dos conceptos desvirtuados, ahogados en nuestros días por un ruido perpetuo entre manipulaciones interesadas y una alarmante pérdida del sentido crítico global. Recibimos mucha información, tanta que ni siquiera la podemos llegar a procesar por falta de tiempo. Además, nuestra capacidad de reflexión ha sido secuestrada por el ritmo de vida demencial, impuesto por un sistema inhumano. Datos, números, inputs que debemos interpretar si queremos, no ya llevarnos el premio de un progreso eternamente prometido e inalcanzable, sino simplemente sobrevivir.
Esto mismo les sucede a los protagonistas de series como El Juego del Calamar, The Eight Show o Alice in Wonderland. No es casualidad que algunas de estas series procedan de dos países, Corea del Sur y Japón, donde el individualismo promovido por el sistema ha chocado de frente, como un tren de mercancías sin maquinista, contra los cimientos de unas culturas cuya tradición ha imprimido un marcado carácter colectivo a su sociedad. Las jornadas laborales extenuantes, las dificultades en el acceso a la sanidad o a la vivienda, junto a la masificación en grandes urbes y otra serie de problemas que limitan el desarrollo individual y comunitario, crean un coctel explosivo que augura futuros estallidos de violencia. Al menos, así parece en la pantalla.
Todas estas series tienen aspectos en común. Las tres presentan personajes obligados a competir en juegos con una apariencia inocente (cuando no directamente infantil) que esconden consecuencias letales o traumáticas. El premio final es la libertad y el cumplimiento de los deseos personales, representados por el dinero en The Eight Show y en El Juego del Calamar. El camino es doloroso para los competidores, a menudo imposible, y en él tendrán que afrontar renuncias personales para poder alcanzar la meta.
Los participantes de los juegos suelen ser personas marginadas, con traumas personales o en una situación tan desesperada que los lleva a tomar decisiones complejas que a menudo implica hacer daño a los demás y a arriesgar sus propias vidas. Es una oda al individualismo llevado a su grado más extremo.
Como en toda buena distopía, está presente la desigualdad económica y la explotación de los más vulnerables, doblemente discriminados dentro de la deshumanización general en un entorno opresivo. En diferente grado, se hace crítica al capitalismo salvaje y al uso de la deuda como mecanismo de control, al tiempo que se muestra la apatía y el vacío existencial de la sociedad actual. Todo esto se sintetiza en la obsesión por el entretenimiento extremo y en la mercantilización de la vida humana que dan forma a estas series, haciéndonos inevitablemente partícipes como espectadores.
Su mérito es lograr que nos identifiquemos con personajes que casi podríamos ser nosotros mismos. ¿Qué seríamos capaces de hacer por supervivencia o ambición en un entorno hostil, dominado por las traiciones, el egoísmo o la violencia? Hay momentos donde los personajes se encuentran ante decisiones difíciles como tratar de ayudar a otros arriesgando la vida, o salvarse a sí mismos condenando a otros. Las tramas se desarrollan en espacios aislados o manipulados por fuerzas externas, en ambientes claustrofóbicos y vigilados por los rectores del juego, aparentemente impasibles ante el sufrimiento de los participantes.
El Eternauta: distopía con esperanza
Aunque resultan atrayentes, las producciones asiáticas anteriores tienen un tono pesimista y desesperanzado. Frente a esto, ha irrumpido con fuerza la serie argentina El Eternauta, que se ha convertido en un inesperado fenómeno mundial. Su éxito no es casual: tiene una buena factura técnica, con una presentación visual comedida pero efectista, y unos protagonistas muy carismáticos. Comparte la lucha por la supervivencia, la crítica social y política, el existencialismo…, y también muchas diferencias, especialmente algo que la hace única. El Eternauta tiene un mensaje de resistencia frente a la amenaza exterior, un mensaje de esperanza, que está fundamentado en la colaboración. La supervivencia queda supeditada a la capacidad del grupo para superar el individualismo que impera en nuestra sociedad.
Me parece un completo acierto, y no era nada fácil, cómo los creadores de la serie han conseguido traer al presente la obra de Héctor Germán Oesterheld (desaparecido durante la dictadura argentina), ya cargada desde su origen de contenido político y social. En la década de los 50, Oesterheld ya planteaba que la única respuesta posible al colapso era la organización popular. El mensaje, adaptado al siglo XXI, va dirigido a una generación que está descubriendo cómo el discurso del sálvese quien pueda nos conduce directamente al abismo como civilización.
En El Eternauta el colaboracionismo no es un mero recurso narrativo. Mientras las distopías asiáticas muestran la desintegración social como consecuencia del individualismo, la serie argentina presenta una resistencia basada en la solidaridad orgánica: la supervivencia colectiva como eje fundamental, casi ideológico, en la toma de decisiones. Los personajes no compiten por migajas del sistema, sino que tejen redes de confianza frente a un enemigo externo que simboliza la opresión globalizada.
El escenario no es una arena de competición, sino una ciudad sitiada donde la colaboración es táctica de guerra. En ese sentido, Buenos Aires se convierte en un personaje más de la trama, un personaje herido y amenazador, pero susceptible de ser convertido en aliado para la causa. Porque aquí no hay juegos que enmascaren la explotación; hay una invasión que fuerza una respuesta comunitaria. La crítica es distinta: no basta con denunciar la crueldad del sistema (como hacen las series asiáticas), sino que se debe apuntar a quiénes lo controlan, y solo en grupo se puede alcanzar la fuerza para hacerles frente. La esperanza nace de entender que el enemigo no es el vecino desesperado, con problemas más o menos similares, sino la estructura que nos manipula.
Argentina es un país que, por desgracia, cuenta con una tradición de resistencia colectiva frente a crisis recurrentes (dictaduras, colapsos económicos, movimientos sociales). El Eternauta traslada esa resiliencia latinoamericana a la ficción como metáfora. Si las distopías asiáticas dan cuenta del horror invisibilizado en sociedades hipercompetitivas con estados de bienestar menguantes, la serie argentina lleva a la pantalla las asambleas vecinales, las redes de trueque y los piquetes como formas de soporte mutuo del pueblo ante la catástrofe. No basta con mostrar el infierno, necesitamos encontrar una salida y la opresión solo puede vencerse con inteligencia colectiva.
El Eternauta no nos convierte, como espectadores, en meros convidados de piedra ante el sufrimiento: nos hace cómplices tácitos de un movimiento de resistencia. La serie no nos proporciona la pastilla roja del conocimiento ni la azul que nos adormezca en la ignorancia satisfecha; nos da una herramienta para transformar nuestra realidad distópica. En un mundo donde triunfa el egoísmo, la solidaridad es un acto de rebeldía. Ojo, esto no es romanticismo ingenuo, habrá traiciones y conflictos internos que cada uno afrontará como buenamente pueda, pero lo colectivo prevalece y la esperanza será reforzada con los trajes de eternauta, una armadura contra los «Ellos», los deshumanizados del sistema.
Pero si todo esto resulta demasiado denso o politizado, siempre podemos quedarnos con que es una entretenida serie de ciencia ficción, con buenos efectos especiales y realzada por la siempre hipnótica presencia de Ricardo Darín. ¡Qué gran actor, qué ojos azules, qué eternas ojeras para enmarcar esa mirada de preocupación permanente!
Un artículo de Alberto de Prado

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No he visto ninguna de las series mencionadas, pero cómo he disfrutado de volver a leeros.
Un artículo fantástico.
Buenos días, Laura!
Yo tengo pendiente El Eternauta, y después de leer este artículo de Alberto, no tardará mucho en caer.
Qué alegría nos da leerte a ti también.
Un abrazo enorme