
Parte 2 de 3, historias del pasado
HISTORIAS DEL PASADO
Como hemos visto, los sistemas ecológicos son susceptibles de padecer un colapso. Pero ¿estamos seguros de que las sociedades humanas pueden padecer un colapso? Los modelos matemáticos nos dicen que sí, pero estos no reflejan nuestras complejidades.
Obviamente, los humanos necesitamos de la naturaleza. Al igual que los caribúes de San Mateo, si consumimos toda la vegetación existente, corremos riesgo de provocar el colapso del ecosistema que nos sostiene. Súmese eso a otros problemas como la contaminación, erosión, pérdida de biodiversidad, agotamiento de recursos, etcétera, y tenemos múltiples formas de provocar nuestro colapso, todas ellas estupendas. Pero la cosa se complica todavía más porque las sociedades humanas son mucho más complejas que las de los caribúes. Hemos inventado las dinastías, los reinos, los ejércitos, las religiones, el comercio… y todo ello debe ser tenido en cuenta a la hora de analizar la cuestión. Es más, esas variables –exclusivamente humanas– son capaces por sí solas de causar el colapso de una civilización (sin crisis ecológica de por medio). Por si fuera poco, todas estas variables interactúan entre sí y a veces resulta difícil establecer la relación causa-efecto.
Tomemos un clásico ejemplo de colapso de una civilización: la caída del Imperio Romano. Grosso modo, fue desencadenado por los siguientes factores:
- Invasiones bárbaras
- Problemas económicos (el Imperio mantuvo un constante déficit comercial, la moneda se devaluó sistemáticamente)
- Pérdida de instituciones republicanas que garantizaban libertades y derechos (lo se tradujo en una elevada corrupción)
- Elevado gasto en “pan y circo” (solo en Roma se alimentaban 200.000 personas gracias a la beneficencia estatal)
- Disputas religiosas
- Inestabilidad política (frecuentes guerras civiles entre pretendientes al trono imperial)
Podemos establecer relaciones entre ellas. Los problemas económicos hicieron más difícil contener las invasiones bárbaras y también contribuyeron a las disputas religiosas. Las invasiones bárbaras acentuaron los problemas económicos del Imperio. El gasto en “pan y circo” era el precio a pagar por haberle quitado a la plebe sus instituciones republicanas y, obviamente, agravaba los problemas económicos del Imperio. El ascenso del cristianismo retiró de circulación gran cantidad de dinero (que fue a parar a la Iglesia), causando más problemas económicos. La pérdida de las instituciones republicanas derivó en la creación de una clase noble que rehuía sus obligaciones con el fisco, exacerbando la crisis monetaria. Podríamos seguir y no terminaríamos nunca, pero se entiende la idea.
No obstante, en la caída del Imperio Romano tuvieron escasa influencia los problemas medioambientales. Conviene señalar también que se trató de un colapso “pequeño”: aunque se perdieron maravillas como la red de carreteras (no igualada hasta el siglo XVIII), se conservó una parte importante de lo logrado por los romanos y, técnicamente hablando, el Imperio Romano sobrevivió hasta 1453, en el mal llamado “Imperio Bizantino”.
HISTORIAS DE COLAPSO
A lo largo de la historia, numerosas civilizaciones han experimentado un colapso. Pasemos a examinar algunos ejemplos.
VIKINGOS DE GROENLANDIA. En el año 984 el pendenciero explorador Érik el Rojo estableció una colonia nórdica en unas tierras que llamó Groenlandia (literalmente “tierra verde”). El nombre se presta a controversia, puesto que el 99% de Groenlandia está cubierta de glaciares y, por lo tanto, se sospecha que el mote no era sino una inteligente estrategia de marketing para atraer a incautos colonos; no obstante los vikingos se asentaron en las escasas zonas de Groenlandia que son verdes en verano porque crecen frondosos prados.
Los nórdicos mantuvieron su modo de vida europeo, centrado en la ganadería. Tenían fuertes prejuicios contra el pescado, considerándolo comida para pobres e incivilizados, cosa muy sorprendente si tenemos en cuenta lo ricas en peces que son las aguas de Noruega, Islandia y Groenlandia, y lo mucho que aprecian sus actuales habitantes sus recursos piscícolas. Si no quedaba más remedio que pescar, optaban por mamíferos marinos.
Los vikingos de Groenlandia prosperaron y alcanzaron una población de unas 5.000 personas.
No obstante, las condiciones de Groenlandia eran pésimas para el modo de vida vikingo. Apenas tenía árboles, imprescindibles para construir embarcaciones de madera y como combustible para fabricar herramientas de metal. Los grandes troncos se obtenían mediante expediciones a América o bien comerciando con Europa. La ganadería causó problemas de erosión, agravados por el uso de la turba como aislante térmico.
De Europa también obtenían el soporte legal del rey de Noruega y la autoridad moral de la Iglesia, dirigida por el obispo de Gardar, vicario de Roma.
Hacia el año 1200 empezaron los problemas con la llegada de los inuit (o esquimales) a Groenlandia. Las crónicas vikingas de la época apenas mencionan a los inuit, pero cuando lo hacen siempre es para narrar enfrentamientos armados. No hay rastro de ADN nórdico entre los inuit y viceversa, por lo que las poblaciones no se mezclaron. Finalmente, aunque se han encontrado algunos artefactos vikingos entre los inuit, no hay constancia de intercambio tecnológico y cultural entre ambas civilizaciones. Todo ello apunta a que las interacciones entre inuits y nórdicos fueron escasas y tensas.
A partir del año 1300, el clima empeoró. La fría Groenlandia pasó a ser la gélida Groenlandia. Mantener al ganado se hizo más difícil y el tráfico comercial con Europa se convirtió en una odisea. Una de las principales exportaciones de Groenlandia (el diente de narval) encontró fuerte competencia con el marfil que llegaba desde África, vía Portugal. Para rematarlo, su cordón umbilical con Europa flaqueaba: Islandia también padecía serios problemas de erosión y la población de Noruega se desplomó con la Peste Negra.
Los vikingos trataron de adaptarse a unas condiciones cada vez más complicadas. Aunque mantuvieron su tabú contra el pescado, ingerían cada vez más mamíferos marinos (hacia el final de la era vikinga, aproximadamente el 80% de las calorías procedían de esta fuente). También tomaron medidas para remediar los problemas de erosión.
A pesar de todo, a partir del siglo XIII el número de granjas vikingas comenzó a declinar. El “asentamiento occidental” quedó desierto hacia 1350 tras lo que parece haber sido una terrible hambruna (de la que desconocemos el origen). El “oriental” desapareció en algún momento entre 1408 y 1550, dando con ello fin a la cultura vikinga en Groenlandia.
En resumen, si bien no podemos hacer una radiografía precisa del colapso de la civilización vikinga en Groenlandia, sabemos que hubo una amalgama de factores: falta de recursos (madera), degradación medioambiental (erosión), cambio climático (que dificultó la ganadería y el comercio), enfrentamientos con otras civilizaciones (lo que les impidió adoptar tecnología inuit, mejor adaptada a las condiciones climáticas de la zona), obcecación en mantener un modo de vida (si bien se avinieron a comer mamíferos marinos, siguieron negándose a comer pescado) y pérdida de relaciones comerciales (lo que les dificultó obtener recursos como madera y metal, y supuso la pérdida de legitimidad de la Iglesia).
ANASAZIS (1): En la frontera occidental entre los Estados Unidos y México se desarrollaron diversas civilizaciones. Reciben distintos nombres, en función de la época, la región y las soluciones que adoptaron pero, para no extendernos demasiado, los englobaremos con el nombre de la cultura más conocida de todas, los anasazi (palabra navajo que significa “antiguos enemigos”).
La zona es semidesértica y hoy en día apenas está habitada, por lo que sorprende que estas civilizaciones fueran agrícolas. Sorprende aún más que florecieran y que algunas de las mejores ruinas de América del Norte precolombina se encuentren precisamente allí.
Para sortear los problemas de la precipitación escasa e irregular, estas civilizaciones recurrieron a cuatro soluciones: cultivos de secano en las zonas más altas y con mayor precipitación, cultivar en cañones donde la capa freática estaba a ras de superficie, realizar canalizaciones para traer agua a los cultivos y la última consistía en asentarse por encima de fuentes fiables de agua.
Los anasazi aparecieron hacia el año 600 d.C. y florecieron hasta el año 1000, pero a partir de entonces experimentaron un declive. La desforestación les privó de madera para construir (aquellos pueblos que precisaban madera llegaron a transportarla desde decenas de kilómetros de distancia), la erosión (causada por la agricultura y canalizaciones mal hechas) les privó de buenas áreas de cultivo y la sobreexplotación de los acuíferos les privó de fuentes de agua. Únase eso a épocas de sequía y sociedades estratificadas (con una elite sacerdotal que vivía muy bien a costa de una mayoría que vivía muy mal y que, por tanto, no encontró motivos para sostener a dicha elite una vez las cosas se torcieron), y tenemos un panorama desalentador. Hacia el año 1200, casi todas las culturas anasazi habían desaparecido y sus imponentes poblados quedaron abandonados.
El caso de los anasazis resulta un magnífico ejemplo de cómo el ingenio humano encuentra soluciones diversas que permiten prosperar incluso en condiciones muy adversas, pero terminan provocando un colapso tras unos siglos. La degradación medioambiental (erosión), cambio climático (sequía), fomentar el rendimiento (sobreexplotación de acuíferos) en lugar de la diversificación, desigualdades sociales y dependencia de otros territorios (madera), fueron determinantes en la caída de estas civilizaciones.
IMPERIO JEMER: El Imperio Jemer fue una civilización que existió entre los años 802 y 1431 d.C. En su apogeo, se extendió por los actuales territorios de Camboya, Laos y parte de Tailandia. Se considera la piedra fundacional del pueblo camboyano. Su capital, Angkor, fue en su día una de las ciudades más grandes del mundo preindustrial, alcanzando unos 800.000 habitantes. El imperio se fundó como hinduista (posteriormente se instaló el budismo) y, aun a fecha de hoy, alberga el templo más grande del mundo (Angkor Vat).
Para alcanzar semejantes cotas de éxito se precisaba una elevada productividad. Los jemeres la lograron mediante una prodigiosa red de carreteras, canales y embalses, que permitían múltiples cosechas al año y su distribución de forma rápida y eficaz.
La sociedad jemer, basada inicialmente en el hinduismo, estaba fuertemente estratificada. Una élite gobernaba en palacios y templos mientras una mayoría de campesinos se deslomaba. Para saciar su avaricia, las élites jemeres emprendieron una serie de guerras buscando extender el imperio y multiplicaron los esfuerzos para aumentar aún más la productividad de las tierras.
Los conflictos armados, la exuberancia de los templos y la sobreexplotación del territorio (deforestación, erosión, empobrecimiento del suelo) pusieron bajo serio estrés la economía del imperio jemer. Los eruditos discuten sobre cuáles fueron las verdaderas causas de la caída de la civilización, pero está claro que resultó de la combinación de un cambio climático (una época especialmente seca), la invasión de los Tai (los actuales tailandeses) y la disrupción del complejo sistema de irrigación (que impidió alimentar debidamente a la población).
Gran parte de las ciudades quedaron abandonadas y entregadas a la selva. Incluso Angkor quedó prácticamente despoblada. En los siglos posteriores no emergió nada remotamente parecido a la civilización jemer.
Las lecciones que podemos aprender del caso de los jemeres es que la explotación del terreno al límite de sus posibilidades condujo a un sistema que, aunque era muy productivo, era susceptible de perder dicha productividad por agotamiento del suelo y si los canales no se mantenían adecuadamente; por añadidura, al talar masivamente los bosques no contaban con una reserva de recursos extra para situaciones de penuria como una sequía o una guerra. A esto se unieron gastos evitables, generados por una sociedad muy desigual: grandes templos, opulencia de la clase dirigente y conflictos exteriores que privaron a los jemeres de recursos necesarios para paliar la crisis ecológica del imperio.
MANGAREVA, PITCAIRN Y HENDERSON: Hacia el año 3000 a.C. un grupo de personas oriundas de lo que hoy conocemos como Taiwán emprendió una de las colonizaciones más alucinantes de la historia. Con pequeñas embarcaciones y en sucesivas oleadas, tomaron posesión de las infinitas islas de la Polinesia, terminando la colonización hacia el 1200 d.C.
Los polinesios no se contentaron con ocupar las islas y llevar allí su tecnología y costumbres, sino que crearon un complejo sistema comercial. Si bien había lugares que contaban con todo lo necesario (agua dulce, tierras para cultivar, árboles, pesca y piedra), otros tenían graves carencias de alguno de ellos y dependían del comercio para subsistir.
Uno de los ejemplos más sobresalientes lo constituyen las islas de Mangareva, Pitcairn y Henderson. Mangareva tiene 15 km2 y es rica en recursos (agua, tierras de cultivo, piedra y pesca). Pitcairn es una isla de apenas 5 km2, con muy buenas canteras y agua en abundancia, pero pobre en pesca y en tierra cultivable. Henderson, con 37 km2, es muy rica en pesca pero pobre en todo lo demás. Con estos ingredientes, los polinesios desarrollaron una red comercial que mantenía el flujo de mercancías entre Mangareva, Pitcairn y Henderson. La cosa tiene su mérito, puesto que la distancia entre Mangareva y Pitcairn es de 500 km y la existente entre Pitcairn y Henderson, 200 km.
No obstante, la colonización polinesia produjo efectos negativos en el ecosistema de las islas. El más grave: la deforestación. A lo largo de los siglos, la población de las islas aumentó y, con ello, la necesidad talar árboles para roturar nuevas tierras de cultivo, hacer fuego y construir embarcaciones. En muchos casos, las islas se desforestaron por completo y colapsaron.
La deforestación de Mangareva produjo hacia el año 1500 d.C. el colapso de esta isla, que pasó de ser un reino unificado a un mosaico de tribus que guerreaban entre sí y que incluso recurrían al canibalismo. Fruto del colapso de Mangareva, Pitcairn y Henderson quedaron abandonadas a su suerte. No se sabe cuánto tiempo sobrevivió la población de Pitcairn pero sí se sabe que la de Henderson malvivió un siglo antes de extinguirse. Para cuando llegaron los europeos en 1606, no había habitantes en Pitcairn y Henderson.
¿Qué podemos aprender del colapso de Mangareva, Pitcairn y Henderson? Lo más destacable es la delicada red comercial que mantenía con vida a los habitantes de las dos últimas islas. Aunque ellos no causaron el colapso, no pudieron subsistir una vez se vieron privados del comercio con el exterior. Respecto a Mangareva, es un magnífico ejemplo de cómo una civilización prospera a base de explotar sus recursos naturales, hasta que se produce un sobrepasamiento y un colapso.
Si repasamos las causas de colapso de sociedades pasadas encontramos:
- Cambio climático (groenlandeses, anasazis, jemeres)
- Sobreexplotación de recursos (groenlandeses, anasazis, jemeres, Mangareva)
- Degradación medioambiental (groenlandeses, anasazis, jemeres, Mangareva)
- Dependencia de relaciones comerciales (groenlandeses, Pitcairn y Henderson)
- Énfasis en la productividad en lugar de la sostenibilidad, la diversificación o la resiliencia (groenlandeses, anasazis, jemeres, Mangareva)
- Conflictos con otras culturas (groenlandeses, jemeres)
- Sociedades con grandes desigualdades (anasazis, jemeres)
- Inflexibilidad cultural (groenlandeses)
HISTORIAS DE ÉXITO
A lo largo de la historia, no todas las civilizaciones han colapsado. Con sus más y sus menos, muchas han persistido durante milenios. Es más, algunas han logrado evitar un colapso inminente. Examinemos algunos ejemplos:
TIKOPIA: Si en el apartado anterior vimos una sociedad polinesia que colapsó (Mangareva, Pitcairn y Henderson), Tikopia resulta el contraejemplo de una sociedad polinesia que evitó el colapso.
Tikopia es una pequeña isla de apenas 5 km2, prácticamente aislada del resto del mundo (la isla habitada más cercana, Anuta, está a 112 km y no llega ni a 1 km2, la primera isla grande dista 130 km) y cuenta con todos los recursos que una civilización polinesia desearía (agua, piedra, tierra fértil y pesca).
Tras colonizar la isla, los tikopianos se toparon con los mismos problemas que experimentó Mangareva: el incremento de la población presionaba el medio ambiente y una creciente desforestación amenazaba la isla. No obstante, lograron evitar el colapso durante siglos. Cuando los occidentales realizaron los primeros estudios etnográficos en el siglo XX, la población se mantenía estable en unos 1200 habitantes, una densidad de población muy elevada para una civilización preindustrial y sin posibilidad de comercio a gran escala. ¿Cómo lograron evitar el colapso?
En primer lugar mantuvieron un estricto control de población, que incluía rituales para inculcar la idea de que no había que tener más de tres o cuatro hijos, fomentar el coitus interruptus, el aborto, el infanticidio y el suicidio entre la población “sobrante” (entre 1929 y 1952 se contabilizaron 103 suicidios). También recurrían, cuando era “necesario”, a la guerra para reducir la población.
En segundo lugar, optimizaron recursos. En lugar de talar masivamente sus bosques, los sustituyeron por árboles frutales y, debajo de estos, cultivaban verduras, por lo que lograron tener dos cultivos simultáneos en el mismo terreno, una estrategia que, por añadidura, les daba madera y evitaba los problemas de degradación del suelo. Conviene señalar que esta estrategia “salvaje” muestra similitudes con la “moderna y científica” permacultura.
Por último, la sociedad tikopiana comprendió que había que hacer sacrificios y que o se salvaban todos o no se salvaba nadie. En la sociedad polinesia los cerdos eran muy apreciados y un símbolo de estatus social. Ahora bien, la cría de cerdos consume muchas calorías (más útiles si son consumidas directamente por un humano), los tikopianos no necesitaban los cerdos para conseguir proteína (podían criar gallinas o pescar) y, por último, si se escapan destrozan los cultivos. Los habitantes de Tikopia decidieron sacrificar todos sus cerdos; obsérvese que quien salió especialmente perjudicada con la medida fue la élite (los pobres no podían permitirse los cerdos).
¿Qué nos dice el ejemplo de Tikopia? En primer lugar, los tikopianos analizaron adecuadamente el problema (superpoblación y deforestación), tomaron medidas para subsanarlo (control de la población, permacultura) y realizaron sacrificios para salvarse (control de la población, erradicación de los cerdos), todo esto de forma conjunta, tanto las élites como los desamparados.
JAPÓN: La agricultura se desarrolló en Japón a partir del año 4000 a.C., pero dio un salto de gigante hacia el 300 a.C., con la llegada del arroz. Desde entonces, como podemos adivinar, se produjo el consabido proceso de explosión demográfica y tala de árboles para extender los cultivos.
Hacia el año 800 d.C. ya se había desforestado la llanura de Osaka y Kioto, hacia el año 1000 la deforestación se había extendido a la isla de Shikoku. Hacia 1550, una cuarta parte de los bosques de Japón habían sido talados y zonas enteras estaban devastadas. El problema se agravó con el final de una serie de guerras internas que devastaron el país entre 1467 y 1615. La paz y un gobierno relativamente unificado hicieron prosperar el país. Aumentó la población, la producción de alimentos y el comercio. En estas condiciones se construyeron casas, ciudades, fortalezas y templos, todos hechos de madera. Las flamantes ciudades de madera eran propensas a los incendios, con lo que había que reconstruirlas con frecuencia. Para transportar tanta madera se recurría a barcos, que consumían más madera. En suma, la tala de bosques se disparó.
En 1678 se inició la explotación de la isla de Hokkaido. Para 1710, los bosques de Kyushu, Shikoku y Honsu y el sur de Hokkaido ya habían sido talados y solo sobrevivían aquellos que se encontraban en zonas inaccesibles. Japón se enfrentaba a un problema masivo de deforestación
¿Cómo reaccionó Japón ante este problema? En primer lugar, redujo el consumo de madera de diversas formas: abandonó la construcción de grandes edificios (lo cual impactó en la clase dominante), redujo el uso de madera en la construcción, se desarrolló la explotación de carbón y se potenció la pesca frente a la agricultura. En segundo lugar, estabilizó su población. En tercer lugar, los gobernantes impusieron buenas prácticas de gestión forestal: crear minuciosos censos de bosques, investigación científica, especificar qué zonas podían talarse, en qué cantidad, por quién y a qué precio, reforestar, prohibir las quemas para despejar el terreno… En la década de 1660 las disposiciones llegaban hasta el punto de poner topes a la cantidad de madera que podía usarse en una casa o especificar para qué podía usarse cada especie de árbol.
Hacia el año 1800 la tendencia decreciente de los bosques japoneses se había revertido. Cabe señalar que Japón, con unos suelos excepcionalmente ricos, una pluviometría elevada y una superficie escarpada gozaba de unas condiciones particularmente favorables para la recuperación de su superficie forestal, pero nada de eso hubiera servido si el pueblo japonés no se hubiera esforzado. El viajero que visita Japón hoy en día queda embelesado con la frondosidad de sus bosques, que cubren el 68% del país y eso que Japón tiene una elevadísima densidad de población (338 habitantes por kilómetro cuadrado).
¿Cuáles son las claves del caso japonés? Los japoneses identificaron el problema (deforestación y superpoblación), tomaron medidas para solucionarlo (ciencia, regulación, reforestación, fomento de la pesca y el carbón, control de la natalidad…), realizaron sacrificios colectivos (tanto las clases bajas como las élites vieron limitada la disponibilidad de madera) y unas condiciones medioambientales favorables a la recuperación.
ANASAZIS (2): En el apartado anterior hablábamos de las culturas anasazi (término que, para no complicar las cosas, no hemos usado con rigor). Casi todas las civilizaciones “anasazis” habían desaparecido hacia el año 1200 d.C.
Pero dos de ellas sobrevivían cuando llegaron los europeos: los pueblos hopi y zuñí seguían viviendo como sus antepasados. ¿Qué distinguía a estos dos pueblos? Utilizaban la cuarta de las estrategias mencionadas en el apartado anterior: se asentaban cerca de fuentes de agua fiables, pero por encima de ellas para evitar que una inundación arrasara con todo, con una economía diversificada y autosuficiente, capaz de sobrevivir a meteorología diversa y sin depender de tierras lejanas.
Respecto a la estratificación social, ambos pueblos estaban entre los más igualitarios de los que ocupaban la región. En ambas civilizaciones, la herencia se transmitía por vía materna y se valoraba la igualdad y el trabajo comunitario. Si bien existían rituales religiosos, no había una clase sacerdotal claramente diferenciada del resto (como sí sucedía en otras sociedades anasazi).
Podemos pensar que hopis y zuñíes eran más inteligentes o avanzados que otras tribus contemporáneas pero conviene recordar que durante 400 años otras estrategias funcionaron perfectamente. El éxito a largo plazo de hopis y zuñíes se debió en parte a la suerte.
El caso de hopis y zuñíes muestra que para sobrevivir a largo plazo es preciso asegurar el suministro de recursos (agua), evitar riesgos catastróficos (inundaciones), con una economía diversificada, resiliente y autosuficiente.
Si repasamos las causas que ayudan a evitar el colapso, encontramos:
- Fomentar la investigación científica (Japón)
- Detectar y analizar los problemas (Tikopia, Japón)
- Tomar medidas para subsanar los problemas (Tikopia, Japón)
- Medio ambiente con capacidad de recuperación rápida (Tikopia, Japón)
- Flexibilidad y adaptabilidad de la sociedad (Tikopia, Japón)
- Capacidad de sacrificio colectiva (Tikopia, Japón)
- Cierto igualitarismo social (Tikopia, hopis & zuñíes)
- Economía diversificada, resiliente y autosuficiente (Tikopia, Japón, hopis & zuñíes)
UNA HISTORIA DE DOS PAÍSES
Las sociedades del pasado que hemos visto son muy ilustrativas, pero presentan una serie de problemas.
El primero es que, al tratarse de pueblos del lejano pasado, no conocían la ciencia moderna ni la industrialización. Como vimos anteriormente, fueron precisamente la ciencia moderna y la industrialización lo que permitieron escapar de la trampa malthusiana. Por tanto, un lector razonablemente escéptico o tecno optimista puede alegar que la sociedad moderna no colapsará precisamente porque tenemos estos elementos. Conviene señalar que resulta una interpretación un tanto chovinista (tanto Tikopia como Japón implementaron soluciones que se pueden considerar científicas aunque no conocían la ciencia moderna).
El segundo problema es que carecemos de información clave. Muchos de estos colapsos se produjeron en sociedades que no conocían la escritura y, por lo tanto, solo contamos con datos arqueológicos. Incluso en los pueblos que sí sabían escribir, como los vikingos de Groenlandia, hay muchos aspectos que se desconocen o son motivo de controversia.
El tercer problema es atribuir la clave del éxito o del fracaso. En algunos casos podemos decir que se debió a las condiciones iniciales de la sociedad (como fue el caso de inuits y vikingos, que compartieron territorio pero tenían culturas y estrategias muy diferentes). En otros, fueron las condiciones medioambientales las que resultaron determinantes (por ejemplo, la mayor parte de las culturas anasazi eran proclives a padecer escasez de agua y desforestación, mientras que en Japón la elevada pluviometría, la orografía escarpada y la riqueza del suelo garantizaban una rápida recuperación). Finalmente, existen casos en las que no sabemos bien qué marcó la diferencia (como con Mangareva y Tikopia que, partiendo de condiciones similares, siguieron caminos muy distintos).
¿Contamos con ejemplos de sociedades modernas, con condiciones de partida similares en lo humano y medioambiental, que unas hayan colapsado y otras no y que sepamos por qué? La respuesta es que sí.
COREA DEL NORTE Y COREA DEL SUR: El pueblo coreano tiene una historia de alrededor de dos milenios. Abarca un área geográfica bien definida: toda la península de Corea y un amplio abanico al norte de la misma. Culturalmente, es un pueblo unido alrededor de su idioma: se habla en la península desde hace más de 2000 años y prácticamente en ningún otro lugar.
Tras la II Guerra Mundial, este único país se dividió artificialmente en dos. Al norte del paralelo 38ºN se constituyó la República Popular Democrática de Corea del Norte (comúnmente denominada Corea del Norte), bajo tutela soviética, y al sur, con un nombre más escueto, la República de Corea (comúnmente denominada Corea del Sur), al amparo estadounidense. Tras la Guerra de Corea) que dejó la Península arrasada y a ambos países entre los más pobres del mundo, la separación se mantuvo.
Las condiciones de partida de ambos países eran similares pero no idénticas. El Norte es frío y montañoso y la agricultura queda restringida a estrechas franjas de la costa. Entre sus ventajas, cuenta con abundantes recursos minerales, lo que facilitó que, ya durante la ocupación japonesa, se levantara una pujante industria. El Sur, en cambio, es templado y llano, por lo que históricamente se ha dedicado a la agricultura.
Las dos Coreas siguieron caminos divergentes. Corea del Norte se constituyó en la primera (y única) dinastía comunista de la historia, la Kim: Kim Il-sung, Kim Jong-il y, en el momento actual, Kim Jong-un. Como buen país comunista, se abolieron la propiedad privada, la libertad de expresión, la iniciativa privada, la libertad de movimientos y se instauró un férreo control sobre la población.
Además, se instauró un culto a la personalidad del líder, al que se le atribuye un carácter semidivino. La distorsión de la realidad alcanza cotas prodigiosas. De Kim Il-sung se dice, por ejemplo, que apareció una estrella en el cielo para anunciar su nacimiento. De Kim Jong-il, que no necesitaba orinar o defecar. De Kim Jong-un, que ya era un experto conductor a la edad de tres años.
En los años 70, los nubarrones se cernieron sobre el país. La Crisis del Petróleo dificultó conseguir créditos o devolver los existentes. La ayuda que recibía de China y la URSS disminuyó. Por último, el país se topó de lleno con lo que los economistas denominan “trampa de los ingresos medios” (que viene a decir que para pasar de ser un país en vías de desarrollo a un país rico no basta con construir escuelas, carreteras y fábricas, sino que, además, hay que hacerlo bien).
El régimen podría haber seguido la estela de China, que despegó económicamente con las reformas de Deng Xiaoping, pero se mantuvo firme en su defensa del comunismo más estricto. Sin nadie que les llevara la contraria, los Kim se obcecaron en fantabulosos proyectos, algunos de ellos ni siquiera terminados tras años de pésima gestión, como el Hotel Ryugyong (el más alto del mundo, en un país que apenas recibe turistas) o el Complejo Wonsan-Kalma Beach (pensado, de nuevo, para atraer a esos inexistentes turistas). A eso se le sumó un gasto en defensa exagerado (aproximadamente el 26% del PIB) y sanciones internacionales (consecuencia de lo anterior).
La combinación de factores era mala, pero en los años 90 la situación degeneró en catastrófica. La desintegración de la Unión Soviética privó a Corea del Norte de su principal valedor y unas inundaciones en un país donde la agricultura está al límite de lo posible agravaron la situación. En consecuencia, una tremenda hambruna se abatió sobre el país. Se desconoce el número exacto de víctimas pero las estimaciones hablan de entre un cuarto de millón y dos millones (hubieran sido más de no ser porque el orgulloso país comunista recibió ayuda humanitaria). Desde entonces, la situación ha mejorado pero Corea del Norte sigue sin ser autosuficiente en términos alimentarios ni tampoco genera suficiente dinero para importar alimentos en cantidad, por lo que sigue habiendo malnutrición. En resumen, Corea del Norte se halla al borde del colapso.
Por su parte, Corea del Sur también pasó por diversos dictadores. El primero, Syngman Rhee, dio muestras de execrables tendencias totalitarias que nada tienen que envidiar a sus vecinos del norte (ferviente anticomunista, masacró al menos a 100.000 personas que simpatizaban con el comunismo). Durante su mandato, la corrupción fue la estrella. Bastan dos ejemplos. Durante la Guerra de Corea, el salario oficial de Rhee era de 37,50 dólares mensuales, cantidad risible que no cuadraba con su modo de vida. Más tenebroso fue que, durante el invierno de 1950-51, se desfalcó gran cantidad de dinero que iba destinado a alimentar al ejército y, en consecuencia, perecieron de inanición entre 50.000 y 90.000 soldados. Con esta combinación, el país apenas se desarrolló.
Tras la caída de este y unos meses turbulentos, se alzó con el poder Park Chung Hee. Dictador, militar y también feroz anticomunista pero, a diferencia de su antecesor, puso énfasis en modernizar el país. Protegió la iniciativa privada, fomentó la innovación y aquellos negocios que prosperaban. Por añadidura, el régimen –aunque seguía siendo una dictadura– era más suave que el de su antecesor. Las pequeñas libertades de la que disfrutaron los surcoreanos los animaron a enriquecerse y, para lograr ese objetivo, la sociedad puso especial empeño en la educación. En consecuencia, durante su mandato, Corea del Sur experimentó un gran crecimiento económico.
En 1987, el país consolidó su tendencia libertaria al abandonar la dictadura e instituirse como democracia. Gracias a esta combinación de factores, surgieron gigantescos imperios económicos que, décadas después, se lanzaron a conquistar el mundo. Hoy en día Corea del Sur es una democracia, un país muy rico y con uno de los mayores niveles educativos del mundo. El pequeño país exporta un amplio abanico de productos de alta tecnología (electrónica, barcos, centrales nucleares…) y se permite ejercer el soft power gracias a la exportación de su cultura y productos de entretenimiento (películas, series y música).
¿Y qué hay del medio ambiente de ambos países? Aunque resulta difícil evaluar correctamente la situación de Corea del Norte, sabemos que padece de serios problemas de deforestación y degradación del suelo agrícola (propios de un país pobre). Por su parte, el principal conflicto medioambiental de Corea del Sur es la contaminación del aire (propio de un país en vías de desarrollo), mientras que va mejorando en cuanto a su cobertura forestal.
La diferencia entre ambos países se puede ver incluso desde el espacio (Ilustración 3).

¿Qué podemos aprender de la historia de las dos Coreas? Un gobierno autoritario es más proclive a colapsar que una sociedad en la que los individuos gozan de libertad (de expresión, de movimiento, economía de mercado…). En la primera, el poder está fundamentalmente interesado en controlar y reprimir a la población para mantener dicho poder, lo cual genera severas disfunciones. En la segunda, las elites tienen más interés en hacer que la sociedad prospere, puesto que –al no depender tanto de la represión– necesitan mantener la popularidad. Por añadidura, la existencia de libertades individuales y colectivas permite detectar más fácilmente los problemas y encontrar las mejores soluciones. Otra lección destacable es la enorme inercia que tienen las naciones: los Kim, aunque podían haber seguido las reformas de China, no lo hicieron.
HAITÍ Y REPÚBLICA DOMINICANA: ocupan la misma isla: La Española (o Santo Domingo), en el Caribe. Se trata, por tanto de dos naciones que comparten geografía y climatología similar (aunque Haití es un poco más escarpada y seca). La Española fue una de las primeras conquistas de los españoles en el Nuevo Mundo, por aquel entonces estaba poblada por unos nativos, los tainos, que fueron exterminados por los españoles mediante la guerra, la explotación y las enfermedades infecciosas. No obstante, los españoles pronto encontraron territorios más interesantes a explotar, por lo que La Española se convirtió en una posesión secundaria.
Los siguientes dos siglos La Española fue un territorio escasamente poblado y desarrollado. Sin embargo, Francia, que carecía de posesiones en la zona tropical, puso sus ojos en la isla. Francia llegó a un acuerdo con España por el cual esta le cedía el tercio occidental de la isla.
Los franceses se pusieron de inmediato a sacar provecho a su nueva colonia tropical. Para ello, importaron masivamente esclavos de África y los pusieron a trabajar en grandes latifundios de caña de azúcar, un negocio muy lucrativo. Por supuesto, los esclavos no estaban conformes con la situación y se rebelaron diversas veces contra el poder francés hasta que, por fin, en 1804, proclamaron la independencia y renombraron el país con el nombre original de la isla (Haití).
Los haitianos, en su mayoría antiguos esclavos, trataron de evitar de nuevo la dominación extranjera. Para ello, expulsaron o mataron a los franceses, expropiaron las plantaciones y pusieron trabas a la entrada de inversores en Haití. La erradicación de las plantaciones supuso la pérdida de la principal baza exportadora de la isla, cuya agricultura quedó reducida a la mera subsistencia. La hostilidad hacia lo que venía del exterior, si bien comprensible, les privó de avances en el terreno de las ideas. No obstante, eso no impidió que floreciera una clase muy acomodada que se consideraba a sí misma “francesa” en contraste con las clases populares, “africanas”. Se repetía así la historia: la sociedad volvía a estar dividida en dos clases marcadamente diferenciadas.
La mitad oriental de la isla tuvo un siglo XIX bastante entretenido. Fue invadido por Haití, volvió a ser invadido por Haití, regresó al control español, se independizó de España para incorporarse a Colombia, fue invadido por Haití (ya van tres), se independizó (esta vez de verdad) y adoptó el nombre actual de República Dominicana, pidió la readmisión a España y se volvió a independizar (esta vez de verdad de la buena). El motivo de esta convulsa historia reside en que en aquella época Haití era más poblada y rica que la República Dominicana y, por lo tanto, para los haitianos era tentador tratar de unificar la isla por la fuerza de las armas mientras que los dominicanos, conscientes de su debilidad, dudaban entre optar por la independencia o mantenerse bajo la protección de una potencia extranjera.
La República Dominicana estuvo más abierta a la inmigración europea y el comercio. Con ello llegaron ideas nuevas e innovadoras y también inversión extranjera.
Con estos ingredientes, a finales del siglo XIX la historia de los dos países empezó a divergir. El siglo XX de ambos países incluye dictaduras, invasiones por parte de los Estados Unidos e imposición de una deuda externa onerosa pero la divergencia se mantuvo.
Mientras que la clase dirigente de Haití (cuyo máximo exponente fueron los dictadores Duvalier –padre e hijo– que gobernaron el país durante tres décadas) nunca mostró interés por modernizar el país, la de la República Dominicana sí lo hizo. La República Dominicana tomó las primeras medidas de protección del medio ambiente, en especial contra la tala de bosques, en el siglo XIX. Ya en el siglo XX, con la muy cruel y muy corrupta dictadura de Trujillo llegó la construcción de infraestructuras e industria. Otro dictador, Balaguer, mantuvo el impulso modernizador y mostró gran interés en la protección medioambiental, con especial énfasis en crear una amplia red de parques naturales. Si bien se puede alegar que el impulso medioambiental de Balaguer tenía raíces en la cultura dominicana, también es cierto que nunca fue muy popular en la isla y que para ello no dudó en enfrentarse incluso a las poderosas elites del país. El interés de Balaguer por los parques nacionales parece haber sido genuino.
Hoy en día, tras décadas de gobiernos desastrosos, corruptos y que no se han preocupado de desarrollar el país, Haití es un estado fallido. Ha colapsado. El gobierno es incapaz de controlar el territorio, que es pasto de las bandas criminales. Es el país más pobre de América, con solo 1.700$ por habitante y año, la población practica agricultura de supervivencia, depende fuertemente de la ayuda exterior, y en el territorio, superpoblado, apenas el 1% está ocupado por bosques. Por su parte, la República Dominicana es una democracia, tiene un PIB per cápita de 10.700$ y el 28% de su territorio está cubierto por bosques. La diferencia entre ambas naciones es tan abismal que puede observarse desde el espacio (Ilustración 4).

¿Qué lecciones podemos aprender de Haití y la República Dominicana? En primer lugar, que cuando el poder se ejerce de forma opresiva (como el caso de Haití en el siglo XVIII), se crean dinámicas que son difíciles de corregir incluso a largo plazo y que, por sí solas, son capaces de hundir el país. En segundo lugar, la fuerte estratificación social crea una elite que no muestra interés por mejorar la vida de las clases populares (como es el caso de Haití). Por último, cabe destacar la importancia de la personalidad de los líderes: mientras Trujillo y Balaguer se preocuparon por modernizar la República Dominicana y proteger su naturaleza, los Duvalier no hicieron lo mismo por Haití.
BOTSUANA Y ZIMBABUE: En 1965-6 se independizaron dos países vecinos, Botsuana y Rodesia (actual Zimbabue). Ambos son países del África meridional, estuvieron bajo dominio británico, cuentan con abundantes recursos minerales y no tienen salida al mar. Respecto a sus condiciones climáticas, Botsuana partía con las peores cartas, puesto que la mayor parte de su territorio es desértico o semidesértico, mientras que el clima de Zimbabue es mucho más favorable a la agricultura. Respecto a su composición étnica, aproximadamente el 80% de los botsuanos pertenecen a las tribus tswana, el 10% a las kalangas, el 3% a las basarwa (también llamadas khoisan o bosquimanas) y el 3% son blancos. Si vamos a Zimbabue, tenemos que el 70% son shonas, el 16% nbedeles, el 10% pertenece a otras tribus y el 3% son blancos, asiáticos o mestizos. Las condiciones de salida, si bien no eran idénticas, al menos no eran muy disimilares.
Conviene señalar que la principal tribu de Botsuana, la tswana, tiene unas tradiciones poco usuales. El núcleo de la toma de decisiones era la kgotla, una asamblea pública en la que los jefes consultaban las decisiones con los hombres de la tribu. Cualquier varón podía exponer su opinión en la kgotla sin que pudiera ser interrumpido. Aunque teóricamente las jefaturas eran hereditarias, no eran pocos los casos en los que las kgotlas imponían un líder diferente del heredero o destituían a un jefe impopular. Un proverbio tswana lo advierte así “el jefe es jefe por la gracia del pueblo”. Aunque la mayor parte del territorio tswana era de libre acceso, el ganado era de propiedad privada. También eran de propiedad privada las tierras de cultivo. Las mujeres, aunque excluidas de las kgotlas, gozaban del derecho a la propiedad privada (las tierras de cultivo estaban mayoritariamente en manos femeninas). Por último, al ser un país interior y semidesértico, quedó al margen del tráfico de esclavos que siempre asoló África (más aún desde la irrupción europea en el s. XV).
Hablando de europeos, en 1890 gobernaba la Colonia de Ciudad del Cabo (actual Sudáfrica) Cecil Rhodes, un individuo cuya principal contribución a la humanidad fue inventar el apartheid. No contento con privar a los negros sudafricanos de sus derechos, se lanzó a la conquista de territorios más allá. Su plan: conseguir que las tribus africanas le cedieran territorios, una vez obtenidos sobrepasaba los límites acordados (“prefiero la tierra a los negros”, Rhodes dixit), cuando, finalmente, los nativos oponían resistencia, las instrucciones de Rhodes eran bien claras “provocar el máximo daño posible a los nativos”. Todo esto se sufragaba gracias a la explotación del territorio mediante empresas privadas (de las que, por cierto, Rhodes obtenía jugosos beneficios). Un demonio con patas, vamos. Como recompensa a tantas tropelías, los territorios que conquistó fueron bautizados en su honor: Rodesia del Norte (Zambia) y Rodesia del Sur (Zimbabue).
Las barbaridades de Rhodes no pasaron desapercibidas en la lejana Gran Bretaña. Incluso las racistas e imperialistas autoridades coloniales británicas quedaron escandalizadas ante las matanzas, destrucción y latrocinio perpetrados por Rhodes y sus secuaces pero no hicieron nada. Poco podían hacer, pero tampoco lo intentaron. Todo sea por la gloria del Imperio.
No obstante, las aventuras de ese animal causaron auténtico pavor en el territorio que los británicos llamaban, no se rían por favor, Bechuanalandia (actual Botsuana). Los botsuanos eran conscientes que no podían detener militarmente a Rhodes, así que optaron por un recurso a la desesperada: tres de sus “salvajes” jefes se plantaron en Gran Bretaña y rogaron a las autoridades que los protegieran de los “civilizados” colonos blancos. El público británico simpatizó con la causa de esos inocentes indígenas frente la brutalidad de Rhodes. Además, no se les había perdido nada en ese territorio semidesértico. Así, se llegó a un acuerdo satisfactorio para ambas partes: las tribus permitirían la construcción de un ferrocarril, pero la influencia británica se detendría allí y los nativos podrían seguir gobernándose como les placiera. A Rhodes, por cierto, no le hizo ninguna gracia que le vencieran “tres nativos hipócritas”.
Los colonos blancos de Rodesia del Sur (Zimbabue) se pusieron a trabajar: despojaron a los nativos de sus tierras y las convirtieron en plantaciones, montaron líneas de tren, carreteras, escuelas, una universidad, líneas de teléfono, centrales eléctricas, hospitales y así un largo etcétera… Todo ello en beneficio de la minoría blanca, claro. Cuando se independizó, Rodesia tenía un PIB per cápita de unos 294$. Era un país pobre, pero no estaba mal para los estándares africanos.
Por su parte, las autoridades británicas no vieron incentivo en invertir en el desarrollo de Bechuanalandia (Botsuana) así que apenas construyeron carreteras, escuelas y esas zarandajas de la civilización moderna. Por su parte, los nativos, inspirados en las kglotas, crearon una asamblea para todo el territorio: la Pula. Todas las tribus (no solo las tswanas) estaban invitadas a participar en la Pula (incluso los blancos). Con ello, crearon un espacio para el diálogo, empezaron a “tswanizar” la sociedad, contribuyeron a crear un espíritu nacional y crearon un frente común contra las ambiciones británicas (así, por ejemplo, vetaron las prospecciones mineras). No obstante, la creación de una asamblea parece palidecer frente a la febril actividad constructiva de la vecina Rodesia. Cuando se independizó, Botsuana era ridículamente pobre (en toda África solo había 4 países con menores ingresos). Sirvan unas breves cifras para ilustrarlo: PIB por cápita de 80$, 12 kilómetros de carreteras asfaltadas, 1 línea de tren y 22 licenciados universitarios. Para rematarlo, sus dos vecinos (Rodesia y Sudáfrica) le eran abiertamente hostiles.
Con la independencia, Bechuanalandia pasó a tomar el nombre (más digno) de Botsuana. Celebró unas elecciones y las ganó Seretse Khama. El nuevo país se enfrentaba a larga lista de retos.
¿Qué modelo político adoptar? Para los tswanas, cuya tradición estaba anclada en la libertad de expresión y las asambleas, tomar la forma de una democracia fue lo más natural del mundo. Khama respetó las libertades de sus ciudadanos y a sus rivales políticos.
¿Qué hacer con la economía? Para los tswanas, respetuosos con la propiedad privada, adoptar una economía de mercado fue la consecuencia lógica. Con la independencia, toda la población tuvo libre acceso a los escasos medios del país y la exportación de ganado se multiplicó. El dinero se invirtió sabiamente en ayudar a agricultores y ganaderos, escuelas, carreteras y hospitales. Con la independencia llegó el momento de saber qué escondía el subsuelo del país y se encontraron grandes reservas minerales (especialmente, diamantes). Para evitar que se crearan tensiones por este recurso, el parlamento decidió que los beneficios se repartirían entre todo el país. La pacífica y poco corrupta Botsuana atrajo a turistas, inmigrantes e inversores de todo el mundo.
¿Qué hacer con la administración? Khama resistió la tentación de colocar gente de su bando y, en su lugar, buscó a los mejor cualificados. Inevitablemente, esto produjo que muchos puestos de la administración los siguieron ocupando los blancos. La defensa de Khama de la minoría blanca no era una mera táctica: todo el país sabía que estaba casado con una blanca y que la pareja había padecido un sinfín de penalidades por ello (irónicamente, la persecución de la que fueron objeto hizo que ambos fueran vistos como personas íntegras y de fuertes convicciones).
¿Cómo forjar un país a partir de un conjunto de tribus? Primero, inculcando a los niños que son botsuanos, muy botsuanos y mucho botsuanos, y enseñando solo dos lenguas: inglés y setsuana. En segundo lugar, en el censo nunca se ha preguntado a sus habitantes a qué tribu pertenecen. Finalmente, los funcionarios estatales se reparten por todo el país, contribuyendo así a la mezcla étnica. Fueron medidas dolorosas para los botsuanos, pues suponían abandonar su identidad tribal.
¿Qué hacer con los poderosos –y hostiles– vecinos? Botsuana optó por una solución radical pero lógica. Sabiendo que nada podría hacer frente a una invasión de Sudáfrica o Rodesia, Botsuana decidió no tener ejército y no entrometerse en los asuntos ajenos. Así, además, conjuraban el peligro de un golpe de estado (que es la principal función de los ejércitos en África), algo que los pacíficos y democráticos botsuanos aborrecían.
Por increíble que parezca, las medidas adoptadas funcionaron. Desde su independencia hasta el día de hoy, Botsuana ha sido el país que más ha crecido económicamente de todo el mundo. Hoy en día Botsuana es el cuarto país más rico de África, supera a muchos de Asia, América e incluso a algunos de Europa. Ha sido una democracia desde su independencia y nunca ha librado una guerra. La antigua identidad tribal de sus habitantes se ha difuminado tanto que, para buena parte de la población, la pregunta no tiene sentido. Aunque medioambientalmente sigue padeciendo los problemas de ser un país mayormente desértico, cuenta con una estupenda red de parques naturales en la que proliferan los animales salvajes. De hecho, para controlar la población de animales salvajes, las autoridades organizan cacerías en las que, previo pago, permiten a ricos cazadores dar cuenta de alguna presa (lo cual demuestra, en contra de lo que se suele decir, que tanto elefantes como reyes tienen su utilidad).
Rodesia (Zimbabue) siguió un camino bien diferente. Quienes declararon la independencia fueron las autoridades blancas del país, que querían seguir manteniendo el régimen de apartheid. A los negros del país, obviamente, aquello no les hizo ninguna gracia. Con un contexto internacional más favorable, los nativos vieron la oportunidad de librarse del yugo blanco. Se establecieron dos ejércitos guerrilleros, liderados por Robert Mugabe y Joshua Nkomo, que pusieron en serios aprietos al gobierno blanco hasta que –por mediación de Botsuana– se llegó a un acuerdo pacífico de transferencia de poder. Durante los años de guerra civil, lógicamente, el país no prosperó.
En 1980 el país abandonó su odioso nombre de Rodesia y adoptó el más digno de Zimbabue. Se celebraron unas elecciones libres, que ganó Robert Mugabe, el héroe por la independencia. Aquella fue la última buena noticia que vivó el país, porque pasó de vivir oprimido por los blancos a vivir oprimido por los negros. Mugabe llenó la administración de gente fiel pero de credenciales técnicas dudosas y moralidad despistada. Respecto a la oposición, la sobornó para que se uniera a él o bien la eliminó físicamente (el máximo exponente fue el Gukurahundi, en el que se asesinó a más de 10.000 civiles).
A finales de los 80, era evidente que Zimbabue no iba por el buen camino y el prestigio de Mugabe era cosa del pasado. Mugabe optó por el fraude electoral para mantenerse en el poder. Desmanteló las estructuras del Estado para amoldarlas a su voluntad: cambió la Constitución, privó a los blancos del derecho al voto, abolió el Senado y lo sustituyó por legisladores nombrados por él…
La corrupción alcanzó altas cotas de excelencia. Como muestra, este ejemplo. En el año 2000, con el fin de estimular que los zimbabuenses abrieran cuentas en el banco, se efectuó un sorteo entre quienes tuvieran una. El premio era de 100.000 dólares zimbauenes y el sorteo se retransmitió en directo por TV. Hasta aquí nada fuera de lo normal. Lo sorprendente es que en la papeleta del ganador apareció el nombre de Robert Mugabe. Generalmente los corruptos se sabe que lo son pero se cuidan de guardar las apariencias. Mugabe, en cambio, se dio el lujo de robar de las arcas del país en riguroso directo. Eso es corrupción y lo demás son tonterías.
Los zimbabuenses, lógicamente, estaban muy decepcionados del gobierno de Mugabe, pero este ideó una forma de aferrarse al poder: vengarse de la odiada minoría blanca que, hasta ese momento, seguía poseyendo buena parte del productivo sector agrícola-ganadero. Se inició una campaña de expropiaciones a los blancos, propiedades que –obviamente– fueron a parar a los fieles a Mugabe o bien a quienes eran más proclives al robo y la violencia. Los blancos abandonaron masivamente el país, llevándose con ellos sus conocimientos y su capital.
Como resultado de la campaña de expropiaciones, la producción agrícola y ganadera del país se desplomó, hasta el punto que el 75% de los habitantes dependían de la ayuda humanitaria para no pasar hambre. Para pagar las facturas el gobierno de Zimbabue optó por imprimir billetes. La consecuencia lógica de ello es que la inflación se disparó (en 2007 alcanzó un terrorífico 25.000%).
Como muestra de la inutilidad de las autoridades sirva este ejemplo. En medio de la crisis hiperinflacionista, un hechicero aseguró que era capaz de transformar las piedras en petróleo. Una delegación gubernamental –con ministros y cámaras de televisión incluidos– acudió al lugar. El hechicero realizó una demostración y los ministros, entusiasmados con el resultado, le entregaron una pequeña fortuna. ¡Acababan de salvar el país! Una investigación posterior desveló, oh sorpresa, que no había magia alguna sino que el petróleo emergía de unos bidones, hábilmente camuflados por el hechicero. Cosas que pasan cuando confías en brujos en lugar de en geólogos…
En 2017, tras cinco décadas de independencia, Zimbabue era uno de los países más pobres del mundo. Se dio un golpe de estado y se destituyó a Mugabe, gravemente enfermo. El país ha dejado sus peores momentos pero sigue estando a la cola del desarrollo mundial.
Respecto a los problemas medioambientales que afronta Zimbabue, el principal es la pésima gestión de residuos: el aire está contaminado por la quema de combustibles y las aguas sucias y la basura se vierten sin control. El otro gran problema es la pérdida de biodiversidad ocasionada por la tala de bosques y la caza furtiva.
Para ilustrar la diferencia de caminos entre Botsuana y Zimbabue, véase la Ilustración 5.

¿Qué nos enseña el caso de Botsuana y Zimbabue? Para empezar, que las sociedades tienen tendencias a largo plazo que se mantienen con independencia de los cambios de régimen o de quién forma la clase dominante. Eso es evidente para el caso de Botsuana (con una larga tradición en garantizar la libertad de expresión, las asambleas y la propiedad privada) y Zimbabue (con una larga tradición en el latrocinio y la represión). En segundo lugar, advierte de los peligros de las sociedades con grandes desigualdades frente a aquellas que son más integradoras. Nos indica la necesidad de líderes íntegros, con firmes convicciones y con visión de futuro. Por último, nos aconseja delegar poder en técnicos y no en advenedizos.
Los colapsos de Corea del Norte, Haití y Zimbabue pueden parecer “pequeños” pero conviene recordar que se produjeron en medio de un mundo con un rápido crecimiento científico o tecnológico, por lo que podemos imaginarnos lo que hubiera sucedido de haberse dado las mismas condiciones políticas, sociales y económicas unos siglos atrás. Además de haber evitado lo peor de un colapso gracias a la ciencia y la tecnología, los tres países se beneficiaron de la ayuda internacional (algo que no estuvo disponible antes del siglo XX). Dos de ellos (Haití y Zimbabue) han aliviado la superpoblación mediante la emigración de sus habitantes.
Un aspecto llamativo de la historia es que hay países que parecen gozar de buena fortuna a lo largo del tiempo mientras que otros parecen condenados al fracaso. Los países parecen, pues, tener una enorme inercia y resistencia al cambio, ya sea para bien o para mal. No obstante, existen situaciones puntuales en las que unos líderes decididos pueden girar la situación. El caso más paradigmático es el de las dos Coreas: Corea del Norte se ha obstinado en no seguir la estela de prosperidad de China (la cosa es especialmente dolorosa si se tiene en cuenta que Kim Jong-un se educó en Suiza) mientras que Corea del Sur, tras la desastrosa dictadura de Syngman Rhee, enderezó el rumbo gracias a Park Chung Hee.
Pero lo que más destaca de estas “historias de dos países” es que, en lugar de factores físicos, geográficos o medioambientales, han sido las condiciones políticas, sociales y económicas las determinantes a la hora de decidir el éxito o el fracaso de estas naciones. Estos factores ya los hemos ido intuyendo a lo largo de este artículo, desde el colapso de los Imperio Romano y Jemer o el éxito de Tikopia y Botsuana. ¿Podemos especificar un poco más de qué condiciones estamos hablando?
Los investigadores Damon Acemoglu y James A. Robinson (Premios Nobel de Economía 2024) definieron las condiciones que favorecen la prosperidad como ÉLITES INCLUSIVAS y aquellas que inclinan al fracaso como ÉLITES EXTRACTIVAS:
- ÉLITES EXTRACTIVAS: En estas sociedades, el poder y los recursos se concentran en manos de una reducida élite, que los utiliza para bloquear la competencia política y económica (manteniendo así el poder en sus manos), restringir libertades (expresión, manifestación, asociación, propiedad privada, comercio…) y reprimir a quienes osen alzar su voz en contra. Como resultado, las sociedades se estancan y la corrupción se dispara. El principal factor que favorece la aparición de una élite extractiva es una extrema desigualad (esclavitud, apartheid, teocracia, oligarquía, régimen militar, dictadura…). No es de extrañar que las sociedades con élites extractivas sean más proclives al colapso, teniendo en cuenta que en ellas no existe la libertad de expresión (por tanto, no se pueden mencionar los problemas), la competencia técnica suele brillar por su ausencia y las élites, confiadas en su poder, están tentadas en usarlo para salvarse ellas mismas (ya sea mediante el dinero, el uso torticero de la justicia, policía y ejército o bien buscar refugio en castillos y bunkers) en lugar del conjunto de la sociedad.
- ÉLITES INCLUSIVAS: En estas sociedades, las autoridades promueven la participación política de sus individuos y protegen sus derechos. Se fomenta la economía de mercado, el respeto por la ley, la innovación, la competencia y la propiedad privada. Los gobiernos se preocupan, además, de ofrecer ciertos servicios esenciales para mantener la cohesión social, la igualdad de oportunidades (educación, sanidad, transporte…) y que las desigualdades no sean extremas. Los gobernantes, al estar incluidos en la sociedad, entienden que beneficiar al conjunto de la sociedad redunda en su propio beneficio. La sociedad en su conjunto está más dispuesta a realizar sacrificios en pos del bien común. En estas sociedades se airean los problemas y se buscan soluciones entre personas competentes. No resulta sorprendente, por tanto, que las sociedades con elites inclusivas tengan más posibilidades de evitar un colapso.
Ahora que tenemos estos nuevos elementos, repasemos las naciones modernas que hemos analizado:
Factores de las sociedades actuales que predisponen al colapso:
- Presencia de elites extractivas (Corea del Norte, Haití, Zimbabue)
- Incapacidad para alimentar a su propia población (Corea del Norte, Haití, Zimbabue)
- Degradación medioambiental (Haití)
- Gasto militar exagerado (Corea del Norte)
- Desdén por la técnica y la ciencia (Haití, Zimbabue)
- Dejar las decisiones en manos de personas incompetentes (Corea del Norte, Haití, Zimbabue)
- Incapacidad de sacrificarse por el bien común, con los líderes como máximo exponente (Corea del Norte, Haití, Zimbabue)
- Inflexibilidad (Corea del Norte, Haití)
Factores de las sociedades actuales que previenen un colapso:
- Existencia de elites inclusivas (Corea del Sur, República Dominicana, Botsuana).
- Fomentar la autosuficiencia alimentaria (Botsuana)
- Analizar los problemas y tomar medidas para subsanarlos (Corea del Sur, República Dominicana, Botsuana)
- Flexibilidad y adaptabilidad de la sociedad (Corea del Sur, República Dominicana, Botsuana)
- Fomento de la ciencia y la tecnología (Corea del Sur)
- Dejar las decisiones en manos de expertos (Corea del Sur, República Dominicana, Botsuana)
- Capacidad de sacrificio colectiva, con líderes que den ejemplo (Botsuana)
- Cierto igualitarismo social (Corea del Sur, República Dominicana, Botsuana)
- Gasto militar reducido (Botsuana)
RESUMEN DE LA SEGUNDA PARTE
Hemos visto que el colapso de una sociedad humana no es un mero ejercicio teórico sino que a lo largo de la historia ha sucedido en numerosas ocasiones. También hemos hablado de culturas que, ante la amenaza de un colapso, han sido capaces de evitarlo.
Como vimos en la primera parte, existen toda una serie de factores medioambientales que, por sí solos, son capaces de producir un colapso. El sobrepasamiento de la capacidad de carga del sistema es el más sobresaliente. Pero existen otros muchos, relacionados con la economía, la sociedad y la política. Sorprendentemente, para las civilizaciones modernas, estos factores humanos resultan más determinantes que los medioambientales.
Un artículo de Pedro P. Enguita Sarvisé

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