
Dana estaba muriendo. Él no deseaba su recuperación, solo se centraba en lo que tenía delante y lo que podía hacer, sin dedicar ni un pensamiento de más al hecho de que se iba para siempre.
Le buscó mantas, aunque las que encontró estaban húmedas, enmohecidas o raídas por las polillas. No pensó en medicamentos: no servirían para nada, la gran mayoría llevaban caducados al menos cinco años. Las últimas aspirinas que encontró, meses atrás, las guardaba para cuando llegara el momento adecuado, el momento en el que el dolor fuera insoportable y ella deseara el final. La fecha de expiración ocurrió a la par que el primer contacto, cuando él era aún un niño.
Podía haber ido al parque, aunque era la zona de los Excéntricos, y eso significaba arriesgar mucho el pellejo. Tampoco se animaba a dejar a Dana tanto tiempo sola. Sabía que allí, cerca de la orilla del lago donde iba a alimentar a los patos de niño, había un saúco, y en uno de los libros de hierbas que su pareja guardaba había leído que lo recetaban para bajar la fiebre en decocción, fuera lo que fuera aquello. Había muchas más recomendaciones para tratar los síntomas de Dana, y las plantas crecían por doquier, pero no era capaz de distinguir una hierba de otra, y no se arriesgaba a perderla antes de tiempo.
—Cuando me vaya, conoces las reglas —le murmuró ella, estoica, dos días atrás.
—No creo que pueda.
—Lo harás. Hemos aguantado siete años. Puedes hacerlo, sabes cómo hacerlo.
Y lo sabía, pero no creía que pudiera seguir haciéndolo. Porque cuando ocurriera iba a desear que volviera con él, y eso sería todo.
Recogió su última comida esa tarde, una lata de sopa olvidada en el fondo de una despensa. El piso, un pequeño ático del norte, se encontraba destrozado, todas las superficies de metal oxidadas, los mecanismos automáticos arrancados, los trozos de cristal plagando el suelo, como brillantes diamantes afilados. Le gustaba el sonido de sus pies sobre el cristal, el crujido que rompía lo que ya estaba roto hasta pulverizarlo y desaparecer con la siguiente ráfaga de viento. Propiamente dicho, esa zona correspondía a los Cautos, pero no eran tan agresivos como los Excéntricos y el riesgo merecía la pena. La lata fue un descubrimiento que no celebró. Le haría algo delicioso y caliente, sin pensar en el motivo de por qué lo hacía ni desear nada con ello. Esa era su plan.
Bajó con cuidado las lúgubres escaleras, oscuras y resbaladizas debido al musgo que crecía por doquier. Aquella parte había cambiado mucho, apenas era reconocible entre las lianas, los huesos dispersos, los edificios calcinados y los coches eléctricos detenidos en el tiempo. No quedaba escaparate íntegro ni muro sin pintadas. El que tenía enfrente mostraba la premisa más repetida: NO PIENSES.
Era una buena recomendación, pero no acertada. Los primeros días de la invasión, se creyó que elegían a sus víctimas por sus pensamientos, por algún tipo de telequinesis. Las mejores mentes, los políticos más audaces y el ejército más fiero recomendaron a ocho mil millones de personas en todo el mundo que no lo hicieran, que dejaran de pensar para salvar sus vidas. Y luego resultó que se equivocaron.
No les atraían los pensamientos. Eran los deseos.
Cuando el rumor se extendió entre los supervivientes, más o menos un tercio de la población mundial, comenzó el desafío de la humanidad. No desear, no sentir, no tener esperanzas. Solo vivir el día, tener pensamientos prácticos, seguir adelante. Incluso si uno de ellos se encontraba a su lado pasaría de largo siempre y cuando no deseara algo como: «por favor, que no me vea». Lo cuál iba en contra de cualquier naturaleza humana. Era prácticamente imposible.
O eso decía Dana. La conoció tres años atrás, mientras rebuscaba entre los coches abandonados. Venía del campo, donde la vida era mejor, pero los recursos más prácticos escaseaban. Había emigrado para encontrar libros sobre medicina natural. No deseado, eso jamás, aquella era una necesidad y la decisión tomada la consecución lógica, sin esperanza por obtenerlo.
Conocerla fue igual: práctico. Solo dos personas a las que les desagradaba la idea de agruparse en alguno de los clanes predominantes de la ciudad, y con la cual poder mantener sexo y afecto sin expectativas.
En otra vida ella había sido antropóloga de una reconocida universidad. Tenía veinte años más que él, y había estado casada dos veces. Sin hijos, huérfana. La muerte de sus seres queridos había sido menos duro para ella que para otros porque estaba acostumbrada a la soledad. Al fin y acabo, los que habían sobrevivido los tres primeros años desde la invasión eran aquellos que podían disociarse de sus sentimientos y los neuroatípicos. En esta segunda categoría estaba él.
—¿Sabes por qué no matan a los animales? —había preguntado Dana, meses atrás, después de compartir una sesión de sexo especialmente placentera. La recordaba recostada sobre su cuerpo en el ático de la calle Walls, en la manta que habían tendido bajo las estrellas para protegerse de la miríada de cristalitos. Era como si los astros que cubrían el cielo se reflejaran también en la tierra bajo ellos.
—¿Por qué? —preguntó él, sin mirarla, perdido solo en el momento.
—Todos estamos bajo las mismas estrellas. Curiosamente, los animales son respetados; tienen deseos, pero son básicos: comen porque tienen hambre. Juegan porque se aburren. Quieren sexo porque deben reproducirse.
—¿Entonces por qué no lo hacen? Siguen siendo deseos.
—Porque no anhelan nada de eso —le sonríe con tristeza. No lo hacía mucho, era parte de la prerrogativa de no desear—. Son impulsos naturales, intrínsecos a la vida. En eso quieren convertirnos ellos, están forzándonos a una involución.
—¿No podría ser una nueva evolución? ¿Diferente a la que conocemos?
—No. Porque para mejorar, se requiere de intención, de sueños, de deseos. Sin ellos, los humanos no somos nada.
Dana suponía que quedaría el uno por ciento de la población mundial viva visto el número de supervivientes que se cruzaban en la capital. Él, que era bueno con los números, hizo el cálculo al instante: ocho millones. No era una cifra pequeña, pero teniendo en cuenta que los niños eran especialmente escasos por la propia naturaleza de sus deseos egoístas, en veinte años la cifra disminuiría tanto que encontrar otro humano sería considerado un milagro. La repoblación era poco razonable, a no ser que ellos decidieran marcharse, y no parecía el caso.
Ella murió esa misma noche. Él le preparó la sopa que calentó sobre la fogata baja, donde se encontraba su guarida. El fuego era habitual entre los humanos que quedaban, a veces sus grises columnas se podían contar a docenas en los días despejados. Machacó las pastillas de aspirina y las disolvió en la sopa, un líquido verde poco apetecible. Después, le obligó a tomarla, a cucharadas, hasta que se la terminó por completo.
—Y ahora vete —le dijo Dana, cerrando los ojos.
No pudo irse. Ella pensó que lo hacía, ya que cogió la puerta sin mirar atrás, pero se quedó sentado en el umbral, con la espalda apoyada en la pared, hasta que dejó de escuchar su respiración trabajosa.
Cuando se hizo el silencio, apretó contra sí el libro de plantas que no sabía identificar y lloró amargamente, en silencio, deseando con todas sus fuerzas que ella estuviera viva para regañarle.
Tardaron diez minutos en llegar.
Relato nominable al IV Premio Yunque Literario

Licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas, Olatz Sánchez Meruelo es una emprendedora con varios proyectos siempre en marcha.
Hechizada por la escritura desde joven, ganó varios certámenes literarios, entre ellos el 1º Premio en Relato juvenil Nuestro Concurso de la Diputación de Bizkaia 2005 y el Accesit en Relato adulto del mismo certamen en el 2009.
En 2024 ha sido seleccionada para la antología XVI Encuentro de Poesía y Cuento Premio ¨José Carlos Capparelli. Es también la ganadora absoluta del Concurso Notas Migratorias César Vallejo 2024. Su novela juvenil, “La Guerra Celeste”, está en las listas de los Wattys 2024.
En mayo de 2025 autopublicó su novela corta “El Rincón”, ganadora de varios certámenes en la plataforma Wattpad. En septiembre del 2025 publicará con Malas Artes Editorial su primera novela, «La Marca de los Dioses».
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