
El primer día, recién estrenada, la silla fue feliz, fuente de reposo para el trasero de su comprador, el Sr Tromba.
El tercer día, la silla continuaba eufórica, probando las posaderas de la mujer e hijos de la familia Tromba.
El centésimo día, la silla fue colocada para presidir la cena de Nochevieja por el maestro de ceremonias, Sr. Tromba, ante decenas de familiares. Elevada por encima de sus hermanas.
Al cumplir el primer año, la silla tuvo su primer momento de disconformidad. La abuela, apestosa, madre del Sr. Tromba, la usó, sin permiso de su hijo menor y orgullo, para reposar su pandero de cinemascope. El olor permaneció largo tiempo hasta que fue erradicado con una limpieza severa. La silla se avergonzaba de sí misma.
Antes del segundo año, la silla tuvo otra experiencia desagradable, uno de los mejores amigos de Sr. Tromba llegó para imponer su presencia, arrasando con todo, sobre todo, con la buena educación. Decidió, bajo su propio estigma, encabezar la pantagruélica comida, usando a nuestra vieja amiga como depositaria de sus más de doscientos kilos de peso. La silla retumbó, se quejó, crujió a punto del colapso. Solo su dignidad sostuvo la velada sin incidentes. Pero no olvidó tal afrenta.
Llegado al tercer año, la silla, carente de reparaciones, padecía ya con cualquier magnitud, lejos de su posición preeminente y predominante entre el resto del mobiliario, que se conservaba en mejores condiciones. Al principio fue apartada del salón hasta la cocina. Después, ascendió a la primera plata como silla de habitáculo. Duró poco en el despacho de su dueño, el Sr. Tromba, y concluyó su periplo de viajes hogareños en la habitación en desuso del hijo mediano y mediocre, solo acogiendo ropa en su seno. Imposible imaginarse más lejos de la gloria.
Por Navidad, entre el tercer y cuarto año de la silla en la residencia Tromba, fue rescatada y levemente restaurada para una reunión mayestática, con excesivos invitados e invitadas. Allí percibió a sus némesis, nuevas enemigas: un juego de sillas con madera barnizada de orfebre, detalles intrincados en talla y un soporte acolchado además de un respaldo presidencial tan alto que superaba a cualquier comensal que la reclamase. Para más deshonra, su dueño, el Sr. Tromba, presumía de un modelo superior, con más grabados y ornamentación e incrustaciones en su diseño. La silla rechinó de ira, dejando caer a su repantigado usuario. Fue la primera de ciento desgracias.
La silla, por pereza, quedó en el salón. De pronto se colocaba, sin previsión y con pretensión, en el camino de cualquiera de los moradores que caminase descalzo, desgañitando sus gritos de dolor ante el contacto brusco e inesperado de frágiles dedos del pie. La silla, desvencijada, reía vejez.
La silla, sutil, parecía moverse a su antojo. Eso pensaba la Sra. Tromba. Porque el día que no tropezaba con ella en el comedor, lo hacía en la cocina, o en el despacho, o incluso en su propia biblioteca. Incompresible. Mandaba a alguno de sus vástagos llevársela, con el resultado esperado, y sumando golpe tras caída tras moratón.
La silla se reencontró, en posteriores meses, con la abuela Tromba. Aún más repulsiva de olor y tacto. Con memoria impoluta, la silla, en leve balanceo, aceleró hasta volcar a la papagaya telúrica, quien se reventó la crisma contra el piso en crudo para no volver a despertar. No se hizo a la silla responsable, aunque hubo un testigo, el gato de la primogénita de la familia Tromba.
La silla y el gato, desde aquel infausto momento, anduvieron a la gresca. El felino arañaba y rascaba la madera, deformado el ya pésimo estado del repositorio. La silla se vengaba dando saltitos para cazar la cola de la desquiciante mascota… hasta lograrlo. Ya atrapado, el gato no pudo evitar que el artefacto de madera noble y gruesa le aplastara el cráneo. La mancha de sangre permanece en el respaldo. De nuevo, se consideró accidente, se lloró en consecuencia, y se siguió con la vida rutinaria.
La silla, sin destino ni utilidad, se aburría, entendiendo que su existencia se encaminaba a su ocaso, temiendo convertirse en leña para la chimenea. Poco podía oponer desde su no tan estática situación, mientras contemplaba en sus paseos a las majestuosas sustitutas que la habían desheredado. Fue entonces y durante que perpetró su plan.
La silla, en otra de esas confraternizaciones con demasiados comensales al amparo del invierno, fue dada de alta provisional para oportunidad e infortunio, depende del punto de vista o perspectiva. Resultó asignada a un culo con ínfulas de importante, el novio del quinto hijo de los Tromba. Ejecutivo, empresario, emprendedor, tecnócrata y todo lo que se pueda imaginar, con una buena suma de dinero ya ganada y mucha más por venir. La silla aguardó paciente y, alcanzado el postre, se dejó ir, partiéndose en pedazos, desfragmentada bajo el joven ambicioso, quien cayó al vacío desde parca altura. Fisura de sacro. Eso le dijeron en el hospital.
Traumado por su propia torpeza, el Sr. Tromba contó con la ayuda de sus hijos para desterrar los trozos y añicos de la silla al fuego de la chimenea, donde ardió con brío, dando más calor a la vivienda.
Terminados quehaceres, cenares y padeceres, y tras charlas de copas rebosantes, todos se retiraron a las habitaciones: los propietarios, sus descendientes, y las visitas congénitas. Como de costumbre, la lumbre se dejó morir por su cuenta, con las protecciones adecuadas. Sin contar con un elemento vivo entre la flama. No vivo a la manera usual.
La silla, quebrada y mortificada, en madera viva y candente, saltó fuera de las brasas para extenderse. Tocando con su fuego primero a esas otras fatuidosas sillas ornamentadas, que pronto prendieron. Después, la tomó con los sofás, carne de tela mullida, que se deflagró ipso facto. Trasluciendo a las cortinas, a los cuadros, a las alfombras, a los muebles, a los libros, a las puertas, a la vigas vistas, a las paredes, y de ahí, receptáculo por receptáculo, ocupando todas las plantas de la vetusta mansión de los Tromba. El incendio se vislumbraba a kilómetros. Cuando llegaron los bomberos, fue tarde para más que el consuelo y la contención de un mal mayor que afectase a los convecinos, quienes se persignaban apenados por los Tromba y su finiquitar.
Pasado el tiempo de herencias, de recogida de pruebas, de patologías forenses y estudios policiales y periciales, de seguros variados, y sin que se ofertase por una costosa reconstrucción de la residencia, los curiosos comenzaron a usar sus ruinas para solaz, fuera de sexo, de alcohol y drogas, o de reuniones clandestinas y malsanas donde se mentaba al demonio.
En uno de estos grupúsculos, el adolescente Adolysius Spencer, ebanista en deseo y con deseo de ebanista, atisbó una pieza de madera reputada, algo averiada, con tacha de calcinación, pero salvable. Esa pieza despertó su imaginación y, abandonando la secta que rezaba letanías a un numen oscuro durante la luna nueva, marchó al taller de su padre para trabajar en su reciente tesoro. Dándole forma y fondo.
La silla, ya transformada en otra cosa, con un renovado aliento, rediviva, disfrutaba de las manos del joven Adolysius y, cuando se atisbó en gozo reflejada en el espejo, supo que nunca fue silla, sino mango, de puñal, y no un puñal cualesquiera.
Con sonrisa de madera, y notando el ansia del niño Spencer, empezó a susurrar malas ideas a su nuevo poseedor mientras este le pulía el filo acoplado…
Relato nominable al IV Premio Yunque Literario.

Román Sanz Mouta es un autor nómada y amante de la metamorfosis. Traspasa con sus historias los límites, trasgrediendo en cada género para ofrecer libertad a todo un estilo y simbología propias que convierten al lector en protagonista; con importantes tendencias lovecraftianas e inmersivas.
Ha publicado las novelas «Intrusión» (onirismo sobre la memoria, Ediciones Camelot 2016), «De Gigantes y Hombres» (fábula, Lektu, 2018), «Benceno en la Piel» (humor y terror Pulp en Gijón, Editorial Maluma 2019) y «Carpintería muerta (Open City, 2023)»
Es redactor de esta web y de Dentro del Monolito. Ha colaborado, participado o ha sido seleccionado durante los últimos seis años, con su capacidad dispersa para el relato, en diversas antologías, revistas o delirios cualesquiera como: Insomnia de S. King, Vuelo de Cuervos, Círculo de Lovecraft, NGC3660, Castle Rock Asylum, Boletín Papenfuss, Los52golpes, Terror y nada más, Tentacle Pulp, Testimonios Paranormales, Diversidad Literaria, Cuentos de la Casa de la Bruja, colección «Show Your Rare», Terminus, Space Opera «Dentro de un Agujero de Gusano», revista Los Bárbaros edición especial “Noir” New York, 2Cabezas y su “Clark Ashton Smith; Cuentos de Extrañeza, Misterio y Locura”, revista Mordedor, revista Preternatural, Penumbria, Underwrizer, el Kraken Liberado, Avenida Noir, El Yunque de Hefesto o Calabazas en el Trastero
Todo ello de fácil localización, y en su mayoría gratuito, disponible en su tuit fijado. Siempre profundizando en lo extraño, absurdo, surreal o terrorífico-esperpéntico.
Gallego de nacimiento y asturiano de adopción, este vagamundos de la imaginación reside en Vegadeo mientras completa su trasvase a la locura…
Román W. Sanz Mouta (@RomanSanzMouta) / Twitter
https://dentrodelmonolito.com/roman-sanz-mouta
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Maldita silla, se merece todo lo que le pase. Aunque más bien, absorbe todo lo malo de quien se siente en ella con sus flatulencias y panderos de cinemascope. Que acabe en el objeto que acaba era una evolución lógica.
Y vengativa
Jajajaja
Gracias, compañero.